Gotas de Fantasía (iv de IV)

Las manos temblaban cuando dejaste el teléfono celular atado a la cadena sobre el mostrador.

Levantaste la cara y miraste al frente.

-¿Señora…?

-¿Hmm? -te contestaron desde el otro lado de la verja.

-¿Ud. también oyó eso?

-Ay, pequeña, por favor: acá todo el mundo sabe que el barrio de los universitarios es el barrio de las mascotas baratas, los callejeros… ¿no viste el piso como un campo minado acaso?.

-Siiiip, que pena…
-No nada, niña, tómate un café y despiértate mi amor, tranquila. Ten buen día.
-Buen día, Doña Rosana.

Qué hermoso, pensó la niña de las copias y el aroma a universidad, qué hermoso era tener la vida tan resuelta.
Claro, con los dramas inflingidos y las mentes borradas a las cosas que no fueran ajenas… ¡ajenamente peligrosas a lo que ya decidió que es su vida!
Encogida de hombros. Caminata rápida para desentumecer los huesos.

Sin embargo…

¿y si fuera cierto? Ya tuviste un reloj que llameaba prototipos y corazones hipertrofiados por el fuego vivo que atravesó como una exhalación esta mañana, ahí, al frente del templo-bunker mormón con su ángel de hipocresía (versión Oro sólido, para no desvariar) antes de entrar a tu clase.
El palpitar de los decibeles no te puede ser ajeno, fue como si el viento te hubiera lamido el oído y besado la mejilla, esas cosas no pueden ignorarse. Ese sonido, lo suficientemente potente para romper el bramar de los buses y el chillido metálico de los carros, no puede salir de tu corazón, que está fuera de el ritmo y el pulso arrítmicos de las avenidas de un barrio Chapinero jugando con sus ladrillos a ser casas inglesas.
Ya llevas cinco cuadras, seis, con el corazón acelerado y las manos sudorosas… pero por desconcierto, no por miedo.
Lo oyes una vez más. Volteas de sobresalto y ves como ‘algo’ en tus ojos hace que los mendigos se pasen de acera sin dudarlo. Desconcierto, te dices una vez más.
Vuelves a andar, ajustándote las gafas al cuerpo entero, para ver si tus explicaciones representadas en esos dos lentes te protegen de lo que sea que no puedes explicar pero aterroriza tu alta estirpe y menguada estatura; el mundo es de los hechos y por los hechos realizado, los hombres sin empleo o paupérrimos y las mujeres débiles de voluntad o mojigatas son las únicas identidades autorizadas para alucinar en esta pérdidad de humanidad de tu día a día.
Pero…
Rasgando, el sonido, el aullido incorporado de veinte animales al mismo tiempo, se yergue imponente rompiendo tu reflexión, como una gárgola erguida en felicidad sobre una catedral.
Frenas de abrupto, golpeando a un hombre de corbata y gafas, que te dedica un piropo envuelto en alguna alusión a tu madre y su uso de alucinógenos…

“Va. No más. Si es un juego de mis compañeros de clase, se las van a ver. ¡Se las van a ver YA!” piensas tensionando los nudillos.

Pivotas sobre tus talones y te yergues todo lo ancho y furiosa que puedes en un solo latigazo.
Rotas la cara y al ver al animal, casi te desmayas.

Caes al suelo, gritando.
Recuerdas poco de tí antes de desmayarte, excepto a un hombre llamando a un policía y a una mujer tomándote el pulso…

…te devaneces, borras, diluyes…
****************

El papel es blanco y sientes entre tus manos las copias aferradas con las uñas, como una zarpa. Las paredes son más largas porque estás con la mejilla contra un suelo impoluto de tierra, familiar en cierto sentido.
Levantas la cabeza y te incorporas lento. Puedes ver un paisaje verde, una meseta carmesí y pastizales poblados a través de una ventana redonda sin vidrios; lo que te haya dejado acá fue tan amable de no desvestirte… todavía. Hasta tus gafas se sienten más livianas. Preguntas donde estás en voz alta, pues para tu sorpresa estás en una habitación de colores pálidos, mates, como ninguna que hayas visto antes.

Mediante tus manos rígidas, que están heladas, se sienten heladas, ves el despertar de la mañana, oyes como se abren las puertas del día y de la noche.
Sientes el agite en tu pecho, la habitación separa los pétalos de sus paredes hasta existir las puertas de otro mundo girando sobre la palma de la mano de un ángel enorme -ese suelo ya te es más familiar y alguillo aterrador-,
y al voltear para ver el rostro del mismo dos estrellas gigantescas te abrazan por mirada, sintiendo la calidez del amor maternal y el poder de los abrazos protectores de tus ositos de felpa que borran tu temor. Una vez fuera el temor, empiezan los cuestionamientos, naturalmente. Te preguntas qué es lo que sientes, y ves cómo una sonrisa enorme brilla en ese cielo enorme que es su Rostro hasta enceguecerte por todas partes. Sientes colores albicelestes, banderas de telas tejidas con colores del arcoiris con cruces hechas antes de los banqueros españoles y sus espadas, prados eternos cabalgando sobre tierras secas y señores hechos de cortezas de ramas y padres acariciando a sus bebés pataleando en el vientre por sentir tu presencia en la habitación…

¡No entiendes nada!

Pero no hay nada que entender. Sabes que no es para entender que estás acá. Lo importante viene.
Algo se acerca y roza tus manos, ya relajadas un poco más por el calor estelar.

Una figura que no puede enfocarse pero que sabes te saluda  te habla.

-Hola -te dice.

-Hola- le respondes.
-No estás muerta, pequeña-.
-Veo.
Pero, ¿estoy completa?-.
-No-.
-Aaaaahm-.
-Nunca has estado incompleta-.
-AAAAAAAAAAAHM…-.
-Y no estás sola-.

Se voltea esta forma brillante alejándose, mas antes de irse le preguntas si lo que has visto es real.
Te mira por el rabillo del ojo… ese brillo ámbar… un minuto… ¡la calle!, ¡los decibeles!, ¿será…?

Y ocurre.
Ves como una mancha de luz envuelve un cuerpo triangular, luego angular, luego curvo, poliedros en simultánea danzando y generando y puliendo el dibujo, manifestando lo que antes no podrías ni sus bordes acariciar como posible. Una bestia noble de gran tamaño se ha vuelto canción presente.
El Lobo Blanco te sonríe, trota a tu lado, se echa al suelo unos cuantos metros más allá.
-Si me tocas, despertarás.
Nunca olvides dónde me puedes hallar.

Dudas.
Es hermoso, después de todo, sentir pensamientos claros como el agua y verlos volverse flores verdes, vagando en las corrientes, palpitantes… todo esto es la mejor realidad que hayas podido abrazar…
Dudas.
-Si no me tocas, no despertarás – te repite el gran can.
-Pero no podrás sostener esta conciencia por siempre, amada -concluye sonriendo.

Lo sientes, eso último; se siente en los dedos, en las uñas, en la pelvis. Ya nunca más podrás regresar a donde sea que habías planeado llegar a ser. Esta parada en tu caminar te ha trasladado y rotado más allá.
Te arrodillas sobre esa mano gigantesca, ves como el espacio empieza de nuevo a detenerse en su andar y a apagarse un poco el color de los pastos, gradual y sostenido, como cuando apagabas las luces con tus sonrisas antes de soplar las velas y quedan solo las estrellas enormes, la palma de la mano que juega a ser paisaje y monte plano, el lobo enorme como tres daneses juntos echado en el suelo, acariciando sin cuidado el suelo, sabiendo que el tiempo mismo, en realidad, siempre espera (el que no espera, es el ser humano).

Miras por última vez ese magnífico cielo que fueron tus copias empuñadas y las sueltas sin drama al suelo.
Este Lobo siente el caer de las hojas. Se incorpora, se levanta, toma impulso y con una carrera corre a tus brazos.
Sientes el vapor húmedo del impulso y el abrazo entrañable y despiertas de un sobresalto.

**************

Han pasado ya cinco años.
Sí, todavía eres un desastre público, te comes las uñas a veces y esperas la adoración permanente de los que ya no son tan muchachos -han entrado nuevos peces en ese acuario-.
La única cosa que tus novios no han entendido pero que sabes tu hija entenderá es el por qué demorarse, durante todos los martes, con un pastel de manzana y una tisana mas un cincel y pintura y tintas y lápices en lograr con buen humor y la intensidad de cinco años enteros tallar un ojo y oreja de lobo y un ojo y oreja de un ciervo a lado y lado del espejo enmarcado.
Cada vez que miras el cielo los verás cabalgar,
los sentirás palpitar.Nadie puede llevarte al cielo sin obligarte a ser una dogma y aumentar su nombre o el tuyo.
Pero, ¿si perdiendo las vocales de tu propio nombre, volvieras a la felicidad de lo redondo y lo amable?

Bajas trotando las escaleras de tu piso. Doctora no es un mal título, pero Licenciada en Artes es mejor. Sugiera más cosas para esas mentes atadas dentro de las palabras de los cucigramas de la locura de las *crisis sociales eternas* y mírelos estallar, artista.

Bailas en el jardín y te esfuerzas y te estiras y peleas con tu sombra con fintas poderosas, riéndote siempre y ahora, a bañarse.
¡Después de todo, no puedes salir a la calle con toda esa piel blanca y tersa como una centella sin bañar!

Porque, ¿qué dirían tus amigos unicornios si supieran lo que has tenido que pasar para volver a ser una niña y esta historia podernos regalar?

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