Misiva de un cuervo

Como un buey que ha arado demasiado la tierra. Soy un hacha perdida en el vuelo hacia el pecho de una armadura que la astillará en diez mil pedazos. Un león viejo que recuerda alguna vez la posibilidad, en un pasado remoto, de haber sido el jefe de la manada. Un anciano que reverdece fuera de su tiempo y espacio, en un sitio tan diferente llamado tierra que no sabe ya qué es peñasco, qué es roca, qué es arena.

El alma al aire, luego de diez años malditos de armaduras, siente cada nueva gota de agua fresca y viento desempacado como lanzas, como cuchillas dentro del corazón.

Mi espalda se ha hecho para aguantar. Pero mi raíz, mis patéticas piernas, se están quebrando. Y nadie, nada, tiene compasión. Nadie, nada, tiene miramientos. Nadie, nada, comprende que estas patéticas piernas no pudieron salvar a los que amaba, correr hacia mi libertad cuando era más joven, aprovechar las vacas gordas y ahorrar y vivir y simplemente ser feliz, y por eso están desgastadas y podridas antes de tiempo… mucho, mucho tiempo antes.

Desearía simplemente cianuro en los átomos y poros de mi alma.

Desintegrarme.

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