Corte de cuentas (i)

El último día aprendí a que las personas, si quieren, se dan el permiso de usarte, o no.
Aprendí también que la culpa lo daña todo: arruina nuevas y diferentes oportunidades. De hecho, me atrevería a decir que es por lo que nos motiva y en este caso particular la culpa que no hay una ventana para un nuevo ruiseñor en este futuro -local, global, igual da-.
Aprendí del último día a que si no te abres a tiempo, tal vez las otras personas y tu intento de impresionarlas bien para que te quieran, son un techo de cristal de una fantasía de nunca abcabar.
Aprendí que el compromiso por centrarse y ser algo fuertemente valioso en un solo punto implica, inexorablemente, decidir qué parte debe decirse adiós o dejarse a un lado. A pesar de que el ego y el orgullo digan que no, el desgaste puede ser demasiado y solamente hay 24 hrs en un día, así que deben valer en su conjunto en descanso y en acción demasiado.

Aprendí que no tememos el paso del tiempo, sino el tiempo que dejamos correr sin ponerle un paso.
Que las memorias de la sobreprotección de los miedos son más fuertes que el sentido común de ‘tú puedes, levántate y anda’, pero esto es así, esto es ahora, nada puede quedar ni hay forma de comprar lo que ahora, está por lo demás completo donde y hacia donde estás.

Aprendí,
que a veces después de tantos nuevos cambios, el alma queda en un espacio de sedamiento en el cual no hay forma de describir el nivel de sintaxis que se alcanza; entonces, todas las puertas son ojos de pavo real y todas las manzanas se vuelven mandalas. Todas las notas desde un alfeizar se construyen lentamente y exquisitamente como una sola gota de perfume que irradiada hacia la periferia rebota y me trae el olor desvanecido de modelos perdidos para siempre en la histeria.
Y que en este ir y venir las letras, los condones y hasta los status de visibilidad social no importan nada más.

Aprendí, que muchas veces es más preciosa la maraña que consideramos mierda, que lo ascépticamente correcto, ascépticamente bueno, ascépticamente fuerte. Ya verán por que digo consideramos.
Ni lo correcto, ni lo bueno, ni lo fuerte, son ascépticos en su intrínseca naturaleza. Contienen gérmenes de suciedad, rugosidad, desbastamiento y pérdida o ganancia, pero limpios, ¿limpios, en sí y por sí?, no, nunca lo son… ni tal vez lo fueron -y hasta ahora caigo en cuenta de ello-.

Aprendí que los temas son válidos. Todos son válidos. Que todos intentan cortarte, de una forma u otra, las alas, ‘por tu propio bien’. Que pueden herir a amigos tuyos en pos de protegerse los egos o la propia torpeza anclarse como un parásito dentro del alma e impedir la comunicacíon adecuada y la contribución mutua sin temer la puñalada en la espalda. Que el juego de paranoia es crudo porque tienes que confiar en alguien pero más allá de eso debes aprender a amar sin medidas, sin esperar nada a cambio, como un hijo de maya puro; todo tema es válido, mas toda genuflexión no es válida… pelea sin parar porque nunca te deformen tu espíritu. Todo tema es válido y no solo presencial.

Aprendí
que no todo lo que brilla es oro bruñido. Hay cosas y son varias, que son oro en sí y por sí mismas. Pero están mediadas por rabia.
Lo ví. Una noche de sueños, ví completamente su agresión, su odio, su violencia. Y le temo. Y la pregunta no es corta, no es poca: ¿hasta cuándo? ¿Qué haré,  o dejaré de hacer, por ello? ¿Me dejaré arrastrar y manipular por ello? ¿Es esa violencia… existe dentro de esta época la decisión de hacer a un lado esa violencia?
Es una conexión profunda entre la basura que trae y la que me aguanto. ¿Por qué la aguanto? ¿Por qué elijo daños? ¿Acaso nunca encontraré un punto medio en ese agujero? ¿O debo simplemente seguir cavando?
No lo sé y solo un humo azulado y dulzón y cobarde me da respuestas, pero una cosa es fija y segura: si se elije entre vivir anestesiado para poder vivir y vivir para sanar el dolor que exige rabiosamente una anestesia, prefiero la segunda y alejarme llorando de la primera. Tal vez, por siempre.

Aprendí
que los sueños son sueños hasta que se materializan y lo que los esculpe del protón puro no es otra cosa que tu cincel de voluntad. Cojones, huevos, ganas, coraje, llámalo como desees, el punto principal es que están ahí para día a día anclarse y es reuniendo esa misma energía con la que dices esto es lo último que haré mientras viva es que se hallan las respuestas concretas a esa larga y furiosa jornada.

Aprendí
que no todo lo sólido se desvanece en el aire como prometieron incesablemente anteriores maestros en tardes largas en las que yo intentaba hacer que el cuadrado comprendiera las bondades de mis círculos. Porque las puertas se abren cuando la percepción comprende que no hay otra cosa pendiente y está todo listo para devolver el agua y la tierra de donde salieron… y aunque duele, lo que más duele es la impotencia. El sentir que todo te derrumba y te atraviesa y te pasa por encima y te congela y luego te exige mutar, eso es lo que acojona y aterra. También, lo sé, elegimos qué batallas librar, qué batallas conceder, y en realidad el miedo al desgaste eterno y el hastío es lo que nos hace huir, lo que nos hace correr, ¿es tan claro, me explico, comprendes?
No, tal vez no. Pero comprendo que si estamos fuera de onda, es porque debemos de nuevo no ser estables, pero saber asumir los fueros.

Aprendí
a que con simples cosas, no solo se llega lejos, se puede amar y armar lejos.

Y ambas cosas, sostenidas,
curan decepciones,
liberan batallas perdidas y permiten ganar guerras,
avasallan orgullos y liberan a oprimidos,
permiten parir no un quién, sino
un algo
que sane más la Tierra,
la que nos compuso y la que nos sostiene.

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