Al final del Solsticio

Llevaba un traje negro de cuero y la lluvia jugaba a su alrededor pero caía con la sonrisa en vacío cuando abandonaba su capa y sus botas.
Pedaleó y se perdió entre las calles, preocupada por una supuesta cita familiar.
Las últimas palabras fueron un te amo mucho.

Ella estuvo tan ausente cuando le indicó que podría cuidarle -el corazón- con tanto amor que tal vez viviría para siempre dentro de ella, con ella, hacia ella. Pero sabemos todos que un hombre es solo flama y fuego, la mujer es agua y tierra… y por más que caiga con fuerza, un trueno no va a purificar todo un lago.
Tuvo que morderse los labios para no besar su nariz de botón, empujar sus besos en sus ojos y morderse el cielo de su boca para no recordar los tonos de los de ella.
Iba con pantalones rojos y zapatos negros y una camisa clara, verde u oliva, un abrazo hubiera bastado para abrir el cuento de hadas que ella le escribió al cantarle.
Sintió un cimbronazo en el ombligo y dijo que hacía frío, mientras sus manos solo querían acariciarla hasta el final de sus días.

El amor le duele y lo está descuartizando y hoy estará solo para poder anclarse en sí mismo mientras…
Descargó mordiendo sin suavidad o con total despiadada mano laceró a las personas que no solo lo alimentaron sino lo dejaron pastar; ya de por sí son muchos años sintiendo su odio y desprecio, no quiere él acercar o percibir más, por no poder cargar lo que ha de cargar.
Vinieron otras personas, se abrieron más puertas, esperó el olor de nuevas pieles con sus dejadeces y años.
Tuvo que cerrar las manos entre las lágrimas para no caer.

 

Tienes que tener mucha, mucha, mucha fuerza de voluntad, para andar tranquila y calladamente alejándote de sierpes cálidas pero desgastantes. TIenes que decidir entre romperte el corazón y ser solo flama, o abrirte al fuego y arder con una estrella gemela. ¿Qué vendrá?
Reconstruir entre vaso y vaso lo que no deja ningún tipo de sustancia es lo más complejo que hay… cuando ya no tienes fé en que puede levantarse el sol. Al menos, la escribes para recordártela mientras los vientos de nuevo muelen.
Me cansé hace eones de salir para recibir el mismo trato en el mismo fango en la misma miseria y atraerlo como tiquetera a donde fuera en el planeta. Por ello se construyó la argamasa que ahora arranco un golpe a la vez.
Es mi culpa por intentar encajar en algo que no da por miedo a perderme entre rayas ajadas que me permitan explorar. A mi favor debo admitir que me juzgué tan duro cristal y parte que no permití que atravesara nada el muro contenido de dos o más soledades sobre la mesa, sobre el café, alrededor de la cerveza, amoldando las
salidas y las cabezas.
Pasan los días y no solo me pregunto qué he de hacer en ahora en adelante, sino cómo y sobre qué parte de esta magniífica bestia llamada Tierra deberé hacerlo. Con y sin su compañía.
Hay un sonido sordo que apaga el resto de sonidos. Dan ganas de esacbullirse pero no lo permite con claridad.

Quiero un tapetito felpudo de nieve blanca que al verme sonríe silenciosamente y me da su afecto sin parar.
Quiero dejar de sentir que nunca encontraré una dupla, ahora, acá, con la cual ser creativo y generar un mundo en el cual la equidad retorne y viva lo limpio sobre las cabezas. Y la maldad, como en los cuentos antiguos, vuelva a meterse dentro de la botella.
Quiero al animal más diplomático, pero lo quiero con cojones para que me apasione por toda mi vida y pueda hallar el erotismo en este pliegue de espacio en el cual habito.
Quiero un conejo.

Collares

 

Y se fue con todo el amor dentro vertido en sus bolsillos, y me quedó un manantial dentro de los míos… y un montón de flores como tapete en el cielo, en el suelo, muy adentro mío. Con el corazón abierto en canal, salieron uno a uno todos los colores, las texturas, doce semanas de amores y vientos, las camisas floreadas que se cosieron por dentro, los ladrillos y el polvo del viento coloreados por su vendaval, el equipo de colibrís que me anudaban en el crepúsculo mis vientos.

Y pedaleó cargando todo a solas y dejando de verme como una opción sólida porque no pude solidificarme con tanta fuerza como quería. Eso duele. Dolerá menos al salir el alba… si es necesario, le arrancaré al Sol los rayos para poder levantarme sobre las cabezas una y otra, y otra vez primeva.

 

Y mi corazón quedó ajado por la mitad sin verano, sin primavera, luchando con el impulso tremendo de abrir o no abrir, corregir o no corregir, extrañar o no extrañar. Hay unos parpadeos vibrantes, trémulos, comprimidos dentro de la sala y tengo que abrir al sí y al sí las ventanas pero tengo un miedo tan hijodeputa que no sé como extraviarme dentro de esa jungla y salir vivo. Intento protegerme con ventanas y cadenas, pero la realidad es que ya estoy al cien del alcohol en mi sangre destilado de mis propios jugos de ira, estoy al cien ahogado con las partículas de correr entre las nubes de smog, estoy cansado en los pies de intentar correr con una cruz atada a cada pierna y espalda…

 

y estoy haciendo lo posible por no molerme a puños con mi sombra por el hecho, simple en sí, de haber perdido la persona que amaba por ser débil y no poder haber materializado el trueno.

Todavía no ha florecido el fresno.
Rezo al numen que me quede pendiente rezarle, que florezca ahora, antes de quitarme la vida por la falta de música en el mañana porque su olor va a ser un mero recuerdo.

(A Ingrid Natalia Antolínez)

Manijas…

Amarillo.
Es una piedra angular en la mitad del cielo sin estrellas. Filudo, rugoso, concreto después de décadas y décadas sin parar de pedir y rogar piedad. Anclado como un barco mohoso a la mitad del puerto, con las provisiones podridas después de tanto esperar la señal de partida.

 

Y ahora, ¿decirle adiós?

Aparentemente,
no sin una pelea,
no sin una duda,
no sin sangre.

 

Curioso, no lo tendría, no quisiera que pasara, de otra forma.

 

 

Al final del día, es solo la sangre, lo que conozco bien.

Descarga

Tal vez fue demasiado duro. Tal vez debí abrirme más y mostrarle lo que acunaba entre brazos, tal vez hubiera comprendido que ya había parido muchas cosas. Tal vez, solo tal vez, no se hubiera asustado tanto.
Pero la verdad, me cansé de sentir que los detalles eran unilaterales.

Mi corazón en parte se siente agradecido por el salto pero está destrozado por el sinsabor de haber saltado y de haberse agarrado por tan poco tiempo de la orilla. Tal vez con más fuerza, pueda volver a escalar hasta una nueva cima. Veré, sí, ahora veré si puedo llegar.

Yo sé que ella no es una flor de lata.
Pero la única que no se ha dado cuenta de eso, es ella. Y me prometió amores y le creí y me prometió luces y le creí y yo también le fallé pero sin embargo seguí abriendo mi corazón en tajadas y puse cada una de ellas dentro de sus meriendas.

Una lástima, que nunca las compartiera conmigo como yo lo necesitaba sino como ella quería.

Celestia

Y la misión se aclaró, se sintió el poder del viento dentro del alma, respiré de nuevo a cuatro mares y cuatro mares se volvieron uno solo y continué. Los colores se volvieron fuerza, la fuerza se transmitió en risa y el llanto se abrió al medio de la soledad. Y la fuerza emerge y emergerá de lo que construyas con tus propias manos y tu propio llanto y tu propio canto. Comprenderás, ciertamente, que nada es cierto dentro de tu persona y que en realidad hay un amor y una fuerza más grande dentro de todo lo que te rodea. No importa la agresión, no importa el odio, ciertamente, no importa la superioridad. Importa lo que florece dentro de tí y hay que aprender a ser liana para soportar el ser un abedul. Gracias a esos rayos de luz almendrados es que mi imaginación puede volar y un tercer ojo parido dentro de los recuerdos comprenderlo, vuelo hacia atrás y hacia adelante levito con alas nuevas entre filigranas con tonos celestes que habitan en este y en los otros mundos.

Ser un sol, irradiante, desde el centro del pecho hacia afuera para siempre, comprendiendo la liberación que nace ahora de las canciones de ese pulsar eterno…

La mujer y el hielo [o Homenaje a lo Ártico].

[[Oír primero, antes de la lectura, para su mejor absorción…]]

No es fácil enamorar a una mujer que tiene cerebro de hielo.
Uno llega con palabras frescas y ella tiene
-congeladas mas danzarinas-
esas que pronunciamos hace un rato, una hora, dos años atrás.
Y mira sin parpadear y sin dudas descongela
y dice:
“Primero comamos lo de ayer, ¿sí?,
una comidita presentable a mí, mis amistades y tus amigos
con lo que sobró del vacío,
esa delicia de tu abandono,
los restos de despedida con que
me dejaste… plantada”.

Y no, no es fácil convencer a una mujer de cerebro de hielo.
Por un lado te puedes acercar,
tienes en tu alforja un abrazo nuevo,
un o dos toques nuevos en manos renovadas,
esperanzas flamantes que parieron huellas para albergar nuevas
sensaciones, y ella tiene
-en un helado estante en la nevera-
las marcas de nuestras últimas manos
puestas sobre su sensible y kinético corazón,
y los guantes con que abofeteamos y formateamos
su esperanza -la suya, nunca es compartida-,
la horma de nuestro codo anclado a la mesa
que presenció cuando dijimos
que ella, efectivamente, no daba para más.

No es fácil amar a una mujer que tiene cerebro de hielo.
Uno va en busca de el palpitar de la estela que con su espalda deja
el perfil de su rostro al ser abrazado
o la sonrisa limpia de ojoscorazónylabios
y todo simplemente está en un no-estar;
todo está bajo su reino de hielo y
hay que aceptarlo. Todo tiene
un tiempo de deshielo, un tiempo de cocción
y depuración perfecta. Las estaciones son breves; los años
pueden -o no- habilitarse en meses que se disuelven en segundos
porque esa mujer posee en sí las tres guardas de la primavera y no las suelta…
No es fácil ser el amor de una mujer de cerebro de hielo,
aliento de hielo,
ambición de hielo.
Uno elije, o no, esperar. Pero si lo hace
debe hallar una percha cómoda y helada
donde plegar el cuerpo y las plumas y el alma y ponerse ahí.
Vendrá una noche en la que un vacío palpable
se apodere de ella
y al sentirlo mientras intenta conciliar el sueño
vaya entregada como una flecha hacia su nevera.
Es bueno, pues, ser el primero posicionado.
Porque el argumento de fondo,
el elemental preclaro que domina todo termostato,
es que no puedes poner sobre radioactividad sus espejos,
no puedes herir de muerte al príncipe negro y al azul sapo,
desgranar los idearios de revolución o deber ser
y esperar que todo termine bien
y sin dar explicaciones…
recuérdalo. Recuérdalo, pues así dice la mujer
que va de su nevera al cine y así, por la vida misma.

La parte que viene es la que no contiene brillo etílico
que con comodidad
ponga las cosas sobre la mesa.
Porque ella, queramos o no, es.
Se nos ha congelado en la memoria
y entonces sólo queda aguantar el lejano
y remoto
y poco carismático deshielo. Habrá que estar en el momento justo
en que se fracciona ese viento helado en que se ha convertido su corazón,
aprovechar esa grieta
para plantarse como pino
mientras curiosos turistas abejorrean y registran
que por fin,
que todo valió la Pena.

[Agradecimientos al maestro J. Sasturain]

Abrazos (i)

A veces quieres. Lo intentas por un ángulo y por otro.
Y llega un día en el cual te cae en la mitad del pecho un dolor. Pero, esta vez, es diferente.
Esta vez solo quieres descansar. Solo quieres estar completo a pesar de la noche o el frío.

Te sientes como volando. Como con una borrachera de alma que no se te quita y te limpia ilusiones, sin parar. Solo quedan sueños y burbujas verdeazuladas de libertad.

A veces llega un día en el cual comprendes que la madurez no se mide por las ojeras, el nivel de fuerza mecánica ni la defensa acérrima de una política y patria que poco tiene que ver contigo -todo es, en el fondo, asistir a un festival de impotencia infinito-.

Se terminan los tiempos de insensateces, de abrazos de barro (o barrio) y de supuestos cielos entre el mundo de los hombres. Tal vez no los hay, tal vez los encuentras si renuncias a demasiadas cosas juntas, así haya demasiada lágrima de por medio entre tumba y tumba de pensamiento.

Horas que han terminado y cielos que se han abierto de un golpe descargando el agua que saca la mierda y la mentira al mismo tiempo… libertad ajada al medio que eleva en un soplo el falo de rubí del que emanan las ondas del Creador. ¡No quieres más flores de aluminio, aspiras a las flores reales!

 

La madurez arranca cuando decides que, por más que quieras, no puedes jugar a ser ignorante para siempre.