15.58-16.23 del último conejo

“Podría”.
La palabra engendra el mundo. Vale. Asumámoslo. Entonces, acá viene el camión entero.

Las mañanas que hubieran estado completas al lado tuyo y al lado de otrxs: podría.
Las noches que no pasé de fiesta perdido en una rambla en Barcelona, Tenerife, Bilbao o Manhattan: podría.
Ciertos momentos con sabor a cerveza roja que me abren de un tajo el estómago para darme a entender que no puedo, si quiero bailar como un derviche, beber más: podría.
Líneas que recorren el universo sin saber hasta donde van o vienen, reales como el olor de trementina y aceite para una sola mano: podría.
Tus ojos verdes, incesantes, como cuchillos, si no fueran completamente vacuos de libertades diría yo: podría.
Podría olvidar también y ser selectivo y no abrir las cuentas ni mirar los huecos en el concreto e intentar vivir una vida en apariencia normal, mas ya ví atrás del espejo doble al titiritero y comprendo con escalofrío satánico que no sobreviviré por mucho más tiempo. Podría.
Las ganas sempiternas de gritar a los cuatro vientos y a las siete direcciones que estoy en el sitio atrasado, con la gente equivocada y las herramientas menguadas o insuficientes, cada mañana, al levantarme, al bañarme, al beber mi taza de bytes y revolucionar la mente de algún cibernauta, al ir a la fantochada artistoide que se teje en mi propia vera con una sonrisa que dice ‘no todo está bien, pero tal vez sí si me lo repito como Goebbels diez mil veces’: podría.
Podría hacerme el ciego, el mudo, el loco, el anciano… aguantarme estas necesidades innantas de innovación y admiración y perderme bailando solo, desdentado y arruinado, mientras una lluvia de misiles y de cocteles molotov apagan el ruido inminente de los que no pueden comer y el hambre los derivó a la locura sempiterna que justificará el uso de millones de balas. Podría.
Podría olvidar: que las mujeres son enseres, que no hay libertades con ellas, que valen mientras más se acerquen a la valla publicitaria perfecta o perfeccionada, que  existe la selección genética y sí existe la militarización de su corporeidad como paso obligatorio para impedir su conexión múltiple y cósmica, que nadie las reconoce o valora y los que más deberíamos hacerlo podemos llegar al extremo de destruir por completo su capacidad de confianza en el universo con un solo empujón  despiadado pero fríamente  calculado para cortar de tajo, como si fuéramos dioses, su potente humanidad y dejarlas a la vera, girando en un mar de infinitos tiburones.
Sí… definitivamente, podría. ¿Olvidar?. Sí, podría.

Las manos me las llevo a la cabeza. Busco mi boca, pero le han crecido dientes en bruxismo a mi piel y labios y están tan apretados con tuercas de nuevo metal que no me alcanza ni el aire ni la fuerza para abrir un gritar.
Porque lo más duro, aunque no lo creas, no es el mirar en el espejo y comprobar el inexorable paso de la vida durante las rocas y los lechos.

Es el saber que se intentó. Por todos los medios. Se reactivó, claro. Pero se falló en la sincronización del tiempo y se hizo demasiado, demasiado, demasiado tarde. Después de tanto avanzar, se halló que no hay hogar.

Hay canciones rojas y canciones rotas, dicen que saben los que han sobrevivido este largo camino.
Tal vez algunos solamente nacimos para observar como los demás atajan con sus manos las últimas gotas de lluvia y pertenecemos a una tribu de exiliados que en su memoria sólo sabe beber agua de cactus.
¿Podría? Podría ser.

Releo de historia  y veo que el ciclo continúa: Paraguay, soberano, soberbio en su propio desarrollo frente a la banca inglesa, y esta clamando por su obligación a desarrollarse como le viene en gana, usada una Triple Alianza uruguayoargentobrasileña y luego una Triple AA para destruir y exterminar su potencial de reclamo junto con la indiada local… y hablar de la textil Bolivia es lo mismo y entonces veo que se levanta como un ciclón Brasil corrupto con sus brasileras y brasileros y comprendo con claridad pasmosa que no hay posibilidad alguna que impida que, en el nombre del progreso -como sabiamente lo indica mi maestro Galeano-, no se viertan las fauces hambrientas, bélicas y depredadoras de medio planeta hasta este continente ya no para colonizarlo, ¡no, no!… nada tan amable; es para evaporar a sus actuales habitantes y, a la postre, previa eugenesia, dejar el mundo terraformado a la sombra y talla de como sus banqueras y blancudas majestades prefieran. Desaparecerán entonces los cantos libres y las pinturas libres, y la memoria de un ave llamada sinsonte, y el derecho a vivir enyagesado libre de las reglas aberrantes e ilógicas de este cielo y las mandalas en los penachos multicolores de los que danzan en las calles y los cantos libres de sabor y viento que serán reducidos a plásticos de discotecas y las mañanas donde se escucha liberemente la respiración y el mantra.
Todo esto podría ser en un mañana tan yuxtapuesto de planos que me da un sabor a hoy. Y en mi desesperación por estar en un sitio en el cual cantar esto es ilógico y desesperado, vomito lógicas y oigo el ensordecedor ruido de las mentes y conciencias dormidas como cuando un televisor queda haciendo ruido después de una noche de comer fritos y practicar malos onanismos.

Tal vez es porque me siento cansado de este universo de enmarmolados y estucos con el que me siento chocar cada vez que doy una vuelta. Pero sin dudarlo digo que después de tantos podría algo concreto sé : el alma estaba carcomida de esperanzas y viajes parasitarios, pero ya no soporta más horizontes el pedaleo de esta bicicleta… no los soporta.
Sólo le queda este abrazo de dedos largos y fuertes, piel canela y bermellón, metro sesenta de musicalidad y una pala para enterrar los embriones de sus sueños. Uno a uno. En la trastienda o matera que le quede.
Y dejar el casco de argonauta en alguna heladera, mientras se sienta tranquila a beber a sorbos salados -como agua de mar- esta bella muerte.

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El minutero, tú y yo y el segundero… son las 12.

Cedo este espacio a una de las mejores notas que haya leído en Página/12.

Breve prefacio: no siempre el que algo sea interesante significa que lo vas a sobrevivir. Ponle por ejemplo, montarse sobre un tigre. Si el animal de ama, te será fiel y seguirá sin parpadear tus órdenes, comentarios y recibirá con ansia y juego tus mimos.
Pero si decides abandonarlo, lo más probable es que intente matarte.
Ya no estás en su reino. Luego, puedes ser la cena.

Homo Profético

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona
UNO Sale de las profundidades de esa zona fantasma –de los días supuestamente festivos que van del 22 de diciembre al 9 de enero– como un organismo acuático dispuesto a conquistar la tierra firme. Pero no es que haya evolucionado. Tampoco la tierra es tan firme que digamos. La realidad –libre de espíritus navideños– se enfrenta a los espectros del resto del año. Espectros que existen y de una solidez que no provoca otra cosa que la conciencia extrema de la propia fragilidad. Y, de acuerdo, es un año nuevo, pero Rodríguez no sólo sigue siendo el mismo de siempre sino que, además, es un año más viejo. Y mira el amplio e incierto horizonte subido al tambaleante banquito de profecías y promesas varias. En términos universales, parece que en 2012 –para ser más precisamente imprecisos el próximo 21 de diciembre– se acaba lo que se daba. Fin del mundo. Rodríguez se informó de todo en la última edición de la revista Muy Interesante: posible reversión de polos magnéticos, tórridas tormentas solares, definitivos alineamientos galácticos y posible colisión con un supuesto planeta de nombre Nibiru. Cosas de mayas que dejan abierta una mínima vía de escape: tal vez no se trate del Apocalipsis sino de un nuevo comienzo y del pasaje a un nuevo plano espiritual. Pero –teniendo en cuenta cómo empezó lo suyo Mariano Rajoy, imponiendo impuestos que juró no imponer durante su triunfal campaña– está claro que un nuevo comienzo también puede ser un Apocalipsis de siempre. La culpa, por supuesto, la tiene la “herencia” recibida del PSOE y una “situación peor de la que esperábamos”. Es decir: estuvieron poco acertados en sus pronósticos y al pan vino y al vino pan y, quién sabe, próximamente “régimen militar” a la “dictadura”. Así, la Bolsa volvió a hundirse, volvió a subir la prima de riesgo, las nuevas cifras del paro vuelve a ser “inaceptables” y aquí no ha pasado nada, aquí sigue pasando lo mismo de siempre y, ay, qué fácil es sentirse oráculo en la previsible y sísmica España de estos idus sin vuelta.En lo que hace al ámbito de lo privado, Rodríguez sale al balcón y se agarra de la baranda –sopla un viento fuerte– y ordena eso que él ha bautizado como hiprofecías: las hipócritas promesas a no cumplir que se enumeran en voz bajísima para que no las oiga nadie con el mareado optimismo de quien ha tomado una o dos o tres copas de más mientras resuenan, ominosas, como disparos, doce campanadas.
DOS“Que vivas tiempos interesantes”, reza una ambigua maldición china. Y, sí, Rodríguez –como todos sus compatriotas– vive tiempos interesantes. Muy interesantes. Tan interesantes que Rodríguez no descarta la posibilidad de que Muy Interesante les dedique todo un próximo número. Noches atrás, el rey habló en cadena y pidió justicia para todos. Los medios y los políticos alabaron su “discurso valiente” y, acto seguido, perdiendo los puntos tan fácilmente ganados, el rey se mostró entre sorprendido e irritado por ese hábito de “personalizar todo” que tiene la prensa. El personalizado, que aparentemente no lo era, no era otro que Iñaki Urdangarin, empantanado en inacabables tramoyas con dinero más o menos público y fundaciones supuestamente sin ánimo de lucro. No se está cerca de la revolución, pero el pueblo pide sangre lo mismo. La sangre de este plebeyo esquiador en Washington alguna vez ascendido a aristócrata por vía matrimonial y al que, a la brevedad, todos le vaticinan divorcio-express y destierro de palacio. Mientras, Letizia es avistada en rebajas de las marcas favoritas de la devaluada clase media ibérica (Mango, Máximo Dutti, Zara, etc.), como queriendo recordar a los españoles de sangre roja que no los olvida, que está con ellos y que sigue siendo uno de ellos, que es moderna y modernizante, y que no hace negocios raros, salvo salir de compras a negocios. Pero una cosa está clara: cada vez son menos los que creen en los Reyes Magos y más los que desconfían de la magia de los reyes a la hora del nada por aquí, nada por allá. Y Rodríguez se pregunta si Nostradamus –quien todo lo vaticinó– no habrá señalado a Urdangarin con un “llegará un caballero con pelota en mano a derribar torres coronadas” o algo por el estilo. Y, de pronto, a Rodríguez se le ocurre una hipótesis digna de best-seller conspirativo. ¿Qué tal si Urdangarin –hijo de tradicional familia vasca votante del PNV– no fue todo este tiempo una suerte de célula dormida de ETA esperando instrucciones, justo cuando la banda bandida parece pronta a desarmarse, para dar el golpe definitivo, el gran atentado de despedida: hacer volar a la familia real por los aires no a golpe de explosivo sino de un modo más sutil, a base de topo à la LeCarré.Tinker, Tailor, Soldier, Spy, Yerno.
TRES Rodríguez entra y sale de ver la flamante y muy lograda adaptación del por siempre gris George Smiley. Rodríguez fue feliz allí, con la rara felicidad de constatar que el supuesto oficio más excitante del mundo (según Bond, James Bond, y sus variados derivados) no es otra cosa que una disciplina burocrática donde, como en su oficina, de pronto alguien es terminated, archivado, borrado de nómina y cargo, y a otra cosa. Y, sí, la rumorología que predecía numerosos despidos en el trabajo de Rodríguez a la vuelta del largo feriado vuelve a encender los motores de esa rara máquina: un calefactor que da frío mientras se tejen decrecientes listas de indiecitos à la Agatha Christie. ¿Quién será el próximo? ¿Quién quedará último? Están todos en el aire y en el aire todavía flota el perfume de la pólvora de recientes petardos y explosiones. Y muchos se dedican a la oración y la plegaria, y por ahí Rodríguez leyó que, en las corruptas Baleares, se planea la construcción de Tierra Prometida, “parque temático de contenido cristiano”, responsabilidad de la empresa argentina Tierra Santa. Rodríguez se acuerda de su abuelo muerto, evocando con voz temblorosa la llegada de barcos porteños cargados con comida y jefa espiritual, y se pregunta si no sería mejor eso: pan y trigo en lugar de cruz y circo. En el escritorio de al lado, Rodríguez ve al jefe de personal hacer una crucecita junto a su nombre. Pero Rodríguez no es el único Rodríguez allí. Hay tres Rodríguez más. Y Rodríguez abre la agenda que le regaló su hija –la catastrofista y muy graciosa Agenda del Fin del Mundo que editó Blackie Books, rebosante de acontecimientos monstruosos, posibilidades de The End y efemérides últimas– y mira lo que toca. El modo de desaparecer que la agenda en cuestión propone para la semana en curso es “combustión espontánea”. Arder de golpe, sin aviso, sin ayuda, sin afectar a mobiliario, estructuras o personas próximas. Quemarse hasta consumirse y volver al polvo del que se vino. La opción es seguir aquí, hecho polvo, como todos los días, sin necesidad de irse o de acabarse o de pensar demasiado porque –faltaba más, falta menos– qué será, será… Rodríguez se despide de sus coleguitas, rechaza la invitación para una primera cerveza del año, y vuelve a casa, pensando en los restos del turrón. ¿Quedará algo? ¿Se lo habrán terminado su hija y su hijo y su esposa?

Rodríguez quiere creer que no, pero predice que sí.

Fin de turrón.

Hagan sus apuestas, hagan sus profecías.

Feliz interesante año.

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De la filigrana los cantares.

¡SUBE!

Yo te canto con todo lo que me queda en el alma y con ello te muestro el camino a mi casa.

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