Gotitas de retenes.

Correr.
Quiero que te imagines correr entre árboles centenarios. No hay nieve ya, tu cuerpo ha aplastado con tus patas a toda velocidad la nieve que se ha derretido. Árboles centenarios de fibroso y grueso poder te observan desde sus retorcidos y perfectos ojos,

el suelo lleno de sus hijas hojas secas y el cielo observando mientras lates sin parar, corriendo.
Te detienes para mirar el cielo y no hay detenerse en tu interior, pero lo sabes y lo sabes bien:
la primavera no ha avanzado, se ha congelado.
Por más que corres, tus pies poderosos no logran hacerte volar, hacerte hallar el pasto verde y los ojos dorados de tu manada o amada.
Y te preguntas un poco qué pasa, por qué así, por qué...
Revisas tus heridas. Miras tus colmillos rotos, revisas los buenos, revisas los reparados, miras tu piel cuarteada y te preguntas de nuevo un poco de nube y un poco de por qué...

la manada ya no puede protegerte y es más la manada ya no está para protegerte.
Y ahora, ¿qué hacer? Viento y un desfile de numerosas lluvias sin parar te golpean las hojas de los costados mientras un sol furioso aletea lejos, muy lejos de tu corazón y de tu tierra.


Parpadeas. La esclavitud, al fin y al mes, es un estado en la mente y no la latitud de una cédula.



Y se abre latiendo tu corazón a las estrellas.
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