Relicario. (Para M. M. H.)

En el corazón de todo hombre late un explorador, alguien que desea conquistar un trocito del mundo para sí y decirle a los que sean como él en carne o hueso ‘yo pude llegar hasta acá, te cedo el espacio para que llegues hasta el más allá de lo que tienes acá frente a tus ojos’.

En el corazón de todo hombre late la necesidad de misterio y fantasmagoria, unido con aventuras y el volar. ¿Quién puede atar al viento, anudar el corazón, comprimir su potencial, excepto la inexorable fuerza del murmullo vital?

Hubo una vez un amor que era puro y sagrado…
mas esa frase todavía es demasiado joven para lo que hay que mostrar.

Continúo.

En el corazón de todo niño late una pupa, cosita de nada que promete el ser algún día un maravilloso y eficiente insecto, cuyo colorido, forma, desplazamiento y elaboración serán la admiración a su manera particular para el mundo que le rodea.
¿Qué ocurre cuando llega el día de salir de la crisálida, y el niño encuentra que carece de todo poder para volverse el insecto maduro?
¿Qué ocurre con los dados de Dios en la mano del que es romo, sin afilar o rasgar, cuando sus alas no salen naturalmente hacia afuera, bombeando savia para desplegarse y volar? ¿Aún en claro riesgo de daño?

El animal entonces se transmuta en híbrido dimensional, en átomos en semimutación y proyecciones de cinema sobre la pared más inmediata: lo que se dice está lejos, muy lejos, de lo que realmente se es.
Partes de la coraza se adhieren al corazón y a menos de que se pueda comprometer la vida en limpiarse de ello, estas se enraizan alrededor del miocardio y no puede nunca más respirar completo el joven animal, siempre es algo incompleto su caminar…

Yo leí una vez de un hombre que para ayudar a nacer a una mariposa, destruyó la crisálida. Pero la joya escamada nunca pudo ser, dado que sus alas no se esforzaron para ser plenas; y quiero decirte que sí, lo sé, hoy mis palabras son algo acres. Es que hoy escribo con el corazón kafkiano, en los últimos estertores de una vida de arrastre y carga que ya no fue, con la conciencia de haber creado  dentro de mí miles, millones de huecos y galerías y de haber engendrado nunca oportunidades sino crías de dramas.
Tuve opciones para ser otra vez y otra voz, pero me venció y avasalló el miedo al cambio, a la luz, al arcoiris de la simpleza bella diferente.
Y una vez levantados los nubarrones de lo preescrito, queda solamente el silencio y la hendidura con forma de huella en la superficie del pulmón… la huella natural del que vive como espectador sin asir libertad.

Ahora lo sé.

Hubo una vez un amor puro y sagrado, un amor que me pedía solamente a cambio abrir los ojos y valorar las oportunidades que me acercaba. En lugar de ello, le dí la espalda y lo maldecí, lo culpé de todos mis daños y me encerré en mí, cavando dentro de mi ser moliendo huesos y carne hasta ser un cascarón de alegría, esperando la muerte lo más pronto posible.

Pero ahora que la cazadora alegre, la hermosa liberadora definitiva, me ha rechazado,
debo asumir este rastrojo de vida.

¿Tienes, caro lector, algunas moneditas de vida y verdad para un ser como yo en tu pantalón?

Porque ahora ese amor se ha cariado, se ha dañado, tal vez para siempre.
Y necesito hacer una colecta para que se sature de osos de felpa y flores, rápido, antes de que se desmorone y se vuelva un ente como yo,
rodeado de la soledad que ahoga del que no comprendió a tiempo.

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