Epitafio artístico (ii)

“La ambición sobre las cabezas…”

Aunque es inexacto.

Más exacto decir es: el apetito voraz. Desproporcionado. Iracundo. Que en su autosuficiencia cree que el mundo lo merece y él merece al mundo.

Y aún más preciso, sin blurr ni desenfoque: es desproporción indomable. Pálida. Miserable. Con sueños pero con el placer de la cobardía por nunca tocarlos.

Concluyendo, los dientes torcidos nunca son señal de maldad ni desvío, pero parece que la sonrisa del alma, esa máscara de átomos que enlaza las intenciones y que susurra entre sueños acaríciame, perra de plata, indicaría que tanto deseo vibrante de llegar al cielo en hombros de la sangre de ingenuos ya no es arrebato sino práctica indiscriminada.

Con una mano recibo, con los dedos sopeso, en el ombligo la espada guardo para desenfundarla y en cualquier momento defenderme al tajo de las intenciones -dado que sé que camino pavimentan y que al final de ese camino, hace mucho calor-.

No son tiempos de curia, sino de Guevaras.

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