Marejadas.

Mientras algo del agua viene, algo de la espuma va de vuelta.

La cultura que se instaló en mi cabecita fue hija de los Reagan-o-mics (Reaganomía) [la Economía según Reagan] en los años ochenta. Según esta cultura, era obvio algo: los más ricos debían recibir el dinero y eventualmente ayudarían a los más pobres. Así se movía el mundo y habían suficientes balas, bombas nucleares y multimillonarios para sostenerlo de esa manera por siempre; aún a pesar de vivir a miles de kilómetros de Wall Street o Washington, comprendí todos los días en carne propia a que se refería esta actitud y su costo humano. Cantos a Ares, siempre cantos a Ares Marte…

Y pasó ese verano. Vino otro.

Ahora, dos décadas después, observo con impresión y terror que el sueño que prometía, que rezaba, que si cada hombre puede, hará de sí mismo un templo faraónico con lujos y accesorios inacabables y nada lo podrá parar ni deberá para en su meteórico ascenso, en la misma tierra que lo propició conoce de forma frontal el choque brutal de la agresividad… no, de la codicia legalizada: el capitalismo salvaje.
Una generación que comerá gracias a cupones que vienen con los servicios. Que dependerá de bonos de descuentos. Que entenderá que el desprecio despiadado administrativo no perdona raza ni familia. Que cultivará su propia comida o buscará como cultivarla en su metro cuadrado de ciudad. Que abandonará un jeep en pos de una moto pequeña o un carro compartido entre cuatro amigos. Que no comprará televisores para instalar hasta en el baño. Que desde los 1 a los 9 años o durante toda su adolescencia ha oído la palabras guerra-mentiras-abuso-orgullo entretejidas y masticadas todo el tiempo, que desconfía de los medios de comunicación y que quiere una revolución pero no sabe ya si tiene alma para tenerla.

Jum.
¡¿No se supone que si tuviera plata, yo sería como ustedes?! ¿Que me casaría a los 24 años, tendría un carro y una casa propia de dos pisos a los 30, con dos hijos, tal vez un perro para el patio frontal o una piscina que se ve desde la sala en la cual toco mi piano de cola mientras mi pareja da sus clases de escultura y fotografía en el segundo piso de la casa? ¿No se supone que tenían las mejores respuestas, las mejores avenidas, que eran socialistas en la riqueza y privatizadores de las miserias, siempre desbaratándolas?

Ahora que mi sueño se ha hecho trizas, y que se hacen preguntas por su supervivencia -como mis compañeritos de clase y yo lo hemos hecho desde 1980 y tantos-…

Debo saberlo. Deben decirlo, díganlo, exijo que lo digan.
¿Era lo mío un sueño, o una inyección de propagandas en un espacio cuadrado para vacunarme a mirar a los ojos como iguales a los seres humanos?

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2 comments

  1. alejandra179 · noviembre 12, 2009

    ¿acaso has detectado otro caso de esa pandemia llamada “desencanto con las falacias que se toman por éxito social”?…. cuando ese virus ataca, el que no queda con poderes queda con el bicho latente y en cada ronda de tragos que se toma, corre el riesgo de alborotarlo… y no lo digo con sarcasmo…

  2. aguaynotas · noviembre 20, 2009

    Si, mi querida amiga, sí he visto un poco esa pandemia…
    sobre todo entre las personas más ignorantes de este país. Esa hermosamente estúpida clase media baja que no saca su cabeza de su culo para desarrollar sus procesos de vida.

    Yo lo que estoy es desmembrándome de ese virus -que ataca a todas las clases-, para no tener que sufrir mucho con estos cambios inclementes e incipientes (pero divertidos) que ahora llueven sobre nuestras cabezas. 🙂

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