AlfaOmega

Y ahora.

Creo que ensartaste en mi lengua algunas cosas y ahora te me escapas. Que contigo no es el asunto. No lo es, no.

Tú fuiste la perfección y la pulcreza. La dignidad por delante.

Como a un niño de progreso fatuo, me prometiste que no me fallarías cuando fuera grande. Y me señalaste y me dijiste que era un montaraz, que debajo de una ternura insospechada había una violencia excesiva.
Pequeña hada, ¿acaso no sabes que tu sonrisa es adictiva, que su fulgor me inspira a querer beber de tus pupilas lejanas cada vez un poco más…? ¿Acaso no sabes ya, que tu sombra te ha comido lo mejor de los sueños, que ella es la que en realidad empuña el rico color que desprendes…?

No, tal vez ya no lo ves. A veces la realidad se puede palpar, te tienes que abrir a muchas cosas y quemar en muchas piras el tiempo que contentaste tus mentiras para dar a luz las nuevas vidas.


Es claro, que lo que yo veo como granito tú lo reduces simplemente a barro. Es además incierto el destino que puede repararle a dos personas que se separaron -desde el inicio de la cantera- que los que crecieron viendo desde el mismo lado el material del cual emerge la obra del artista. Uno pujará y verá todo como material a deshilachar en átomos a la fuerza, pagando cada arista y cada experimento con su propia materia genética, con dolor en las articulaciones de su corazón (porque crecer a veces duele y tienes que cancelarlo a cuotas); tal vez la otra persona leerá la necesidad de mantener el material como está, al costo que sea, para mantenerlo incólume huyéndole a lo que no considere válido o acordado para el mismo origen, siempre “humilde”, siempre “noble”, mas nunca responsable de su pasión o su cadencia.

Además hay una cosa que no entiende el que nace dentro del barro que el que lo compra para hacer esculturas:
el cielo del creador no es el cielo del analizador.
Y ahí es donde raya la diferencia casi satánica entre la lengua de uno y la lengua del otro.
Mientras con palabras tuve que construir mi vida, y ahora las defiendo porque estas hijas predilectas me han dado la libertad que tanto buscaba, para tí son un cielo de papel que no vale la pena. Quieres pruebas, quieres hechos que tú consideres totalmente ajustados a la realidad de barro hueco que has construido con tus dos manos, endebles a todo momento a lo que yo haya intentado sacar de mi interior, con vísceras y sangre de por medio, para ser el hombre que merezco ser.

Tiempo, más tiempo. Qué debo hacer para liberarme del amor que ya no entiendo… tengo otra forma de pensar, mas ahora no sé con qué me entretengo. Mis manos ahora son de carne y hueso, siempre me pediste algo que yo no te supe dar, que pensaba que no necesitaba darte… cómo enredé, cómo sujeté a la periferia cada abrazo y cada momento que tuviste, que viste, que lanzaste. Ya no sé si quieras ver los besos que he de delinear mientras camino por mi senda, mientras continúo corriendo hacia el sol, un sol cada vez más encima de mi frente, que está llenándome de amor. No lo sé y por ahora no lo pienso… no sé que vas a hacer con el palpitar que tengo para tí, y comprenderlo, me llevará tiempo… aunque.

Aunque ya lo sé. Ya no tendré un armatoste para navegar en el cual todo tenga huecos y óxidos. Tengo que cambiarle la fachada, porque ya tú no la quieres y porque yo ya no la quiero así.

Y este nido, este sentir de desolación no abandonará hasta que desocupen las habitaciones cada uno de los que habitan esta casabuque y pueda yo descargar finalmente en el río en el cual me desguazaré entre besos de fuego y una que otra remembranza unida del pasado.


Sí, mi hermano, he sido débil.

Pero me agarraré a estas imágenes nacidas del interior como un borracho se agarra al barandal del barco, con las uñas y el poder total del que lucha por su vida, así sea, un año después. Porque igual, si yo no creo en mi sentir y no apuesto por mi vivir, ¿con qué cara podré desafiar la aurora poniente, el dolor, de una nueva madrugada?

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