Abrazos (i)

A veces quieres. Lo intentas por un ángulo y por otro.
Y llega un día en el cual te cae en la mitad del pecho un dolor. Pero, esta vez, es diferente.
Esta vez solo quieres descansar. Solo quieres estar completo a pesar de la noche o el frío.

Te sientes como volando. Como con una borrachera de alma que no se te quita y te limpia ilusiones, sin parar. Solo quedan sueños y burbujas verdeazuladas de libertad.

A veces llega un día en el cual comprendes que la madurez no se mide por las ojeras, el nivel de fuerza mecánica ni la defensa acérrima de una política y patria que poco tiene que ver contigo -todo es, en el fondo, asistir a un festival de impotencia infinito-.

Se terminan los tiempos de insensateces, de abrazos de barro (o barrio) y de supuestos cielos entre el mundo de los hombres. Tal vez no los hay, tal vez los encuentras si renuncias a demasiadas cosas juntas, así haya demasiada lágrima de por medio entre tumba y tumba de pensamiento.

Horas que han terminado y cielos que se han abierto de un golpe descargando el agua que saca la mierda y la mentira al mismo tiempo… libertad ajada al medio que eleva en un soplo el falo de rubí del que emanan las ondas del Creador. ¡No quieres más flores de aluminio, aspiras a las flores reales!

 

La madurez arranca cuando decides que, por más que quieras, no puedes jugar a ser ignorante para siempre.

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