
Hay momentos en la vida de un hombre que son definitivos.
No lo son porque lea y se aterre de la maldad de la humanidad. Que pierda todo su día frente a un computador.
No.
Son los días en los cuales su corazón tiene una mancha de tinta negra, espesa.
Un frasco de vidrio hecho a mano se ha roto en el interior del pecho y se ha aumentado la textura de la nubosidad dentro del tórax, estando las centellas en una pérdida de contraste que hace dudar de si estás vivo, o no, o para qué.
Hay… hay un espacio cercado por las palabras de otros. Oyes botas militares y temes por tu vida. ¡Neurosis! Sí, tal vez, de acuerdo. ¿Qué hago? Todavía lloro por los delfines que no surgirán del mar hacia las estrellas, sus casas.
No quiero respuestas, no tengo respuestas.
Solo sé que el jilguero atrapado dentro del alma tiene el pico entreverado con alambre de púas casi literales -siempre metafísicas- y que está canoso mientras yo con pánico le pido que no cante,
porque si canta, temo por la burla y el avasallamiento que pueda ocurrirme.
¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo me durará el miedo a cantar, a despegar del suelo rasposo tres o cuatro notas y sentirme como en mi casa, que no es acá, que tapizada de luminosidad siempre será? ¿Hasta cuándo viviré la vida dentro de la pecera que encanta, dando mi cuerpo al mejor postor de órdenes pero incapaz de albergar y generar en mi interior la simiente de una vida luminosamente sencilla?

Decía un antiguo escritor que algunos eremitas y algunos mercaderes compartían el hogar común de vivir con la nostalgia, esa chispa broncínea acumulada en el ojo que te dice ‘acá hay algo o alguien que sabe que esta no es su casa, que su mansedumbre es el deseo en el fondo de sí de volver a su antigua dirección postal’.
Creo que, así suene seco, solo quisiera salir a herrar camino si ese camino me asegura en este momento que me subirá a un escenario, o me meterá de nuevo en una cama cuadrada de fresno. No quiero deambular en el territorio de miedos del tiempo, donde me pierdo porque no soy zorro, no soy mono, no soy policivo y ciertamente no soy positivo y falso en el intento.
Digo que estos días son imprescindibles en el corazón de un hombre, porque solo estos le dan el rasero de sus ocultos. Y sin los ocultos, toda luz carece de raíz, toda profundidad de verdad, toda ceremonia de ritual agradecido por lo realizado. Toda guitarra amada perdería entonces su perfume a libertad. Todo piano perdería las escalas rotas que entristecen al terminar…
No te rindas al viento que corre huracanado sobre la tierra. Ánclate, saca de tus entrañas raíces de fulgurante y cristalino brillo como un cuarzo y levanta tus manos abiertas hacia la tormenta, para tumbar de un solo puño los toros de ambición y materialismo, basado enteramente en la consecuente testarudez y flexibilidad de que el alma siempre es una forma infante y a ella y solo a ella le debes el desarrollar cada minuto para ser eternamente presente, enternamente amor, eternamente joven.
El color variopinto de mi sangre al estallar el vaso en el suelo y rasparse mi mano
va a fluir con el vidrio molido
derramado periféricamente alrededor de mi miseria y bajo la luna barata
que el humo derramado engendra en cualquier café.
Los edificios huelen a adobe civilizado sobre las mañananas frías del ‘qué querés’,
mujeres y hombres pensando y pensando, pensando, con el corazón caído y cansado de tanto soñar
y ver que la realidad los elude y los asusta sorprendentemente.
¿Cuándo, cuándo más?
Vemos los cumpleaños pasar entre las ruinas de las aceras, susurrando un amor de un tiempo pasado y que con facilidad dice al viril átomo en desbandada, que arrastra polvo y basura ‘¡mírame!, ¡mírame, que fuí grande y y mil veces grande más…!’, y una mano incierta y ajena a todo destino que no sea el gratificar inmediato pasa por tus sienes, compadeciéndote, sanándote del horrible derecho a recordar la mimesis de vida que allí se instaló.
¿Cuántos, cuántos más?
Hombres conformados sin paja y sin momentum al filo de las palabras abiertas entre las manos de paloma de dos pensamientos, dos bocas gemelas, dos mellizos lujuriosos de paz. Un relámpago de pronto cruza, como fusta desalmada o botas de espuelas, el horizonte, y te ves abocado a defender tu memoria por un leve segundo, mientras el condicionamiento pare de nuevo los segundos que has de desperdiciar… los hombres nuevos que ya no verás -pues el comercio de sueño te ha sacado los ojos-.
Los edificios huelen a adobe civilizado
y la sangre es pálida mientras te maldicen muriendo los inútiles que permean tu identidad… ¡toda hipérbole conocerá el límite, toda ancla besará un fondo, toda curia estallará en guerra!
¿Cuál es el verdadero sabor de lo patrio, cuando lo patrio se amarra al vientre violado con un cilicio color cartón?
Sí, al igual que los que acá llegaron de esas tierras. Hay plantitas raras, esas plantitas que crecen en todas partes, que sale más barato quemarlas que usarlas, digamos, como el condimento nutritivo que son… y que siguen invadiendo lo permitido, ¿no es cierto?, el qué dirán y el mire usted de aparente civilización ¿cierto, cariño?,
que al final del día ahogan la máquina y el maquinista, que loco de babaza intenta decir esto no es conmigo,
siendo que el ver que sus sustancias enloquecedoras son las responsables
podría verlo hasta un muerto. Un muerto ciego.