La mujer y el hielo [o Homenaje a lo Ártico].

[[Oír primero, antes de la lectura, para su mejor absorción…]]

No es fácil enamorar a una mujer que tiene cerebro de hielo.
Uno llega con palabras frescas y ella tiene
-congeladas mas danzarinas-
esas que pronunciamos hace un rato, una hora, dos años atrás.
Y mira sin parpadear y sin dudas descongela
y dice:
“Primero comamos lo de ayer, ¿sí?,
una comidita presentable a mí, mis amistades y tus amigos
con lo que sobró del vacío,
esa delicia de tu abandono,
los restos de despedida con que
me dejaste… plantada”.

Y no, no es fácil convencer a una mujer de cerebro de hielo.
Por un lado te puedes acercar,
tienes en tu alforja un abrazo nuevo,
un o dos toques nuevos en manos renovadas,
esperanzas flamantes que parieron huellas para albergar nuevas
sensaciones, y ella tiene
-en un helado estante en la nevera-
las marcas de nuestras últimas manos
puestas sobre su sensible y kinético corazón,
y los guantes con que abofeteamos y formateamos
su esperanza -la suya, nunca es compartida-,
la horma de nuestro codo anclado a la mesa
que presenció cuando dijimos
que ella, efectivamente, no daba para más.

No es fácil amar a una mujer que tiene cerebro de hielo.
Uno va en busca de el palpitar de la estela que con su espalda deja
el perfil de su rostro al ser abrazado
o la sonrisa limpia de ojoscorazónylabios
y todo simplemente está en un no-estar;
todo está bajo su reino de hielo y
hay que aceptarlo. Todo tiene
un tiempo de deshielo, un tiempo de cocción
y depuración perfecta. Las estaciones son breves; los años
pueden -o no- habilitarse en meses que se disuelven en segundos
porque esa mujer posee en sí las tres guardas de la primavera y no las suelta…
No es fácil ser el amor de una mujer de cerebro de hielo,
aliento de hielo,
ambición de hielo.
Uno elije, o no, esperar. Pero si lo hace
debe hallar una percha cómoda y helada
donde plegar el cuerpo y las plumas y el alma y ponerse ahí.
Vendrá una noche en la que un vacío palpable
se apodere de ella
y al sentirlo mientras intenta conciliar el sueño
vaya entregada como una flecha hacia su nevera.
Es bueno, pues, ser el primero posicionado.
Porque el argumento de fondo,
el elemental preclaro que domina todo termostato,
es que no puedes poner sobre radioactividad sus espejos,
no puedes herir de muerte al príncipe negro y al azul sapo,
desgranar los idearios de revolución o deber ser
y esperar que todo termine bien
y sin dar explicaciones…
recuérdalo. Recuérdalo, pues así dice la mujer
que va de su nevera al cine y así, por la vida misma.

La parte que viene es la que no contiene brillo etílico
que con comodidad
ponga las cosas sobre la mesa.
Porque ella, queramos o no, es.
Se nos ha congelado en la memoria
y entonces sólo queda aguantar el lejano
y remoto
y poco carismático deshielo. Habrá que estar en el momento justo
en que se fracciona ese viento helado en que se ha convertido su corazón,
aprovechar esa grieta
para plantarse como pino
mientras curiosos turistas abejorrean y registran
que por fin,
que todo valió la Pena.

[Agradecimientos al maestro J. Sasturain]

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