Gotas de fantasia (ii de IV)

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Tu mañana, siempre del mismo color.

Antes de estas notas, la mañana del mismo color.

Color artista.
Es decir, te levantabas y tú elegías, concientemente, el cliché del día.

¿Ser cool hasta que duela?
¿Zapatos Converse All Stars morados, o fucsia epiléptico?
¿Peluca ficticia (pero buena, ¿eh?) de variopinto color, desde el verde al naranja plutonio?

Mmm…

veamos.

Te levantabas,
removías el brassier y te tocabas frente al espejo de mesa de noche, el que tiene esas lunas tan hermosas que siempre amas. Y mirabas tus lunares, por Dios, siempre ubicados tan amablemente entre ese cuerpo sinuoso que en ese entonces, nunca entendiste su por qué. Largas líneas negras, profundas, con brillos de color obsidiana, que un moño, gelatina, miel, lazos o un peluquero, realmente caro, podría convertir en el hechizo de las mañanas de las personas a tu alrededor. Mirabas tu piel y encontrabas las sensaciones nativas del despertar y saltaban las imágenes a tu cabeza, los olores, el entrenamiento pavloviano de las formas y texturas que tú debías tener, porque, al igual que otros tres billones de personas, eras única e irrepetible para tomar las mismas formas y figuras.
Es triste a veces… lo sabías, te mordías el labio inferior, mirabas hacia un lado, veías como las arañas se descolgaban con pereza contenida por las paredes aprovechando la ligera falta de polvo -a ver si compras un plumero, ¿eh?- y veías como ellas desnudas iban dentro de sí y hacia el mundo sin ese pesar, sin ese dolor y esas dudas. Sin ese maldecir algo dentro de tí que hace que el mundo te exija un momento breve de placer, de cualquier tipo, como una bandeja ambulante que lleva propiedades, no naturas, naturalezas.
Aunque si te lo hubieran preguntando un día como ese, un día de calendario gregoriano cualquiera, sin tu café matutino, tu baño en cámara lenta y tu bambolear hasta la universidad, sabes tan bien como yo que nunca pudieras haberle puesto el dedo encima.

Oh bueno, al fin, ¿que importa?

Al terminar de consentirte a lo ancho y hermoso de tu ego, tu cuerpo te recordó que eras miles de vasitos de frío, y corriendo te pidió que te abrigaras bajo el manto precioso del agua caliente.

Al pasar los minutos de esa mañana, te diste cuenta que lo veías en cámara lenta.
No, tu novio no estaba ahí, estabas sola, de nuevo, la guardia en su sitio y el coqueteo perdido entre las manos. Estabas, también, más guapa que ayer, leíste hoy las copias y trasnochaste lo que querías la cantidad adecuada para algunas noches que habrían de venir de pasarla en vela para poder anunciar que aquí estás en tus colores frente al mundo…

…¿cuáles colores?

Esos minutos de esa mañana que se sentían como años de un golpe se estremecieron cuando los miraste de frente. Eran miles, MILLONES de agujas de reloj cada una con su corbata, su franela, sus zapatos o sandalias, sus IMacs y IPods… ¡todos grises!.
Fréneticos, uno de ellos te empujó fuera del campo de visión.
Wow, estabas teniendo visiones. ¡Diablos, no habías visto el reloj todavía bien, sus números, ibas a llegar tarde a clase!

Por un momento, mientras el transporte te sacaba de la órbita familiar para llevarte a la fábrica de formulismos para jóvenes, lo viste cabalgar.
Fue un golpe de ojo, un latigazo al corazón del pubis y al clítoris en tu corazón.
Y fue suficiente para que los colores que no viste como habitantes entre el minutero, el segundero y el canal privado de noticias guerreras, saltaran a tu vista del medio que te rodeaba.

Destelló.

Iba contra el viento
iba a demasiada velocidad,
rompía las manos de los policías militarizados y luchaba con tu pasión dormida, que te hizo pegarte a la ventana como una loba atacada y aullar de la rabia hasta que tus lagrimales vibraron y soltaron lágrimas de dolor.

El caballo tenía barba de chivo, medía en cruz doscientos diez centímetros de alto y su largo era dos metros quince, con orejas puntiagudas como las de los venados e igual de felpudas.
Su piel era gris nacarado con un toque de albahaca,
las uñas de sus cascos brillaban con fuego vivo mientras intentaba romper las corazas de los policías, su voz era un murmullo de agua de tubo que se volvía a veces y de súbito agua viva de torrente,
y al exhalar un remolino se aparecía entre sus ojos, una disonancia magnética que nadia podía evitar mirar y al mismo tiempo, alabar y desdeñar.
Los ojos, lo que te aterraron, era que eran humanos. Sí, estaba vivo como un niño de favela, estaba vivo y se lo iban a llevar.

Y esta visión
al pasar un poste eléctrico más
se desvaneció frente a tus ojos. El roce voluntario contra tu espalda y su final te sobresaltó, te desconectó de tus sentimientos.
El unicornio, aunque no lo pudiste ver más, lloró y en ese momento bajó los cascos.
La policía intento golpearle, pero el remolino de su frente brilló y al materializarse el cuerno los hombres explotaron por dentro, cayendo uno a uno muertos sobre la acera de las avenidas transitadas construidas sobre el afán de los hombres. Después de todo, si el corazón te aumenta dos tallas y no tienes espacio,
la única cosa que te puede aumentar la conciencia, es la muerte.

Ese vislumbrar le abrió la geometría de una estrella y en un breve resplandor que muchos confundieron con un rayo cayendo sobre la avenida, desapareció.

****

Sí, el ladrillo se ve sólido, el cemento ordena leyes, la comida sabe siempre a dinero -de sangre, Billderberg o obrero-.

Llegarás a tu clase, pequeña…

la pregunta es, ¿llegaste entera?

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Gotas de fantasía (i de IV).

Y arranca la mañana.

Vemos salir el sol lentamente entre nieblas y montañas de basura sin reciclar,

con manos sin descansar llenas de vetas y cicatrices,

y recordamos las noches de epifanía entre los brazos de seres mitológicos,

y avanzamos desde las cobijas hacia el diario relato de las duchas y el recuento de la vida pasada

del día anterior…

Los labios pueden torcerse hacia adentro

puede surgir el cansancio, avanzar la lujuria, cegarte la avaricia o no comprender el momentum de la naturaleza

y puedes ver claramente cómo estamos levantándonos entre mariposas de cenizas de papel
con sus letras como cobras lanzándose sobre las madrugadas de las personas que conforman esta comedia…

Luego de las ropas y las cortesías

y la diaria refriega de mentiras y vanas esperanzas,

del desayuno ritual y de la ritual desplazada…

¿luego te sorprendes cuando unicornios, con pañoletas en mano y varas largas de marfil
irrumpen en tu sitio de rutina, SEA EL QUE SEA, y te secuestran para empezar la mañana de ahora en adelante

lleno de pelo,

en cuatro patas,

colmillos al aire y un destello eterno por avisar?

Había sido tiempo desde que mirabas el contenido de las dos lunas dentro de la mezquita de la montaña,

pero aquellas que siempre has soñado, con sus colores,
empieza a arrancar.

Aquí hay una pequeña prueba…