Denuncia sanitaria

Los médicos nunca van a decirte lo que sienten.
Tal vez el espacio más opresivo después de un hospital sea una cárcel… ambos tienen tanto en común.
Todo blanqueado a la fuerza. Todo controlado para que no haya un asomo de humanidad. Todo conciente
de la plutocracia de algo que no puede ser encadenado -como la sonrisa de las células que nacen del ánimo y de la mente también-.
Tanta exigencia y superioridad para quedar en las mínimas posibilidades de ser existencia.

Y ahora…
furia. Ira. Desahogo. Pérdida irremediable de vida. Vida atrapada entre aleteos filosos de vientos perdidos. Comnunicación rota, no hay cable a a tierra, me reproduzco y produzco asumiendo que tengo un control que al primer movimiento voy a perder.

Y el miedo, además.

Él es el único que se pasea impunemente por las batas. Corre las mesas, ayuda a las aseadoras, manosea a las enfermeras, congela los músculos faciales y su eje -el músculo bailarín del corazón- y destruye lirismos y abrazos. Levanta cuidadosamente los almohadones y los reacomoda diezmil y una vez para que la persona se sienta segura en la cama. Para que olvide que el olor de miles de cuerpos ha cristalizado en el aire la pregunta única de qué tan frágil es la vida en lugar de corta, qué tan poderosa realmente es nuestra mano hueca de hombre.

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