Un delgado hilo de plata

Una mañana me desperté con un sabor metálico en el paladar. Entre ácidos y melaninas recordé que podría ser peor, que podría abrirme y no tener qué compartirle al mundo.

 

Y al anochecer, fuí acunado con las diferentes pulsiones dentro de mí, levitado por fiebres y por esperas.

 

Tal vez la paranoia nunca cese, tal vez deba desconfiar en cada recodo de mi camino, tal vez deba, como todo ser humano, guardar alguna arista molida de deseo a medio roer para ser finalmente feliz. Pero así, así es esto: no cumpliremos todos los deseos, porque no todos son realizables. Existe una limitante, se llama tiempo, y desgasta el poderoso pero delicado vehículo por el que transitamos. Es en su repetición acumulada en la cual generamos historias de vida, muerte, resurrección, florecimiento y espanto. Y es en su condición de inmortales que pájaros cantores dejan a un lado el sarcasmo y el nihilismo para abrir los hilos, curar los miedos, soltar represas de llantos.
Es entonces el tiempo de ser gente pero sin ser pueblo, porque sin destacar ese sentir destructivo para sacudirlo y desarmarlo, no hay posibilidad libre para el feroz que canta y siega, no hay redención posible.
Más allá de lo que pensamos y anclamos, es nuestro poder el mirar los puntos de fuga/puntos de Buddha dentro de nuestra propia vida, el comprender que no hay final del viaje, que las mañanas que iniciamos dentro de nuestras tierras fuera de toda medida de control son los inicios de otras galaxias.
O lo que es lo mismo decir,
aceptar que en esta arena hay limitaciones, pero que usamos el barro para construcción de una mineral selva, no para ser bolsas simples de desidia y fango.

Ikeru (o del arreglo floral)

Cortázar decía que las historias se vuelven cosquillas dentro del estómago, picantes e irritantemente dulces movimientos que de un momento a otro debes poner en circulación con otro ser y cuando terminas, puedes descansar.

 

Siento que cuando no compartes, te pierdes un poco al mundo. Cuando intentas clavarle  una bandera de pertenencia -“pertenece a _______”- a una ballena, esta solo resopla y te empuja hacia el más allá. Cuando te confías demasiado en lo que tienes en las manos y no en lo que palpita en tu corazón, pierdes todo tipo de dimensión y entras en un mundo en apariencia con texturas mucho más ricas pero en realidad, plano y sin sabor.

Hoy he comprendido, mientras cae la lluvia, cómo funciona esto.

Serás atacado por los que sientes que compartes sin parar, te odiarán sin parar los que sientes que tienes un dedo o más de libertad. Serás obviado por las ataduras emocionales del día de ayer y de mañana, te jurarás cortante pero en realidad confundirás carácter con debilidad, serás rápido en el corazón y lento en la mente, estarás acá en la verdadera maraña mientras la rima que nace del corazón -la que pare las flores que producen las ordalías leves donde el amor se sostiene- estará hueca y cariada. Estarás a solas mientras el mundo cambia y te desvanecerás de una forma u otra y volverás a reintegrarte después de golpear como vendedor de almas a las puertas de otras dimensiones y regresarás a esta y se burlarán de tí y de tus quereres y te dirán loca pajarita mojigata homosexual y puta y tendrás una y otra vez que abrir los ojos y darte cuenta que esa descripción es la que más cómodo le queda a ellos, no a vos.

Todo esto y más pasará mientras terminas de escribir los capítulos iniciales de nuevas historias. Historias que por lo demás a tí y solo a tí atañen. Sin grandilocuencias, ni finales felices, ni cuentos de hadas, ni confundir los ogros con las hadas reales, ni el humo sucio con el ozono sensual que queda después de la lluvia.

No, mi amigo y hermano lector -porque sí, te visualizo hombre-… lo que queda en realidad, es vaciar la copa para que se anclen de nuevo libres formas, concretas centellas y miles y miles de cálidos regazos en donde poder decir, con claridad y calidez,
que yo zarpo a nuevos rumbos ahora
que yo también
sé decir
adiós.

 


((Ya que llegaste acá, regresa al inicio y relee con la música puesta…))