Microrelatos de una valija

Cuando se despertó, vio la estantería rota y llena de plumas rojas de pájaros. Su memoria, difusa, le dijo que había abierto dos veces seguidas en la mañana la ventana, pero no cómo ni hacia dónde.
Se sentó a contar las plumas mientras la alarma de una patrulla de policía lo siguió desde la calle.
Venían hacia su cuarto.

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Las manos empinadas, la espalda encogida, las caderas contraídas, las piernas temblorosas. Los dientes desgastados, los sacrificios irrelevantes, los arcángeles con bigotes hipsters.
Un vaso planeando lento sobre el aire a punto de reflejar en un solo beso el anaquel, el lápiz dentro del mug y el texto de los Diálogos de Platón de una editorial perdida a inicio de milenio.
Todo muy madera.

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Su trabajo de memoria pertenecía más a un neurosiquiátrico que a un sanatorio. Lentamente y sin afecto alguno por esconder, levantó de cada esquina de la institución los fragmentos de lo que habían sido sueños, fracasos y tendencias.
Los metió al bolsillo de la maleta. No cupieron.
Pero le dejaron de regalo vetas y vetas de hierro borboteando hacia el suelo. En ese mismo instante no solo lo superficial de su cuerpo estalló: tomó con fuerza la maleta e hizo centrípeta y proyectada la existencia de los malditos trozos.

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El estallido del vaso de whisky contra el mueble rectangular de madera y el suelo alfombrado le pone piel de loop: el fin del limbo, algo dormido que desangra, un sueño dentro de un sueño de una aspiración, el niño interno que clama por venganza, los adultos que vienen a él para hacerlo responsable a pesar de sí mismo.
Beats. Niñas interrumpidas en el fondo de sus ojos verdes. Varones estilizados sobre el estupro.

Dos vasos más de cerveza artesanal. Viene.

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Nadie va a creerle.

Nadie tiene por qué creerlo. O convencerse de que ello es real. Imposible, solo imposible.
Increíble. ¿Neurótico? Irreal. ¡Autoincriminatorio! Oh, totalmente y debería estar detrás de una cárcel frente a los ojos de la ley de los hombres.

Es como si la vida le insistiera en ponerle barrotes, más allá de los que había traído de sus historias de piratas, a esta encarnación restrictiva de cal dolomita.
Desaparezcan.
Cada vez que hablan con él hombres y mujeres ya no hablan con sólo un humano. Están hablando con algo más parecido a una radio.

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Él está enamorado de una flecha, y aunque se ha quitado muchísimo peso, teme no poder llegar al nivel en el cual todo tenga un feliz término con su muñeca de tendones de plomo. Le tiemblan los dedos de pajero ciego buscando el propio arco.
Ve a la computadora que ha reemplazado los miles de libros sobre la estantería; ve la pantalla de 8 centímetros que ha reemplazado la cercanía en un instante de insipidez que no ha cesado. Los observa con el silencio sepulcral del que mira después de una rehabilitación la silla de ruedas.
Se pregunta cuándo será la próxima razzia de la vida.
Pregunta: ¿si será la última?

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Va a enfrentarse a la inutilidad del gesto. Este será, probablemente, su último grito de juventud, de alegría, de felicidad. Insertará dentro de su cuerpo su mano y separará las células de su estómago. A continuación, tomará al pequeño niño obsesionado con satisfacer los deseos del futuro y lo tomará del cuello, ahogándolo y matándolo.

Extraerá su cadáver de su cuerpo y lo echará en la pira funeraria.
Con eso podrá sanar la memoria de haber bajado entre la plebe para volverse hombre y quedar enredado por el pantano del tiempo y la pobreza en su aliento de falacia. Con eso… con eso sellará el amor del pintor, que viaja a otros países y bebe de otros cuerpos de agua -con tacones o en grifos-, y vuelve a casa aullando. Puro nervio en el gimnasio. Pero en su caso, de cromáticas donde se mezclan lo extraño, el drama, y el afecto.
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¿Si les contara que dejó de ser la fantasía de un animal roto y se convirtió, efectivamente, en uno, no le llenarían de marcas de electrodos el alma?

Si les dijera que es todo espectáculo -aunque para él sea piel de grifo y esmeralda engastada en turquesa lo que vive a diario-, se repite en la ducha empañada que lo refleja, tal vez lo amarían y lo dejarían ser. En paz.

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Cuando estiró los dedos y salió de la pared empotrada, descubrió que su mundo de piscinas solamente era de espejo nacional barato, sostenido por unas viles eles metálicas de cinco cms en un baño de niños de una era donde lo análogo mandaba.
Está viejo: todavía cree que el amor se escribe con poder y comida, en análogo.

Tiene que liberar ya mismo su esencia del octágono de estos huesos.

La cabalgata y la espera

Planea sobre el mundo la mentira de que todo es frío y antiséptico.

Mas nutrámonos.
Relajemos un rato. Leamos de largo. Recuperemos el aliento.

Y tantas personas sintiendo sobre sí mismas el asco de poder hacer historia.
Soñé con las gemas. Sí…
Caí al río y ví al Señor del Hielo con su voz de ultratumba y sin olor a Bajofondo Tango Club: era abandono disfrazado detrás de lo necesario. Soñé, te digo, con el fuego. Con los hijos de doscientos civiles pegados al pecho intentando orar y levantar en almas lo acontecido.
Ya dimos el giro: la flor roja se ha metido a los corazones y tenemos un desenlace en valor neto. Pero aún no hay fuerza para jalar el mantel y que no se rompan los vasos al detalle.

En mi alacena mental hay algo parecido a la fragmentación pero también hay silencio y acompañamientos de Solé Gimenez y Presuntos Implicados y no, queridos, se conserva la sangre demasiado caliente para decir que no existe el sexo, les comió la cabeza la publicidad veinteañera. El postear continúa, pero si tú acumulas o vacías ya es tu historia lo que en el fuego se quema. Es algo como el sembrar un par de plantas en una pared y decir que es un jardín vertical, es como comerse lo sembrado en un barrio lleno de smog y llamarlo revolución ecosuperneobionatural.
Pero, ¿y la plegaria? ¿Y el silencio? ¿Y la raíz muda?
Oasis. Piel aguda. Miles de papeles sobre un escritorio. ¡Esa manía de ser oficinistas de nosotros mismos!
Se dibuja sobre la piel y se comparte así el ritual de eones para combatir la lejanía amando con el pulso propio al otro.
Ucrania y Borgoña, Sao Paulo y Detroit, las maracas y las manijas, todo alienta con su ritmo a empujar a un nuevo cielo en el cual soltamos la violencia.
Los cascos resuenan alrededor del planeta: no necesitamos buscar inicios, sino no soltar el ancla de metal de las bridas que, como zombies, ya construimos, ya trajimos y llevamos del orfebre, y ya enjoyan a nuestros caballos.

Si el amor depende de un pendrive o de una descripción tecnológica en nuestra visión no me cabe duda que entonces uno decide si recupera el placer de su analogía o se sienta a llorar lo que se abrió sobre las cabezas en el ahora.
¿Memoria?
Molienda.
Mensajes.
Misivas.
Estas son líneas de cartas y yo sé que algunos no saben cómo leerlas.

¿Qué nos queda después de tanto afán, de tanta espera? La singularidad y el afecto, las dos causas perdidas aparentes en las letras de sociólogos y vendehumo ahora emergen. Silentes. Bellas.
Parecen un reflejo en la piel negra o cobriza de las terriblemente dulces mujeres de latinoamérica.
Y a pesar de lo equidistante… y de la espera… y de la potencia…
Yo engendré un hijo contra mi voluntad y abrí las puertas de un futuro en el cual las posibilidades de que sea mutación inocua por parte de las beatas es demasiado cierto; yo sembré un árbol con las cenizas de mis antepasados y el cielo le dió un giro a esa frase de espera y vitalidad tan trillada. ¿Me creo por ello único, soy el único padre de situaciones dramáticas ahora en mis semejantes? No.
Acá y en Europa somos la carne de cañón porque muchos así lo quisimos.
Amor en doscientos devaluados pesos.

Tal vez comprendamos mejor a nuestros ídolos si no decimos “imperfecciones” sino fracturas en sus ojos y comprendemos que los estamos moldeando con las manos, porque sin el vacío no pueden ser jarra e ídolo que no sea jarra no tiene espacio para llenarse de palabras bellas, como afecto, o respeto, o perdón, o constancia. Prudente, esa es limpia.
O tal vez oquedades, o tal vez complejos minuteros multidimensionales.
Estoy viviendo un tiempo en el cual las caricaturas hablan muchísimas más verdades que cualquier columnista y en las cuales, gracias al ácido y a la radioactividad imperante del Sol, todos cargamos con el deseo del retorno de un Kal-El, de un Bruce Wayne, de un algo que nos muestre cómo elevarnos en almas y reconectarnos con lo curtido del mundo, lo no perdido que sustenta. Porque rojo. Porque azul. Porque canciones de Sabina y Skrillex de repetirse sobre la historia tantas veces como sea posible han dejado la sensación desgastada al cambio, y por ello toca aprender a afilar saetas y que las palabras sean beneficio de duda y sabor a obra al mismo tiempo.
Algunos se preguntarán para qué sirve la distinción, o la palabra, o el acierto.
Pero son las palabras y su construcción constante la que me enseñan, te enseñan, nos enseñan a destilar los afectos, los orgasmos, las ciudades infladas de gente artificialmente, lo perdido y abierto. Son las que aplicadas al mandala y rostizadas dan el mapa nuevo de las frutas que al morderlas, te reverdecen hasta el infinito.

Veo a mis amantes y nuevos afectos con una galaxia en la garganta.
En ella, el tiempo del hombre y el hambre de lo nuevo se conjugarán de una forma vasta e inimitable; percibo que la Naturaleza, cansada de esperar (o un poco irritada para ser más preciso) con amor de madre a que maduremos, nos está hablando desde la sala y tenemos en nuestras manitos la sensación de su mano cálida: queridos y queridas, el tiempo de revolcarse como chanchos en el pasado ha terminado. Terminen sus chocolatadas y sus pasteles de frambuesa, es hora de volver a la escuela.
Vamos a empezar una espiral. Será una nueva figura, pero es inevitable decirlo, va a ser algo grandioso, algo como de películas. ¡Como una canción en figura de toroidal!
Hecha de bicarbonato, limón, arándanos con canela y jengibre: eso es lo que quiero decirte. Esa es la yesca.
Debemos proteger el fuego.

Exorcismo de esférico, bandera y reflectores

Me pregunto eso: ¿qué hace uno con ellas?
Y entonces, ¿uno qué hace con todas estas emociones?

Durante muchos años no había comprendido de qué se trataba una pasión sobre el fútbol. El juego, el sudor, el ver a hombres corriendo y siendo cazadores, todos estos pensamientos y emociones colectivas son intoxicantes y demasiado poderosas de una forma que no había dimensionado. También, comprendo hoy por qué las personas se pueden matar por ello, por qué pueden repetirse a sí mismos hasta el infinito que es lo único que importa, o por qué su sexualidad queda atada al trabajo de algunas personas con una pelota.
Porque es una cacería colectiva.
Eso es lo que destaco de este deporte: es una cacería colectiva.
Pero esa cacería colectiva tiene unas reglas muy escritas, muy delgadas pero muy resistentes.

En el caso de Colombia la sensación que me da es de una ira escondida. Sintieron ira muchas personas de que un país que elige a un tipo que es capaz de representarlas frente al mundo como un enano patético sea capaz de demostrar una clase y una elegancia de juego que no tienen los demás países, eliminando de un solo plumazo ese esfuerzo directo de presentarnos como enanos. Y además, que siendo mestizos, y siendo el rostro perfecto de la hipocresía con la que se mueve el sistema financiero global -‘te señalo porque produces droga mientras la estoy inhalando en este mismo momento’-, demuestren con alegría y con mucha humildad la capacidad de llegar más arriba de muchas selecciones que, por una herencia “histórica”, se ven como los Righteous Rulers. Si lo miramos de cerca, no existe tal cosa: lo que existe es un cuerpo mental creado a partir de la insistencia de que una raza -blanca- es superior a todas las otras razas juntas, cuando en realidad esa raza ha sido portadora de más desgracias que todas las demás juntas. Y podría pasar por acá por el “White Man’s Burden” de Rudyard Kipling, o por los desaciertos de Benjamin Franklin sobre el tema de la esclavitud, pero no quiero que esto se diluya en conceptualizaciones.
Los hechos fríos, son fríos como las personas que están completamente cerradas a un hecho: esta Copa FIFA fue la Copa América. Los hechos calientes, es que se intentó por todos los medios posibles de insultar y pordebajear a un equipo de deportistas por las condiciones sociales de su país, condiciones que hasta sus mismos narradores nacionales decían (“los negros son más atléticos, los ingleses son más puntuales en sus pases, los alemanes son precisos como unas máquinas”) sin darse cuenta del autoexotismo que ello implica. Frío y caliente, ambos colores mezclados se estrellaron contra una realidad absoluta y fue un juego imparable, limpio y que traía alegría. Porque había una característica que le impresionó al mundo y fue la felicidad genuina, ¡algo que no ven en este deporte, no con este nivel de calidez, no con este nivel de dulzura!

La sicología de Colombia siempre la veo como algo que tiene tapas, armaduras, colores, que no se han manejado adecuadamente. Y mira tú por donde, se ha demostrado por partida doble que puede relacionarse bien con el sur del continente (Argentina y Jorge Pékerman) y el Caribe Isleño (Jose Luis Pinto y Costa Rica) y florecer. Entonces el tema es más como, tal vez hemos crecido más allá de lo que pensamos, pero seguimos usando la misma ropa vieja de antes. Entonces tal vez uno de los puntos de todo esto es, estamos desarrollándonos y entrando en nuestra adolescencia y primeros veintes emocionales y tenemos la posibilidad de experimentar desde lo positivo y lo proactivo cómo abrazarnos a la tierra, al mundo. Entonces tal vez no somos hoy por hoy “Cien Años de Soledad”, tal vez hoy por hoy estamos esperando a que alguien escriba sobre toda esa vida que donde se instala, florece y da frutos que causan embriaguez entera.
Mi sensación con todo esto es que hemos roto un hechizo que nos tenía encadenado y eso, para la arrogancia europea, es algo imperdonable, inadmisible, ¡cómo van a ganar!, ¡cómo van a demostrar que somos mejores que nosotros!, ¡nosotros les dimos la lengua, la elegancia, la sobriedad, el conocimiento!, ¡nosotros debemos dejarles bien claro que somos los dueños de sus destinos!

Hoy en las calles de mi país hay gente con molestia y decaimiento, gente que está usando su programa mental de “a nosotros siempre nos roban, desde siempre nos roban, estamos jodidos, deje así” y no se dan cuenta de su raíz emocional. Otros, se preguntarán abiertamente si será la hora de hacer un escaneo por el continente y traer a muchísimos Pékermans para que puedan ayudarnos con un trabajo técnico sobrio, mental y emocionalmente flexible, para que hayan miles de primaveras. Otros no piensan tanto esto y se autojustifican a sí mismos el que, sicológicamente, hayan quedado por fuera cuando el mundo entero ya le vió la cara a una de las mafias emocionales más grandes del mundo después del Vaticano y digan “#MientoComoLaFIFA” para expresar que comprenden realmente que lo que se movió fue político, no ético, no fue grandioso. Y también en las calles hay un sabor nuevo: hay una alegría sobria, un conocimiento dentro de los huesos y los tendones impaciente y sensual, erotizante (porque puede infundir vida nueva)… es el sabor de saberse MataGigantes no en potencia, sino en presencia.

Una vez una persona escribió algo sobre “la Venganza de América”. De cómo, algún día, llegaría el momento en el cual LatinoAmérica entera devolvería la agresión que el mundo le entregó y con creces.
No sé si eso sea lo más sano. Apuesto fuertemente porque no lo es.
Pero esto sí puedo afirmar: el clima de retribución y cosecha ya llegó; U.S.A. está empezando a sentir cómo su imaginación del Sueño Americano causado solo por gente blanca/para gente blanca/de gente blanca/usando gente de otras razas para divertirse la va a llevar -inexorablemente- a una guerra civil como la de la guerra de abolición de la esclavitud (sic); los países europeos empezaron a entender que si realmente sacan a todos sus inmigrantes de sus países, no pueden soportarse como naciones; los mismos latinoamericanos están buscando consolidarse como grupos unidos a pesar de sus élites, a pesar de sus propias diferencias etnográficas y demográficas, a pesar de sí mismos habitando los terrones de montaña y río por los cuales pasan sus pies. Por lo tanto, cada apuesta que se haga de integración necesita tomar esto en cuenta para quedar avanzada en el futuro próximo y colaborar al sostenimiento del mundo humano, porque no existe el clima mental para sostener lo contrario, y una vez esté terminado el proceso de vida del sueño de la blanca Europa como única forma de vida, creo firmemente que el continente americano nos guiará de una forma que jamás hemos soñado con los desafíos y los estragos de una mente que está vampírica, con esa cacería rancia que ha desplegado el racismo caucásico sobre el planeta.

Creo que somos parte de un continente que sí puede verse más como hermanos con el resto del mundo que otros. Y que no necesitamos 10 o 20 años para que esos cambios sean ciertos, sino saber utilizar lo que tenemos ahora, entre nuestras manos.
Antes de que la censura informativa y de capacitación nos ciegue. Y antes de que el autoexotismo nos haga caníbales para nuestros propios proyectos de vida.

Y por eso soy grato de que haya pasado esta Copa FIFA Brasil 2014, porque los ojos que ha abierto en su impacto emocional, no creo que se vuelvan a cerrar jamás.

Una lluvia de centellas sobre Hierópolis

Te pienso sinceramente, antepasada, pero me rehúso a que niegues mi potencia: ya vi el rostro de la que carga con su poder el eje del templo.

No estamos solos en nuestro infierno personal, no nos hace falta agua. Es tierra, tierra firme y casas de fuego lo que ahora el mundo necesita para ser, una vez más, eterno.

Exclusividad y pedernal de amatista, la transformación se depura por las manos largas del cielo, los escribas nos están narrando el final del partido y el inicio de otros cuyas geometrías podemos abarcar.

No quiero tener una identidad propia que vaya en contravía de lo que me indica lo más profundo de mis riñones, mis labios, tus cuerdas.
Comprendí que toda roca que tengamos ahora debe ser sometida al fuego. Armo de valor mi mano y creo caldera, para poder cerrar la puerta.

Ví la muerte de mis antepasados y la pérdida de mis camaradas.

Ví, reflejados en tres ángulos y tres momentos pitagóricos, el rostro del ángel enorme: sereno, amoroso, completo.

Soñé con las manos del creador sosteniéndome.

Hoy es un día de raíces en el corazón y más allá del velo. Pónganse lo que tengan de color cerúleo y rojo. Ella se encargará del resto.

Coral, no coral, corifeo, no corifeo…

No sé.
Hay días, supongo.
Biorritmos.
Nadas.

Estoy cansado de despedirme de personas. Alegre por ver un brote de esperanza sobre una nueva versión de sí mismo deslizarse por las avenidas y plazas. Confundido por la ansiedad de ser algo y no tener raíces para nutrirse. Temor por el color del fuego que me brota dentro de la mandíbula y me llama canalla, por querer ser virtuoso y no digno a mis sentimientos, por haberme callado esto antes y tener un olor a vidrio caliente pegado a todo el rostro… al cuerpo entero. Frustrado, definitivamente, porque las manos que quiero que estén presentes no están y las que quieren hacer simbiosis huelen a desesperanza. Estoy frío porque siento un poco de pantano y una luz muy suavecita colarse; apenas la suficiente para decir ‘sí, las hojas son verdes y ella por ahora no perdonará’.

¿Qué se yo? En serio, ¿qué sé yo, a dónde giro con esto? A veces me siento estirado como un caucho por dentro, se me encalambran las encías cuando los veo reunidos con sus amigos, sus familias, sus amores. Lo intento pero esa semilla de amoníaco me rezuman las palabras, los versos, me siento Lana del Rey fusionada con la moto pero sin Clarice Lispector.
Cuando me quedo bebiendo el vaso solo y me pregunto por qué demonios tengo escrito esto sobre la piel sin pedirlo, me imagino una mano firme tatuándome la piel perfecta que jamás tuve y esculpiendo las caderas con las que no nací por cuestión de género. O por qué le dí más vueltas de apriete a la empuñadura de Saturno también me pregunto; es buena la pregunta, la respuesta pide ser canción y no la dejo.
Estoy sintiendo el alma con una fuerza tan curtida y tan rara que no sé cómo zafarme la horrible sensación de estar vivo. Normalmente, llanamente, plebeyamente vivo.
Es como caminar la Avenida Las Heras sin rumbo fijo y por el color de piel no encajar en ese hermoso cielo.
O recibir la sonrisa hipócrita de gerente: esa venia de “artista” se la podría meter por el recto sin falta.
Porque me declaro competente en redenciones, pero del resto soy cuchillo romo, un pedernal tocado por lanza de Castilla o un mug donde Schroedinger sirve su té.
De amor y juego en el que se comparte, tengo demasiados aplazamientos, demasiados “mañana estamos juntos”, o mucha belleza ajena de turismos emocionales, o simplemente, el alcohol que no tomé y debía hacerlo.

No sé como alinearme para declararme en estado de entierro perpetuo. ¿Me plantarán ese roble, en la mitad del pecho…?

Un mapamundi hecho con arena

Una de las cosas más duras que hay es reconocer a los cuatro enemigos: un switch apagado, unas luces de estadio, un bastón de mando y un reloj.

Cada caballero debe concretar, conocerlos en su tamaño adecuado.
Cada aspirante a guerrero debe vencerlos… aunque haya uno de estos objetos que no pueda detenerse en su hélice de movimiento: cambiar, tal vez, la plataforma sobre la que reposa, pero no se puede detener su potencia como tal.

Cuando se planea salir de casa -hablo de cualquiera sea la que más tiempo hemos llamado casa o la más significativa- se lleva uno consigo las memorias. Con esas páginas, con esos álbumes de quiénes somos, proyectamos lo que fuimos. Y dice mucho de nuestros tiempos actuales que temamos hablar del futuro, y dice mucho de nuestro tiempo que en lugar de hablar del futuro nos la pasemos prediciéndolo; pero perdemos la vocería y la autoría propia cuando estamos cargando por el mundo miles de recuerdos y los confeccionamos como puentes de lianas. Pero no lo son. Son recuerdos. ¿Serán tal vez piñones? No, solo son fragmentos. Y la memoria se deforma porque no recordamos de punto A a punto B, recordamos con el sentimiento aliñado de descripciones de competencias y batallas. Puede que nuestro cerebro sea donde están los cajones, pero la mano que definitivamente les pone contenido tiene cuatro ventrículos.
Y…
Si el corazón se nos mueve como el bombo de Candelario, me pregunto si realmente algunas personas podrán volver a ser planta, potencia. Si tenemos la articulación de nuestro territorio emocional para llegar allá. Sobre todo si el entorno nos verá a la cara y nos dirá: “tienes la oportunidad cada día de tu vida garantizada… ahora ve y sé flecha limpia, sé caña alta y dulce, sé arado y canal de agua, las alas que te arrancaste o arrancaron ya no serán las que habrás de desplegar viajándome”.

Queremos un mundo mejor, pero si el mundo nos indica que nuestros crímenes no tienen solución, ¿realmente podremos salir a la luz a aportar? ¿Realmente es estimulante el que solo haya castigo y no solución? Me estoy imaginando la tortura doble y triple de aquellos que, una vez les ha tocado el Sol, han logrado sobrevivir el incendiarse en llamas… y se preguntan eso cada día mientras sirven su comida.

Hay una palabra clave para comprender todo esto. Se llama “destino”. ¿Qué es el destino? ¿Cómo se conforma? ¿Cómo existe?

Lo que quiero decir con esto es que si el destino está escrito sobre piedra pero el hombre es una estatua de mármol que no puede ver el arco que lo dispara, está por dimensionarse su contenido.
Es la mayor búsqueda que hoy por hoy, creo que realmente vale la pena.

De las ramas al tronco

Levantarse.
Ver la taza de té. La caja de colores afilados con nada de valor.
Pero las hojas por la ventana y el suelo
pero las hojas sobre la mesa y algunas con colores de cielo
y
sabor a manzana e infusión es el té.

*

Pensar en ella. En su cabecita azul y sus ideas fritas.
En la contención y el beat, o el decolorarse y el negro,
o un vaso de whisky en un mundo en el que somos migrantes de nuestros propios
hogares
desde que tenemos 14 años
hasta que lleguemos a los 50…

pero todos sabemos que no queremos llegar ahí, así la vida nos empuje a ser longevos. 
Todos sabemos que amamos los 20s y tememos el perder los cojones de llenarnos de colores la piel y el antojo. Todos sabemos que colectivamente estamos en la adolescencia humana, somos canción de La Renga, estamos un tiempo lejos de casa.

*

Repetirse la repetición de la repetidera para que las mujeres
sean tan fieles como la lavadora Hoover
y la nevera Centrales
con los minibares Icasa o Centrum
montados sobre una batería Phillips
demostrando el amor de papá cuando deja su camisa para recibir su recompensa
en físico
de un largo día de trabajo.

*

Entiendo la raíz del narcótico y lo autoexpresado. ¿Podríamos todos abrazarnos si no tuviéramos selfies?
¿Cómo caminaríamos si no nos pensáramos en pasarela? Decidir sería solo si este reloj combina con la chapa del cinturón o la cartera.

Vivir rodeado de personas bellas como ciervos, densas como burros, que no son contravíasmalandros, sino spins, hijos bastardos de Ned Stark y Carl Sagan en un tablero microscópico
de talento y Genosha desatada.
Veo la pantalla fría del celular, ese negro sin vida que lo dice todo.
Y una vez más la mandala del cielo estalló en luz. Se revela el mundo andinista y parroquiano. Señores de armas, mujeres de TripHop, abrazos por debajo de las bufandas.

*

Soy un punto
entre dos puntos
que le parece raro que solo le puedan decir que sea memoria
y no frescura, verdor, ciencia y potencia de devoción,
que lo forcen a un desengaño que no existe y una solidez que no es puerta
para poder besarse con mujeres que juegan a Susana y Elvira
mientras en un video un idiota me dice que ser contemporáneo, ¿es bailar sin desear tener sexo?

¡No existen las décadas! Lo que existen son los propios Diarios de Motocicletas sobre Libros de Almohada
¡Sí existen las décadas!
¿¡O que esperas de nosotros, que nos hagamos una vida dúctil y fluida de puerta a puerta?!
¡Son y no son las décadas! Por favor no me hagas sentir, dame un paliativo de ropa y vainilla, bailemos y recitemos a Bukowsky o a Candelario Obeso, quiero evadir esta pesca interna.

*

Ese libro blanco decía “un guerrero va a un lugar como esos cuando quiere morir”. También decía “un hombre no es más que la suma de sus actos”.
Y…

Pensaba que el libro me había hecho defectuoso. Mas no. Mira por dónde le entra el agua al coco, lo que el libro hizo fue decirme
que era uno de los del medio
pero que habían algunos debajo
y que los de arriba eran arriba por escrúpulos cazados
pudiendo cualquiera de los tres tocar esas letras sagradas
tocando como un bajo en la caja de resonancia del universo.
Me instó a ser experiencia de buceo. Siempre. Buceo.

No me puedes pedir que no lea. Es el único amor y las únicas alas de mantarraya que jamás se me paralizan.

Cantar es tejer con palabras. Así voy tejiendo yo. [Actualiza tres veces a la semana]

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