Oración de antimonio

Arden. Los corazones arden.
Los centauros cabalgan y sus hermanas de guerra, las tigresas de diamante
corren a la velocidad hinóspita del glaciar descongelado y hacia acá vienen. Los siento.
Los sientes.
Lo siento.
Temo por mi vida, mi subsistencia y que la línea delgada y parpadeante que separa a este mundo del otro mundo sea levantada por manos inescrupulosas, viéndonos abocados a los peores, a los mejores, a los más pontentes amores o demonios en el espacio que hay entre un beso al finalizar el orgasmo y la próxima bocanada de aire.

Temo por lo estable en mí, que una carretera de gaviotas ha abierto en la mitad y me siento pariendo cumulonimbus y ventarrones. ¿Estaré enfermo? Si lo estoy, lo he logrado, felicidades: me he condenado a colgar de un peñasco.

El problema es que ello me llegaría justo cuando no quiero tener que colgar más de peñascos. Cuando quiero dejar de recordar. Cuando quiero dejar de sentir dolor y burla. Cuando quiero arder pero que mi llama me catapulte, no que me funda como un barato fénix y al final del día sobre la olla y en ella quede solamente dolor.

Abrazo mis oraciones y busco no dejarme caer.
Pero sin la fuerza de un Gilgamesh,

este peso de mi mundo sobre mis hombros y pies puede romperme el espinazo en dos y dejarme el corazón al aire,
donde será banquete de felinas miradas y lascivos juegos.



¿Y acaso eso será lo mejor?… ¿acaso, será lo peor de todo esto?…

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