Puertas giratorias

Nos sentamos los dos.

No lo veía desde hace ya unos 10 o 12 años.
Mi memoria le había puesto pátinas y adornado con bellas nociones de racionalismo. La realidad, como siempre, era mucho más monstruosa.
Como dije al inicio, nos sentamos los dos. El a mi sombra, protegiéndose de un sol inclementemente feliz al lado de una brisa helada, gélida, salida de los mismísimos intestinos del planeta, navegando como un gran mar de memorias -no se sabe si tristes o alegres- sobre las cabezas, los senos, las billeteras.
Yo iba de colores pardos pero él, el iba rojo como la sangre. Rojo como… como el hierro que llena los pulmones de alegría cuando el suspiro atravesado en nuestro ser se expulsa con un grito (o un cigarro). Un rojo escarlata, asesino, demencial, sería hasta una tonalidad del alma bella si no fuera porque es la conjución de todos los espíritus del dolor y la rabia en un solo lugar. Impulsividad, deseo -no solo carnal, D.E.S.E.O.-, embriaguez hormonal por lo que, se insiste, debe ser propiedad de uno.

Yo no recuerdo mis colores pardos con mucha nitidez, me acuerdo de las texturas. Mi ropa era lisa, sí. Ropa de niño común y corriente. Ropa de niño preempaquetado hace ya varias revoluciones. Ropa de niño sumiso, delicado en extremo, odiado con alevosía e impunidad.
Mi acompañante -porque no puedo darle el título de querida compañía, nadie lo quiere como compañía jamás- extrajo del bolsillo de su gaván una bolsa de plástico. Me convidó un poco de sus galletitas. Le dije que no y hablamos, en general, de la memoria… ¿de qué otra cosa puede hablar una persona que no es un hombre todavía, pero ya no es tan niño como hace un par de libros? ¿Del amor? Meh, no seas ridículo: si un hombre habla de amor, está encadenado a lo que le exijan sus piernas o sus hormonas en la latitud del planeta a la que haya sido arrojado de niño. No seas ridículo, además, porque si llega el día en que un hombre puede hablar de amor naturalmente en una tierra obsesionada con la falocracia de las armas, se sabrá que esa tierra, adornada de furibunda fertilidad y poesía, habrá generado armonía y paz sobre las cabezas.
Yo estaba impávido, lúcido pero congelado. Mi corazón trabajaba fuerte para mirarlo de lado como un animal rabioso y al mismo tiempo, evitar que se diera cuenta de esa actitud de mastín.
Mientras íbamos hablando, mi cabeza y mi corazón tuvieron una transformación que una persona común y corriente solo alcanzaría a soñar. Dijo común y corriente porque una persona que se vende por cualquier cosa y se compra por cualquier otra es común y corriente, como el dinero de circulación que todo lo vuelve común y corriente, como los labios compartidos que vuelven el fuego sagrado chispazos baratos de resignación. Y esas personas ni sueñan ni sienten en color, y bueno, como claramente dije, ese escarlata al lado mío redefinía mi noción de ciudad, de espacio. Hasta el cielo de ese parque que ahora llamaban Parque de la Independencia, insertado en la mitad del coño de un cerro de un país resignado espiritualmente a la mentira y leguleyada como forma de sembrar mañanas, iba a ser parco. Seco. No había escapatorias. Lo supe ese día, desde ese día que sentí ese frío supe que algo hermoso, algo ilusorio, algo que me había protegido desde niño frente a las mentiras y la oscuridad se había roto y un enorme cazador con una visión capaz de perforar la feroz simpleza del águila pescadora estaba merodeando sobre nosotros.
¿Demente? ¿Yo estoy demente? ¿No estarán dementes los profesores que amparados en su autoridad violan graduaciones, las madres que niegan los abusos sexuales, las amigas que reprimen sus corazones, las mujeres que embrujan con canciones antes de aceptar sus errores, los imbéciles útiles que todavía creen que el voto está en un papel y no en su billetera, las familias de bien que solo están bien podridas, no serán ellos en realidad los dementes?

Cuando terminamos de hablar sobre esa banca del parque, rodeados de una palma de cera y con sus enormes talones rasgando el suelo, se volteó y sin parpadear una sola vez me sonrió. Desde ese entonces, temo el cerrar los ojos y verlo de frente. Temo por mi vida, porque no sé si la idea de ver al artífice de todo el dolor humano o al que se alimenta de él -y no sé, no sé si será lo mismo, será igual- haya sido una buena idea. Yo solo quería tener una cita con la profundidad de mi ser y relajar su textura, nunca me imaginé que sus argumentos sobre la humanidad y su corazón me abrirían de un tajo la percepción y me obligarían a salir del hueco donde, como colombiano promedio/mediocre, estaba instalado.

En cortas palabras, Satanás, nunca pensé que terminaría viéndote cuando le recuerdas a las personas toda la basura que has guardado y vas caminando lento, firme pero vigoroso, al lado de cada transeúnte, una garra dentro de la memoria y otra dentro del espinazo, sonriendo en silencio lado a lado de placer por nuestras ambivalencias.

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