Gotitas de premoniciones.

Señora de la blanca mano,

escucha nuestras plegarias.



Somos pobres, pero pobres ricos, que odiamos a los que nos negaron el derecho al habla.



Señora de la negra mano,

atiende estas humildísmas súplicas.



Somos ricos, pero ricos pobres, que aborrecemos que no se queden simplemente en su hueco callados y nos vengan con falsas promesas de mansedumbre en las palabras.



Señora de la mano ensangrentada,

oye nuestras súplicas:
somos jóvenes
somos apretujados
somos el sandwich o emparedado o pico’e gallo o enchilada
cabalgando sobre esta América;
solo te pedimos un pasto para volverlo cenicero,
una noche para emborracharnos y probar tímidamente las alas del sexo,
y una billetera más larga para quejarnos, una vez más, ¡que no hay dinero!

Dama distinguida, distinguida clientela,

el día de hoy podría haber dicho muchas cosas,

pero me basta con hablarles con pulcra magnificencia:
no les puedo vender más mis palabras porque el alma me sigue doliendo,
pero les puedo asegurar

que mientras sobre estas planicies, valles y juncos
vivan los hijos del maíz, la palmera, la raíz y el agua,

ud. y sus hijos verán incorrectas mis muertes y suertes

ud. y sus hijos rogarán porque olvide para siempre,


y yo siempre rogaré porque vuelva a ese agujero del que salió
y nos permita a mí y a los míos ver degradarse, como sentados en medio de una hamaca,
los últimos sátiros causantes de pánico.

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