Siguiendo un camino con corazón [para Letty]

Si religión viene del latín religare, ‘volver a unir’, si Yoga viene del sánskrit yug, ‘unión de lo sagrado’, yo me siento vivo, me amo completo, me busco los hilos de sonidos para unir todas las diferentes partes de lo que me vuelven entero.


Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para conocer la diferencia; viviendo un día a la vez, disfrutando un momento a la vez; aceptando las adversidades como un camino hacia la paz; pidiendo, como lo hizo Dios, en este mundo pecador tal y como es, y no como me gustaría que fuera; creyendo que Tú harás que todas las cosas estén bien si yo me entrego a Tu voluntad; de modo que pueda ser razonablemente feliz en esta vida e increíblemente feliz Contigo en la siguiente.
Amen.

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El ocaso de los mitos, la creación de los fieles

En los momentos más tristes, buscamos una luz. Alguien que nos guíe, alguien que nos proteja. Alguien que personifique todas las cosas buenas y sensatas del ser humano,
todo aquello que debe no solo ser emulado sino llevado a su grado más alto de desarrollo. La bondad, la compasión, la sencillez, la pulcritud, la amabilidad. Se trata,
entonces, de encontrar dentro de las personas que nos rodean semejantes que estén interesados en la búsqueda de la libertada, la equidad, la armonía cíclica y
las comprensiones del cielo y el infierno a la vez, el sexo oral y el mantra elevado, el ver nacer a un niño y la pedofilia a todo un jardín de infantes.

Ponemos nuestras esperanzas en algo, alguien y soñar con que nunca serán imitadas o desvanecidas. Taql vez funcione. O funcione nada más
para comprobar que ese cielo es NUESTRO cielo, ese talento nuestro talento, esos poderes NUESTRO PODER.

Si se debate, si se comparte, es para intentar ahogar, evitar, desactivar esa sensación de impotencia que surje en nuestro interior cada vez que leemos algo que suena como
un evento dañino o una forma de analizar la vida que trae miseria, sufriemiento, dolor, tristeza, y soledad. Pero no es suficiente: hay que ser proactivos. Hay que INTEGRAR las partes oscuras
y las luminosas, saber que lo que menos nos gusta también lo llevamos adentro e iniciar el gran proceso de conocimiento interno que nunca tiene futuros, solo presentes,
uno más grande que los otros.
Es por eso que la pasión puede ser usada impunemente creo yo en esto para hacer que florezca, dado que si se queda guardada no evoluciona, si se queda guardada
imita -y mal, de forma barata- a otras personas y aspectos más terrenales y densos de la existencia. ¡Hay que ser apasionado, equivocarse, levantarse de nuevo!
Solo así encontramos que no estamos tan libres como creemos, no estamos tan fuertes como nos vendemos, no estamos tan flexibles… pero eso no significa que en realidad,
seamos esto o aquello. Solo significa, que debemos ser un presente.

Si soy parte de un tejido, debo velar por la integridad de él. Al fin y al cabo, un lazo es tan fuerte solo como fuerte es cada una de sus fibras.

Es hora de volverse, entonces, un héroe… y olvidarse de lo grandioso, para caminar por la grandeza.

Caretas

-¿Cómo sabes si un hombre te va a traicionar?

El se volteó en su sueño y le dirigió una mirada que atravesaría a una jauría de lobos en pleno salto. El apartamento entero enmudeció de estupor y suspiró cuando él exhaló.

-Sencillo. Preguntale si ha cambiado. Si se ha vuelto honesto. Si esta vez sí ha decidido tomarte en serio.

Y se acomodó en su hombro y prosiguió.

-Todo hombre que sostenga estas palabras como ciertas, está mintiendo abiertamente. Las palabras no dichas, las que tejen el espacio en realidad, mostrarán que cambió sus manchas como el leopardo, no que creció su valentía y juego como el tigre.

Él retrucó.
-¿Pero, me estás diciendo que no hay forma de creerle?

El viejo mago sonrió y se volvió para dormir.
-Sí la hay. Todo hombre que ha cambiado no tiene un solo color ni forma para decir que ha cambiado. Lo sostiene a través del sueño, a través del beso, a través del tiempo…

Y… ¿me quieres de vuelta?

Tal vez uno de los mejores poemas que he leído en español en muchísimo tiempo…

Instrucciones

por Juan Sasturain

Para recuperar una mujer
hay que estar dispuesto a todo.
A todo
menos
ella.
Porque ella es todo lo que uno no tiene.
Es decir:
uno tiene el mundo pero
la realidad es:
ella de un lado
y uno y todo lo demás
del otro.
Y hay que estar dispuesto a disponer de todo
para que ella disponga,
se sirva, se abra,
se ponga y se deje.

Para recuperar una mujer
hay que estar dispuesto a hacer
un embudo
y meter toda la vida en él
para que vaya y caiga
sobre ella;
hay que encender
un ventilador
en el sentido de todas las palabras
y hacerlo soplar
sobre ella;
hay que meterse, finalmente,
en una picadora de carne
y hacer con ella empanaditas
que ella pueda
comer sin esfuerzo;
hay que disolverse y llover
sobre ella
y todo es poco
y no duele
que duela.

Para recuperar una mujer
hay que entrarle por todas partes:
ser la basurita en su ojo,
el ruido que no la deje dormir,
un resto de amor pegado
a su contestador
como
un residuo entre dientes
para su eterno forcejeo;
una piedrita en el zapato,
una gota de sangre en el borde
de su cama
y de su olvido.
Para recuperar una mujer
todo es poco
porque primero
hay que haberla perdido.

Puertas giratorias

Nos sentamos los dos.

No lo veía desde hace ya unos 10 o 12 años.
Mi memoria le había puesto pátinas y adornado con bellas nociones de racionalismo. La realidad, como siempre, era mucho más monstruosa.
Como dije al inicio, nos sentamos los dos. El a mi sombra, protegiéndose de un sol inclementemente feliz al lado de una brisa helada, gélida, salida de los mismísimos intestinos del planeta, navegando como un gran mar de memorias -no se sabe si tristes o alegres- sobre las cabezas, los senos, las billeteras.
Yo iba de colores pardos pero él, el iba rojo como la sangre. Rojo como… como el hierro que llena los pulmones de alegría cuando el suspiro atravesado en nuestro ser se expulsa con un grito (o un cigarro). Un rojo escarlata, asesino, demencial, sería hasta una tonalidad del alma bella si no fuera porque es la conjución de todos los espíritus del dolor y la rabia en un solo lugar. Impulsividad, deseo -no solo carnal, D.E.S.E.O.-, embriaguez hormonal por lo que, se insiste, debe ser propiedad de uno.

Yo no recuerdo mis colores pardos con mucha nitidez, me acuerdo de las texturas. Mi ropa era lisa, sí. Ropa de niño común y corriente. Ropa de niño preempaquetado hace ya varias revoluciones. Ropa de niño sumiso, delicado en extremo, odiado con alevosía e impunidad.
Mi acompañante -porque no puedo darle el título de querida compañía, nadie lo quiere como compañía jamás- extrajo del bolsillo de su gaván una bolsa de plástico. Me convidó un poco de sus galletitas. Le dije que no y hablamos, en general, de la memoria… ¿de qué otra cosa puede hablar una persona que no es un hombre todavía, pero ya no es tan niño como hace un par de libros? ¿Del amor? Meh, no seas ridículo: si un hombre habla de amor, está encadenado a lo que le exijan sus piernas o sus hormonas en la latitud del planeta a la que haya sido arrojado de niño. No seas ridículo, además, porque si llega el día en que un hombre puede hablar de amor naturalmente en una tierra obsesionada con la falocracia de las armas, se sabrá que esa tierra, adornada de furibunda fertilidad y poesía, habrá generado armonía y paz sobre las cabezas.
Yo estaba impávido, lúcido pero congelado. Mi corazón trabajaba fuerte para mirarlo de lado como un animal rabioso y al mismo tiempo, evitar que se diera cuenta de esa actitud de mastín.
Mientras íbamos hablando, mi cabeza y mi corazón tuvieron una transformación que una persona común y corriente solo alcanzaría a soñar. Dijo común y corriente porque una persona que se vende por cualquier cosa y se compra por cualquier otra es común y corriente, como el dinero de circulación que todo lo vuelve común y corriente, como los labios compartidos que vuelven el fuego sagrado chispazos baratos de resignación. Y esas personas ni sueñan ni sienten en color, y bueno, como claramente dije, ese escarlata al lado mío redefinía mi noción de ciudad, de espacio. Hasta el cielo de ese parque que ahora llamaban Parque de la Independencia, insertado en la mitad del coño de un cerro de un país resignado espiritualmente a la mentira y leguleyada como forma de sembrar mañanas, iba a ser parco. Seco. No había escapatorias. Lo supe ese día, desde ese día que sentí ese frío supe que algo hermoso, algo ilusorio, algo que me había protegido desde niño frente a las mentiras y la oscuridad se había roto y un enorme cazador con una visión capaz de perforar la feroz simpleza del águila pescadora estaba merodeando sobre nosotros.
¿Demente? ¿Yo estoy demente? ¿No estarán dementes los profesores que amparados en su autoridad violan graduaciones, las madres que niegan los abusos sexuales, las amigas que reprimen sus corazones, las mujeres que embrujan con canciones antes de aceptar sus errores, los imbéciles útiles que todavía creen que el voto está en un papel y no en su billetera, las familias de bien que solo están bien podridas, no serán ellos en realidad los dementes?

Cuando terminamos de hablar sobre esa banca del parque, rodeados de una palma de cera y con sus enormes talones rasgando el suelo, se volteó y sin parpadear una sola vez me sonrió. Desde ese entonces, temo el cerrar los ojos y verlo de frente. Temo por mi vida, porque no sé si la idea de ver al artífice de todo el dolor humano o al que se alimenta de él -y no sé, no sé si será lo mismo, será igual- haya sido una buena idea. Yo solo quería tener una cita con la profundidad de mi ser y relajar su textura, nunca me imaginé que sus argumentos sobre la humanidad y su corazón me abrirían de un tajo la percepción y me obligarían a salir del hueco donde, como colombiano promedio/mediocre, estaba instalado.

En cortas palabras, Satanás, nunca pensé que terminaría viéndote cuando le recuerdas a las personas toda la basura que has guardado y vas caminando lento, firme pero vigoroso, al lado de cada transeúnte, una garra dentro de la memoria y otra dentro del espinazo, sonriendo en silencio lado a lado de placer por nuestras ambivalencias.

Andalucía, andaluz, roto carcaj

Lo logré.

Vencí la altura de los fosos, maté a los dragones, evité que violaran a las doncellas, rescaté y sané con amor y saberes de ermitaño los niños destruidos en sexo y alma por la guerra, volé sobre los 7 infiernos y abrí las puertas de diamante de las notas que solo los oídos pueden besar al caer la esperanza como semilla a tierra.

La única delicadeza que olvidé como un completo imbécil fue hacer compañeros en la trayectoria. No aplazarlo, no aplazarlo, no aplazarlo. No aplazar nunca el tender la mano, el ser paciente, el ser de corazón abierto e inmarcesible pero olvidar la imbecilidad del júbilo inmortal.
Lo olvidé, lo postergué.
Y ahora tengo un hueco tan profundo y yermo en la mitad del ser… como una daga de obsidiana o un cuerno puro de elefante africano desgarrando mi ombligo, que no me deja sentarme en paz, empujado en una sola y larga y muda acción… hasta romper la base de la lengua y mis hermosas canciones todas secarse como margaritas disecadas/disectadas al contacto del calor inclemente en un solar …
Y ahora veo con terror que el flujo pasó a mi lado, evitándome, bañando a todos pero para mí seco y abierto de dos en dos… y no sé a que numen exigir justicia, reparación… o venganza. Lo más doloroso, ¡no sé que deba o pueda ser mío ahora!

Me bebí la copa entera, pensando que era de sabiduría solamente,

pero fui yo, yo solo,

el que eligió olvidar su olor a cicuta.

¿Cómo te haces amigo del fantasma que nunca fuiste?