Elíptica.

Anoche soñe que las sombras más leves de mi cabeza me enseñaban a amar a los que escuchan las conversaciones de otros para sus propios clanes empresarios privados. Que aprendía a perdonar a los que en lugar de cantar come together y en lugar de enjuiciarlos me movía a enviarles amor y paz, porque sí van a lograrlo con sus propagandas -al menos poner el tema sobre la mesa-, ya somos nosotros los que decidimos si nos unimos o no.

 

Soñaba también en que podía amar a los adictos que gritan por un espacio de imaginación y amistad, cuando sienten que la realidad los violenta tanto que solo deben hundirse en la máscara de la adaptabildiad para ocultar una ignorancia y miedo a preguntar supino.
Soñé que no los cagaba a patadas, sino que miraba hacia el fondo de sus ojos para no ver el ojo de porcelana mate, sino el iris entreclaro.

 

Soné que tenía fuerzas para caminar solo y me aterré de ver mis manos con sabor a sangre y excusa.

 

 

Sobre todo el miedo que me dió fue porque en medio de mi sueño y de esa sucesión de vidas había algo muy particular.

 

Era mi sombra desnuda, acariciando a un efebo vaporoso.

 

Y cuando pude enfocar bien, ví que era solo un espejo.

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