Cazadores de Zombies: nuevas propuestas de arte (i)

Empecemos por lo básico.

Si extracto mis pensamientos, esto es lo que quiero decir:
Quiero proponer una nueva fuente de inspiración, un nuevo manifiesto, un nuevo propósito para nuestras acciones. Quiero que pasemos del cassette al chip al cyborg al cristal. Quiero que tengamos la frecuencia adecuada para generar buena onda. Quiero que hagamos un detox e integremos a la cazadora de testosterona y al recolector de anfetaminas que llevamos adentro.
Quiero ver que esto pasa en mi tiempo de vida y aportar a ello. Quiero suicidarme y que mis recursos sean para alguien más útiles… estoy pensando, naturalmente, en el suelo.

Para personas como yo (ver: INÚTILES), el problema está radicando no en el futuro sino en el presente. Y me explico: muchas personas están pidiendo todo el tiempo que les muestren el futuro con la novedad implícita, o están diciendo que a medida que van pasando los años -y no hay reciclaje- es naturaleza de uno el buscar lo común, lo que lo sustenta con el otro, aceptar la mente genérica de forma pasiva. Y entonces por ello es que estamos teniendo este retrogradismo masivo que está devorando todo.
Aunque…
si se mira detenidamente, eso no tiene sentido.  ¿Por qué deberíamos retroceder en lo que hemos logrado de comunidad? ¿Es más, cómo pretendemos, digamos, empezar de nuevo, si tenemos completamente sucia la mente y el cuarto?

Mi problema tan grande con el arte actual es que está saliendo de una fase de negación de forma intermitente y no tiene los cojones de hacerlo con más ritmo y con más desinhibición. Muchas personas no comprenden que lo que vivimos durante 20 años o más no fue libertad, sino una orgía de consumismo… y ahora que llega la factura, hay personas demasiado viejas llendo al mismo sitio y cercenando su propia vitalidad mientras un bar tender o CEO previo a la internet y la medicina vibracional se ríe contando billetes. Y esto es lo que nos está afectando de forma conjunta en esta opereta humana.
Cuando una persona es obligada a quedar paralizada en un solo sitio mientras la vida de los demás “progresa”, “cambia”, “muta”, ocurre algo divertido. No solamente surgen las preguntas para validarse o entender la parálisis -autoimpuesta o generada desde afuera-, también surgen rutas de acción que otras personas que están en su “ascenso social/movilidad social” no ven con tanta claridad. Por ejemplo, ves a mujeres casándose o reproduciéndose por físico miedo a la soledad que trae la feminidad como verbo en primera persona. Ves a hombres creando hogares porque “ya es hora de sentar cabeza” sin haberse adueñado de su realidad emocional. Ves al nihilista juuurándose que tiene la vitalidad para ser valiente como hace 15 años se podía ser. El último, tal vez más cercano de lo que piensa de pasar al otro lado de la barrera ; ahora, no afirmo que sea posible ser adolescente por siempre con esto, aclaro. Mi ruta de pensamiento es diferente, quiero es plantear algo muy sencillo: es innegable que las personas nacidas entre 1980 y 1995 somos, en este momento de la historia, la mayor cantidad de personas de la misma edad en todo el planeta, somos el corazón de cristalizaciones de un planeta entero. Y el problema con la propuesta de vida de consumo y ascenso social que se espera el arte avale (de cierta forma) es que muchos de nosotros no vamos a poder realizarla de la manera que se espera pero se nos exige que los realicemos, so pena de que se caiga el futuro.
¿Futuro?
Estamos distópicos, con saltos tecnológicos cada 8 años que superan nuestra emocionalidad y entrenamiento intelectual por al menos 20 años de distancia: la causa principal de la sensación de vejez en personas de 20-30 años no solo es el uso de la tecnología sino la total diferencia de códigos que hacen obsoletos cualquier tipo de comunicación y apropiación en relación con nuevas generaciones. Entonces el problema acá con la plástica que se genera en esos casos es que siempre parece que fuera algo completamente paralizado, por más luces LED o instalaciones que se realicen. Pienso, sinceramente, que no está pasando nada más liberador en el mundo que las personas que trabajan con la elaboración de gráfica y acciones sociales más que el grueso del arte académico; y también, que esas mismas personas se deben a sí mismas la tranquilidad de elaborar un mundo interno fuerte para que la exigencia esquizofrénica de pureza y coherencia según los parámetros de marketing que el Estilo de Vida de un romántico, posmoderno o bohemio pinten no les destruya el proceso factural. Por eso es que decidí escribir esto, que lo dividiré en 4 partes para darle un marco a lo que veo está pasando.

La vida tiene ciertas reglas compositivas que ayudan a adueñarse mejor de su flujo. Son patrones que son útiles y deben aplicarse y descubrirse 1:1 más allá de la sabiduría popular y el boca a boca.
Uno es “si entras en un nuevo nivel, prepárate para un nuevo demonio”. Y otro patrón es “el árbol más alto es el que ha podido ser semilla en soledad, con raíces más profundas, y la sumatoria de nutrientes y atmósferas adecuada”.
Cuando entiendes esto y empiezas a aplicarlo ves cómo la desesperación de muchas personas por hacer un arte que sientan sustentado pasa por tres etapas: primero, buscas lo que te retorne a las raíces culturales que tienes (criollismo); segundo, buscar el activismo que le dé un barniz de moralidad a la fuerza que has encontrado (artivismo trasnochado); tercero, te centras en las raíces del esoterismo para justificar la necesidad de trascender el imaginario masivo público (arte esoterizado).
Y lo interesante es que tal vez, el arte sí tenga que pasar por esas tres etapas para que, adueñado del componente emocional de cada una de ellas, pueda desarrollar lo que en su presente necesita expresar, percibir, erotizar, eliminar, reciclar. Una cuarta etapa en la cual el acercamiento a la vida es tajantemente frío en apariencia, pero la calidez de la diversidad humana te forza no a ser forja, sino enlace. Con lo cual llegamos a algo diferente… pues de tanta imagen de cuerpo y reflexión de cuerpo, en realidad estamos evadiendo las emociones en nuestro cuerpo, y ojo, que esto no tiene que ver con abdominales lisos y culos sin estrías. De nada sirve hacer ejercicio si la misma raíz de ser sensual ha sido rota y no ha sido reparada. De nada sirve la épica sino hay destino.
Hay que ser enlace, como, molecular. No forja. Menos metal, más cuarzo. ¿Ven las diferencias?

Voy a seguir investigando lo que estoy pensando del tema acá, desde este filo de abismo en el que me encuentro. Sí, yo pienso un poco como virgen suicida, porque he tenido que parapetrarme para comprimir los últimos 6 años en un cuerpo de saber concreto.
Esa es mi flecha, arcabuz y látigo.
Y allá afuera en la calle estoy viendo pasar a la gente no arrastrando los pies, pero sí el alma.

Como en el voodoo y sus zombies.

Yggdrasil y el diamante

Pero cómo se lo vendo al mundo, pequeño. ¿Acaso no sabes que por esto que damos, nadie nos va a pagar? Amar es sencillo, es cálido, es inocente, confía en sí mismo y no quiere tu grandilocuencia.
Sonríes tranquilo y en desbandada. Almacenas sonrisas y vacías el lugar. Nadie va a pagarte por ello.

¿Tienes el valor para mantenerte vivo? Filo, liviano, potente, vital. Mira que las hojas han seguido cayendo, venosas y lujuriosas, mira que lo biológico decae, se encumbra, sostiene, una nueva forma exige tu hogar.

Sentirás la trepidante lucha de tiempo consolidado a punta de propaganda y un pensamiento rojo y azul diseminado por todas partes: uno nuevo y limpio, caballete sin estrenar. Nadie va a pagarte por ello.

Será ancho el espacio, será ancho el momento, ¿con quién lo compartirás?

Y las bellas mujeres serán simplemente sexos comprimidos sin brillo que no sea pálido ni ausencia que, como el ciclo del cielo, no habite una estrella rústica, sin pulir, devaneo rojo incesante que dobla una esquina y golpea el azar.
Los cantantes, todos vestidos de negro y café, te dirán que no eres optimista ni liviano y te desecharán cuando puedan y quieran: te consumirán como el Starbucks que dicen odiar. Las revistas no lo publicarán, el mundo digital enseñoreado por personas demasiado desvitalizadas para caminar su vida por gusto propio o correr por jugar no lo reseñarán. No es memoria y autoafirmación en un crucigrama que se manchó de jugo vegetal, luego, no te sorprendas. Nadie va a pagarte por ello.

Un día de estos caminarás sobre el filo de la navaja y cortarás, beso a beso, los interlapsos del tiempo y cerrarás la puerta sin querer y sin parar a los otros ciervos.
Si buscas un intercambio de mercancías, este es. Nulo en esencia, sí, pero es intercambio.
No habrán abrazos. Las casas que abandonaste de la gente que amaste seguirán ahí, con sus paredes blancas
y sus tradiciones incesantes.
Nadie va a pagarte por ello.

Pero tengo los bolsillos llenos de estrellas por confirmar.

 

 

 

 

Más que sumar los fragmentos

Acá estoy, redactándolo todo,
con el único pecado
de haber lajado las piedras
y no haber concebido
que la forma de saldar cuentas no las escribe uno
con mano liviana o abierta.
Fue impúdico el castigo, pero ya maté los ciervos,
y tal vez nunca pueda abrazar de forma confiada de nuevo
y tal jamás
pueda sonreír con el corazón sin peso muerto.

Pero este es mi tiempo
mi gravitación
mi historia
y ya te he exorcizado. Empieza a leer, para que aprendas lo que es tener recuerdos
y propias memorias.

Tuve que encontrarme una bandada de chupaflores
y enterrar el afecto de personas sinceras
así como someter al desgaste del agua y piedras
la imaginación
para dejarla secando a la vereda de una imaginada Italia
mientras intentas tejer hilos vacíos de araña.

Me hierve la sangre porque estuviste a un centímetro de gangrenarme el alma.
De llenarla de ceguera,
de adoración por perlas
o de vacíos entre tecla y tecla
mientras me golpeaba la pared como una abeja contra un cristal
y terminaba volviendo a tí.

No hay otra forma de asumirlo.

Sé que lo disimulas, pero estás al acecho de cómo encajo
las piezas. Y pocas cosas he conocido
tan pueriles
y patéticas
como tu pensamiento de incubadora.
Por eso mismo es que voy a decir que tal vez estas letras me queden pequeñas
para todo lo que quiero lanzarle como dardos al vacío
porque estoy necesitando una lluvia de centellas
un golpe al guante del catcher
y un electroshock involuntario de taser
para reiniciar lo que intentaste cavarme como si fuera mineral
y no bosque.

Porque no soy tan blanco,
y no soy tan alto,
y no soy tan rico, tan amable, tan grato…
porque mi altar está lleno de material radioactivo
y no sé si lo estoy limpiando.

Me tomo la licencia de decirlo detalladamente: estoy estrellándote contra el suelo.

Es la última vez.

Disolventes

Militancias.
Militantes.
Miradas alucinadas o alucinantes.

Leer sobre el conflicto bélico que hay últimamente me ha dejado un sabor en la boca muy claro: algo se está escurriendo entre los dedos de los que escriben. Obviamente cada uno tiene que defender su manojo de excusas para poder sostenerse económicamente, cada una debe defender su derecho a ser mercancía o droga de alguien más. Pero…
¿y si fuera un problema más sencillo de diagnosticar?

No creo que sea necesario dar una cátedra sobre lo bien o lo mal que estamos como raza humana. O promulgar por los derechos de x o y, o la libertad de los desaparecidos.
Para mí  lo principal que está pasando es la caída de la máscara de muchas situaciones. Gobiernos, empresarios, artistas, mecenas, fundadores, trabajadores, todas las personas están convidadas a este banquete del absurdo, a esta cena de licántropos envenenados en la cual se ha convertido la vida diaria.
Así es que se está desplegando este inicio de siglo. Y los que vivimos en él estamos viendo un espectáculo que es grotesco. Es como ver un enorme show de strippers, con su apariencia de glamour y valentía, con su olor a cuerpo usado y energía triste, con su sabor a plástico y a mezcla de soledades. Y de fondo, conocemos una sonrisa sarcástica y fría, preferiblemente caucásica, preferiblemente anciana, sonriendo y batiendo los billetes.

Tal vez soy demasiado cándido en defender algunas cosas. Si el día a día me ha llevado hasta acá no ha sido gratis: también persigo un sueño, como todos, en el cual se pueda pasar al otro lado. Mas tengo que convivir con cosas como el poder por el poder, y la inmisericordia de todas las limosnas que se inventan como beneficios sociales para las personas de apellido genérico -hoy más que nunca, con una economía basada directamente en el nepotismo a nivel global, no existe UNA persona que pueda negar que hay apellidos de verdad y apellidos que no justifican la existencia propia-.
Mi candidez la baso en querer que no solo seamos todos iguales, sino que, por una vez, reconozcamos lo que no somos: libres. No somos libres. Una vez más, porque se siente bien decirlo: no somos libres.
De nada. Y para nada.
No mientras nos aferramos a esa ilusión de niños pequeños de que perseguir un sueño de producción es lo mismo que construir una vida de magia, de asombro, de sencillez.

La máscara en estos días se cae y estalla en mil pedazos. En este baile se han protegido miles de personas, se han justificado miles de acciones. Como por ejemplo, el judaísmo y el antisemitismo, dos monedas de la misma cara, porque ambas son una sola cosa: la necesidad de justificar la existencia del poderío militar de EE.UU. e Israel como los gendarmes del planeta entero y sus guías culturales y sociales. Así como la ira de Europa y EEUU y el Reino Unido de ver cómo el mundo se zafa su polaridad y avanza hacia otros lados… una ira que va a desenmascararse y a estallar en problemas de cultivo, manejo de agua y apropiación directa de recursos sociales y humanos.
Si 4 de cada 10 mujeres del planeta se dieran cuenta del número de violaciones que aumentarán si estos gerentes y capitanes desarrollan sus planes, renunciarían a su nacionalismo en un solo latido.
Si 4 de cada 10 mujeres fueran consciente de que las están usando en un enorme experimento social para, a punta de drogas -sobre todo el alcohol y la marihuana-, encaminarlas a hábitos de consumo y reproducción… probablemente seguirían tomando Jack y fumando un porro, pero se pararían en la frente de las destilerías a romperle la madre a los abusos que realizan los que mandan en ellas.
Si 4 de cada 10 hombres pudiera ser sincero consigo mismo, la creación de grupos de trabajo emocional masculino florecerían como los hongos sobre la hierba.

La única razón por la cual la moda está en plan retro es porque hay un terror INCREÍBLE a asumir el vacío del presente. Cada vez que alguien se alimenta y justifica con Buzzfeed, con Facebook, con Twitter, con la prensa escrita o con la Biblia, está fortaleciendo ese diálogo interno que le dice que pertenecer a un grupo o morir es la mejor manera de irse. Y en la cual “todo tiene logo/ya tén logo” [Kevin Johansen] es la única realidad posible de desarrollo humano.

Yo no puedo invitar a nadie a que se de cuenta de que sin cultivarse solo es un objeto más. Ni tampoco puedo evitar en mis amigas y mis amigos que en su afán de ascender socioeconómicamente se deformen hasta lo irreconocible.
Pero guardo la esperanza de que se den cuenta de cómo están siendo usados a diario, y de cuánto les falta para poder conectar con algunas cosas, más abstractas y geométricas pero más preciosas, que están vagando a 6 centímetros atrás del omoplato, en continua sucesión, impecables, mientras nos tienen distraídos con esta fantasía de 2da Guerra Mundial y su álbum que no ha sido procesado.

Los últimos riffs

-¿Y cómo te lo imaginas?
-¿A él?
-Sí, a él.
-Me lo imagino lavando un poco más que los platos… después de cazar.

Un sonido de cristales chocando y un balanceo de rojos en cuello alto enmarcaban la escena.
Calles pequeñas, cafés cualquieras, personas que daban de comer a comensales de piel cobriza; estas sirviendo, con ojos verdes y pañoleta clara, con las manos de haber tocado París y Nueva York, o Barcelona y Lisboa, y con la misma entereza dándole acá a sus locales una excusa para abrir la lengua y destajar el corazón.
Nadie comprende qué es abrazar el amor a menos de que sea a distancia y cómo lo sólido y lo líquido que ingerimos alivia la locura de esas medidas de lejanía. Esta es una de las verdades más crueles pero más constatadas por la raza humana.

Siguieron hablando las figuras.
Una cambió el balance en el asiento. Tomó la copa y con las manos cuadradas, delicadas y con manchitas de leopardo joven, manos que evocan a las formas de hueso y ropa que no están, hizo girar el rojo hasta que arrojó un tono limpio. Naturalmente, se detuvo al lograrlo y siguió con el tema.

-Sinceramente, no sé. Tal vez, menos espera uno a medida…
-…a medida que crece–
-No, a medida que uno se va a deshojando. ¿Sabes? Esa energía vital que se nos acumula y se va disipando…

Silencio limpio en el que oyes una rueda de bicicleta. ¿En serio disipando, las fuerzas las sentimos así? No. Se parece a algo más. Algo más como a una corriente emanada.
Ambos clientes se veían, desde afuera por los meseros, concentrados furiosamente en desenredarlo, en una carrera callada pero al galope.
Y toda carrera termina en voz.

-Extendiendo- ofreció el otro rojo en la mesa-.
-Sí, extendiendo.
-Demasiadas memorias para estar fresca una persona y demasiadas para sostener afectos.
-Muchos.
-Sí. Sí, sí, sí y además, además… eeeeh, además que uno quiere poder tocar las curvas de los labios sin sentir que uno se ha vuelto un taxonomista.
-¿O mecánico? Como si fuera llamar a un electricista para arreglar un plug de una estufa, sabiendo que te cobra de más y sabiendo que después se lo tienes que decir a tu cónyuge con voz cansada.

Las manos enfundadas en un pullover verde menta, grueso, cuello alto y botones en madera… las manos que acarician el arabesco de remate de la mesa reciclada, son las otras manos que tocan rojos. Las que preguntan por lo que se imagina. Y estas son las que al escuchar la palabra cónyuge se crispan y sostienen la copa con equilibrio tenso entre los dedos. Las rematan a estas manos un par de anillos engastados de oro y piedra calcárea, tienen los dedos largos y suaves de los que han dedicado su vida a pasar páginas y a teclear rítmicamente pianos y computadoras por igual.

-Ahora es más complejo -dice la mano del pullover-. Ahora es más complejo porque los más jóvenes tienen este sueño del punk, sabes, apocalíptico… nosotros vivimos el punk, nosotros hicimos la ruleta rusa con la adrenalina–
-¡Y la penicilina!
Ambas manos arrancan a reírse. Para humores densos, nada como dos vasos altos de rojo en una noche fría.
Pullover retoma:
-Bueno, pues eso. Es como… ¿a qué demente, a qué idiota se le pasaría por la cabeza que Mad Max es modelo de vida, a qué demente se le pasaría que una distopía es lo mejor que tenemos?
-¡Je! Pero mira-
-Ay, pero mira… qué digno, qué docto…-dice pullover son sorna.
-¡No moleste! Jajajaja…. Mira, es más como esto: te libera del enorme placer de comprometerte. De sentir raíces. De confiar en algo más que el ego propio y el zumo de estrellas que te haya tocado al nacimiento.

El otro rojo ya terminó y la copa se deposita firme sobre la mesa.
Las manchas de color leopardo se quedan quietas, se siente la proyección de exhalaciones como un rayo láser hacia el locutor.
-Es más fácil no atender las señales que parar el flujo del tiempo propio. Mira.

Acto seguido, levantó la copa y con toda la fuerza de su espalda la arrojó con fuerza a la calle. Entre un poste de cemento y una casa abandonada con algún mural indigenista, esa copa iba a ser arena -no quedaría ni para vidrios los pedacitos- del tremendo impacto.
Al mismo tiempo las manos se lanzaron hacia el bulto que llevaba a la altura de las costillas se reveló y el ánima fría y recta de un arma se volvió una realidad concisa.

Una mano tocó rojo, la otro balanceó el rojo.
Ambas lo fusionaron a sí mismas y decidieron reestructurar la noche bebiendo.
Ambos querían darse el lujo de aferrarse a las memorias de conquistas, como viejos leones entre baterías curtidas.

Pero cañones, luz verde y dos sonidos limpios y huecos.

Pero la copa arrojada. Jamás. Tocó. El Suelo.

 

Microrelatos de una valija

Cuando se despertó, vio la estantería rota y llena de plumas rojas de pájaros. Su memoria, difusa, le dijo que había abierto dos veces seguidas en la mañana la ventana, pero no cómo ni hacia dónde.
Se sentó a contar las plumas mientras la alarma de una patrulla de policía lo siguió desde la calle.
Venían hacia su cuarto.

***********

Las manos empinadas, la espalda encogida, las caderas contraídas, las piernas temblorosas. Los dientes desgastados, los sacrificios irrelevantes, los arcángeles con bigotes hipsters.
Un vaso planeando lento sobre el aire a punto de reflejar en un solo beso el anaquel, el lápiz dentro del mug y el texto de los Diálogos de Platón de una editorial perdida a inicio de milenio.
Todo muy madera.

***********

Su trabajo de memoria pertenecía más a un neurosiquiátrico que a un sanatorio. Lentamente y sin afecto alguno por esconder, levantó de cada esquina de la institución los fragmentos de lo que habían sido sueños, fracasos y tendencias.
Los metió al bolsillo de la maleta. No cupieron.
Pero le dejaron de regalo vetas y vetas de hierro borboteando hacia el suelo. En ese mismo instante no solo lo superficial de su cuerpo estalló: tomó con fuerza la maleta e hizo centrípeta y proyectada la existencia de los malditos trozos.

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El estallido del vaso de whisky contra el mueble rectangular de madera y el suelo alfombrado le pone piel de loop: el fin del limbo, algo dormido que desangra, un sueño dentro de un sueño de una aspiración, el niño interno que clama por venganza, los adultos que vienen a él para hacerlo responsable a pesar de sí mismo.
Beats. Niñas interrumpidas en el fondo de sus ojos verdes. Varones estilizados sobre el estupro.

Dos vasos más de cerveza artesanal. Viene.

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Nadie va a creerle.

Nadie tiene por qué creerlo. O convencerse de que ello es real. Imposible, solo imposible.
Increíble. ¿Neurótico? Irreal. ¡Autoincriminatorio! Oh, totalmente y debería estar detrás de una cárcel frente a los ojos de la ley de los hombres.

Es como si la vida le insistiera en ponerle barrotes, más allá de los que había traído de sus historias de piratas, a esta encarnación restrictiva de cal dolomita.
Desaparezcan.
Cada vez que hablan con él hombres y mujeres ya no hablan con sólo un humano. Están hablando con algo más parecido a una radio.

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Él está enamorado de una flecha, y aunque se ha quitado muchísimo peso, teme no poder llegar al nivel en el cual todo tenga un feliz término con su muñeca de tendones de plomo. Le tiemblan los dedos de pajero ciego buscando el propio arco.
Ve a la computadora que ha reemplazado los miles de libros sobre la estantería; ve la pantalla de 8 centímetros que ha reemplazado la cercanía en un instante de insipidez que no ha cesado. Los observa con el silencio sepulcral del que mira después de una rehabilitación la silla de ruedas.
Se pregunta cuándo será la próxima razzia de la vida.
Pregunta: ¿si será la última?

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Va a enfrentarse a la inutilidad del gesto. Este será, probablemente, su último grito de juventud, de alegría, de felicidad. Insertará dentro de su cuerpo su mano y separará las células de su estómago. A continuación, tomará al pequeño niño obsesionado con satisfacer los deseos del futuro y lo tomará del cuello, ahogándolo y matándolo.

Extraerá su cadáver de su cuerpo y lo echará en la pira funeraria.
Con eso podrá sanar la memoria de haber bajado entre la plebe para volverse hombre y quedar enredado por el pantano del tiempo y la pobreza en su aliento de falacia. Con eso… con eso sellará el amor del pintor, que viaja a otros países y bebe de otros cuerpos de agua -con tacones o en grifos-, y vuelve a casa aullando. Puro nervio en el gimnasio. Pero en su caso, de cromáticas donde se mezclan lo extraño, el drama, y el afecto.
**********

¿Si les contara que dejó de ser la fantasía de un animal roto y se convirtió, efectivamente, en uno, no le llenarían de marcas de electrodos el alma?

Si les dijera que es todo espectáculo -aunque para él sea piel de grifo y esmeralda engastada en turquesa lo que vive a diario-, se repite en la ducha empañada que lo refleja, tal vez lo amarían y lo dejarían ser. En paz.

**********

Cuando estiró los dedos y salió de la pared empotrada, descubrió que su mundo de piscinas solamente era de espejo nacional barato, sostenido por unas viles eles metálicas de cinco cms en un baño de niños de una era donde lo análogo mandaba.
Está viejo: todavía cree que el amor se escribe con poder y comida, en análogo.

Tiene que liberar ya mismo su esencia del octágono de estos huesos.

La cabalgata y la espera

Planea sobre el mundo la mentira de que todo es frío y antiséptico.

Mas nutrámonos.
Relajemos un rato. Leamos de largo. Recuperemos el aliento.

Y tantas personas sintiendo sobre sí mismas el asco de poder hacer historia.
Soñé con las gemas. Sí…
Caí al río y ví al Señor del Hielo con su voz de ultratumba y sin olor a Bajofondo Tango Club: era abandono disfrazado detrás de lo necesario. Soñé, te digo, con el fuego. Con los hijos de doscientos civiles pegados al pecho intentando orar y levantar en almas lo acontecido.
Ya dimos el giro: la flor roja se ha metido a los corazones y tenemos un desenlace en valor neto. Pero aún no hay fuerza para jalar el mantel y que no se rompan los vasos al detalle.

En mi alacena mental hay algo parecido a la fragmentación pero también hay silencio y acompañamientos de Solé Gimenez y Presuntos Implicados y no, queridos, se conserva la sangre demasiado caliente para decir que no existe el sexo, les comió la cabeza la publicidad veinteañera. El postear continúa, pero si tú acumulas o vacías ya es tu historia lo que en el fuego se quema. Es algo como el sembrar un par de plantas en una pared y decir que es un jardín vertical, es como comerse lo sembrado en un barrio lleno de smog y llamarlo revolución ecosuperneobionatural.
Pero, ¿y la plegaria? ¿Y el silencio? ¿Y la raíz muda?
Oasis. Piel aguda. Miles de papeles sobre un escritorio. ¡Esa manía de ser oficinistas de nosotros mismos!
Se dibuja sobre la piel y se comparte así el ritual de eones para combatir la lejanía amando con el pulso propio al otro.
Ucrania y Borgoña, Sao Paulo y Detroit, las maracas y las manijas, todo alienta con su ritmo a empujar a un nuevo cielo en el cual soltamos la violencia.
Los cascos resuenan alrededor del planeta: no necesitamos buscar inicios, sino no soltar el ancla de metal de las bridas que, como zombies, ya construimos, ya trajimos y llevamos del orfebre, y ya enjoyan a nuestros caballos.

Si el amor depende de un pendrive o de una descripción tecnológica en nuestra visión no me cabe duda que entonces uno decide si recupera el placer de su analogía o se sienta a llorar lo que se abrió sobre las cabezas en el ahora.
¿Memoria?
Molienda.
Mensajes.
Misivas.
Estas son líneas de cartas y yo sé que algunos no saben cómo leerlas.

¿Qué nos queda después de tanto afán, de tanta espera? La singularidad y el afecto, las dos causas perdidas aparentes en las letras de sociólogos y vendehumo ahora emergen. Silentes. Bellas.
Parecen un reflejo en la piel negra o cobriza de las terriblemente dulces mujeres de latinoamérica.
Y a pesar de lo equidistante… y de la espera… y de la potencia…
Yo engendré un hijo contra mi voluntad y abrí las puertas de un futuro en el cual las posibilidades de que sea mutación inocua por parte de las beatas es demasiado cierto; yo sembré un árbol con las cenizas de mis antepasados y el cielo le dió un giro a esa frase de espera y vitalidad tan trillada. ¿Me creo por ello único, soy el único padre de situaciones dramáticas ahora en mis semejantes? No.
Acá y en Europa somos la carne de cañón porque muchos así lo quisimos.
Amor en doscientos devaluados pesos.

Tal vez comprendamos mejor a nuestros ídolos si no decimos “imperfecciones” sino fracturas en sus ojos y comprendemos que los estamos moldeando con las manos, porque sin el vacío no pueden ser jarra e ídolo que no sea jarra no tiene espacio para llenarse de palabras bellas, como afecto, o respeto, o perdón, o constancia. Prudente, esa es limpia.
O tal vez oquedades, o tal vez complejos minuteros multidimensionales.
Estoy viviendo un tiempo en el cual las caricaturas hablan muchísimas más verdades que cualquier columnista y en las cuales, gracias al ácido y a la radioactividad imperante del Sol, todos cargamos con el deseo del retorno de un Kal-El, de un Bruce Wayne, de un algo que nos muestre cómo elevarnos en almas y reconectarnos con lo curtido del mundo, lo no perdido que sustenta. Porque rojo. Porque azul. Porque canciones de Sabina y Skrillex de repetirse sobre la historia tantas veces como sea posible han dejado la sensación desgastada al cambio, y por ello toca aprender a afilar saetas y que las palabras sean beneficio de duda y sabor a obra al mismo tiempo.
Algunos se preguntarán para qué sirve la distinción, o la palabra, o el acierto.
Pero son las palabras y su construcción constante la que me enseñan, te enseñan, nos enseñan a destilar los afectos, los orgasmos, las ciudades infladas de gente artificialmente, lo perdido y abierto. Son las que aplicadas al mandala y rostizadas dan el mapa nuevo de las frutas que al morderlas, te reverdecen hasta el infinito.

Veo a mis amantes y nuevos afectos con una galaxia en la garganta.
En ella, el tiempo del hombre y el hambre de lo nuevo se conjugarán de una forma vasta e inimitable; percibo que la Naturaleza, cansada de esperar (o un poco irritada para ser más preciso) con amor de madre a que maduremos, nos está hablando desde la sala y tenemos en nuestras manitos la sensación de su mano cálida: queridos y queridas, el tiempo de revolcarse como chanchos en el pasado ha terminado. Terminen sus chocolatadas y sus pasteles de frambuesa, es hora de volver a la escuela.
Vamos a empezar una espiral. Será una nueva figura, pero es inevitable decirlo, va a ser algo grandioso, algo como de películas. ¡Como una canción en figura de toroidal!
Hecha de bicarbonato, limón, arándanos con canela y jengibre: eso es lo que quiero decirte. Esa es la yesca.
Debemos proteger el fuego.