Desdén.

Eres una flor de loto consumida,
consumada.

Eres rictus de donjuan perdido en el aire en el espejo de tu contraparte
seducida.
Y también colmillo torcido y negación aberrante.

Eres pátina que aparenta frialdad
y permite sal por terrones viajando en el aire,
con sabor amargo y acre de lo una vez entrañable.

Eres odio, desconfianza, celos.
Nudos sobre nudos de gargantas y desconsuelos
y
la negación de la aurora borealis relampagueante
sobre el suelo/hielo.

Desdén es como un animal herido, mañoso a punta de falacias,
que cree que por su comportamiento blinda a su alma
o a los avatares
o a los vaticinios de las tormentas.
Sabes tú a una flor entre el concreto de un edificio en ruinas:
orgullosa por su intrepidez y supervivencias,
pálida y podrida de tanta rabia acumulada,
pálida y seca por temor a lo no-expresado.

 

Es un antena -este sentir- para el desengaño y la codicia:
“Mi armadura, General, así pese setenta kilos y su calor me mate”.

Y hay más.
Es, una varilla que atraviesa los ojos y con oxidado fulgor ciega los ojos al membrudo y nervudo corazón.

Por eso, perdonarte.
Por eso, perdonarme.
Por eso, perdóname, perdonémonos, reconozcámonos.

De las entrañas del que fuera monstruo una luz infinita de luciérnaga ha emergido desprendida, dejando seco y hueco un cascarón monumental y arquitectónico.

 

Ahora…

 

Mas ahora, ahora me consta, que hay que ser primero golondrina
para correctamente hacer los vaticinios,
aunque me odies,
de nuestra primavera.

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