Epílogo, coda, hollín.

El hombre abrió el sobre al frente de la cripta.
Como toda cripta hija del andinismo, esta era otra lápida más, un grandísimo hubo molido entre los vidrios de los periódicos y los murmullos de los que temen a la grandeza.

Dentro del sobre latía un papel que despertaba ahora al tibio roce de las manos. Ese papel contiene las Palabras versadas, como desde tiempos antiguos, en los cuales señores áureos de hermosas frentes hablaban en una lengua infinitamente superior y poderosa a esta que ahora lees, mi caro amigo.
Pero te lo puedo traducir simplemente así.

Tenemos una deuda, tú y yo.

Yo por haber sido demasiado joven para defenderme
tú por haber sido demasiado viejo para detenerte.

Yo por haber sido demasiado tímido y torpe para gritar auxilio y haber roto en el aguantar mis dientes
tú por la imponencia tímida de la madurez que al ceder paso a la senectud, solo deja los músculos secos y las mañanas rotas.

Yo por haber olvidado la fuente de mi verdadera esencia…

y vos por beber la sangre de los unicornios que habitaban todos mis sueños.


Vos por seguirme a lo lejos, como un parásito y una sombra.
Yo por haberme recluido en mi memoria para no armar el rompecabezas que ningún quemón puede olvidar.


Me debes una encarnación, anciano.


Mi único regocijo es que mi voz será de nuevo turpial, protegerá a los sensibles, las niñas y los niños, las embarazadas y las parientes, y sobre todo, atravesará las grandes aguas con serenidad
mientras tú yaces estéril: tu cuerpo un remedo de amor dentro de una vagina de concreto de un rito en el cual no creo… tu alma empujada hacia los amores del abismo, de donde beberás sin parar el ciclo sin fin de los que aullan mientras no pueden romper el cristal de sus vidas paralelas.

Me debes una encarnación y sabrás la definición literal del abismo que te mira, como un espejo de obsidiana, en reflejo de Hela sin compasión ni son ni tonadas reparadoras: caerás entre las estrellas de Medusa y el arquero invertido, soportado todo el tiempo tu ojo sin párpado por el hilo incesante del dolor.

Tal vez lo más importante que puedo comprender ahora es que no hay bala de plata para los antiguos delirios.
Pero esto sí sé, y tómalo claro:
no seré espada desenvainada, rota por un vano ensueño.

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