Luna en Leo

Es
una bestia bicéfala
hecha de por sí y en sí misma de espejos que luchan uno con otro
por desarrollarse
a la pálida luz de las estrellas, solares o avernales, que nos rodean.


El descubrimiento profundo y elevado
de los potenciales reales de las cinco puertas -o sentidos-
que para bendición o maldición nos entregan desde el momento en el cual podemos volar, reptar, nadar, hacer estampida y parpadear
al ser paridos desde el amor de esta tierra
y que se terminarán al pedirnos nuestra madre que volvamos, a su casa,
un metro o más, bajo tierra.
El hilarse entre la sombra y la luz, lo liso y lo rugoso, lo púber y lo senil,
encontrarse una y otra vez dentro de un cuadrado sencillo y hermoso,
fabricado con las cerámicas de nuestros huesos y carnes, alimentado por los minerales perdidos y despertados durante eones para poder volar como un grifo
sobre las melancolías aciagas
sobre las arpías desganadas
y caer, lleno de potencial y presencia, dentro de las manos abiertas y bellas
de aquellos que deseamos extraviar
o
deseamos decir un simple ‘adiós’ y quedar con los labios humedecidos
pero el cuerpo saturado de agua fresca.


Lunas que sirven como testigo y fuente
de las manos abiertas, con garras o no,
con insectos y escolopendras venenosas
y machos cabríos cuyo placer late en la violación de toda superficie hermosa,
desgarradores de hendiduras y ventrículos,
¡asesinos de flores!…
bueno, esas lunas han visto florecer
una
dos
trescientas veces
las mañanas olvidadas en alguna galaxia remota -que está aquí a tu lado o allá lejos, está todavía por saberse-
y así
comienza el retorno de los que verdaderamente
tienen dentro de sí sangre de realeza
y empuñan las alas y joyas que los demonios temen.


Así como nace dentro de cada uno el poder para elevarse y levantarse lentamente e imperceptiblemente
como un girasol abierto,
así los vitrales construidos entre un adiós y un hola,
con el palpitar del color del querer de por medio
nos trae una vez más y otra vez sí
al meollo del tema:
en el vacío, con ángeles por cornisas (con resplandeciente carcajada y sonrisa)
Dios moldea en lo infinitesimal de nuestros corazones la realidad,
cada vez que eleva
dos en éxtasis natural entramos.

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