Sueltas (iv)

Después de atravesar las grandes aguas, me dí cuenta de que solo había llegado al borde del lago.

Ya sin hambre, ya sin sarcasmo, ya sin curiosidades,
con toda la voluntad del mundo de volver al inicio de las tareas programadas hace eones
es que ahora empuño en mi mano la lira y la cantimplora,
mientras vacío mi corazón sobre las hojas caídas a lado y lado,
mientras el alma se deshoja como una margarita.


Perdí mi cara mientras buscaba mi vida,
recuperé mi vida cediendo la empuñadura de mi voluntad al alba.
Al alba, repito, a esa damisela loca y plena, que como un orgasmo lumínico trae el poder
del nuevo día.

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