Farsa, lunática. Lunática farsa

Me levanto y veo mórulas, vientres voladores y perlas aceradas que giran a contra viento. Pesados los huesos, busco comprender de qué forma sí o sí se pueden abrir las montañas rojas de lo que perdí en el ayer y podré proyectar en el incierto hoy… y así arranca mi oración de gracias.

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Tal vez porque dentro de mí palpita todavía una personita que sabe a ciencia cierta que es mejor un mundo de hadas que este que nos han heredado y enredado. Tal vez porque esa misma vibración siente una rabia enorme contra un mundo el cual no solo no esperó que se digiriera el golpe sino que lo condenó al miedo y a la parálisis como forma de vida. Tal vez porque esa pequeña hada aletea dentro de dos sorbos de toronjil, es que me cuesta perdonar.
Tal vez porque creo que es injusto completamente el sentir que mi corazón está roto y sin ningún tipo de afecto verdadero, que tengo yo que granjearme mi propio amor, que las personas alrededor son personas dañadas, podridas y agresivas, que mi mundo es un mundo de cielos rotos y que quisiera que alguna parte de mi vida fuera tan luminosa como son mis sueños.

Tal vez porque nunca pude florecer como un niño de las estrellas, es que vivo con los dientes apretados de odio y desilusión, viendo como nada cambia porque en el fondo, sigo teniendo esa pequeña esferita luminosa arrinconada e irascible, una partícula rota de cielo.

Tal vez porque solo quiero morime para hallar mi verdadera casa.

 

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Si quedas atrapado entre los goznes del pasado estéril y un futuro que ya has oído antes y del cual no quieres pedir nada más porque no quieres volver a vivir más frustraciones, entonces, abre los oídos y abrázame fuerte, porque mi susurro será lo último que oigas: no hay murciélagos eternos en el cielo, la vida es vacía y sin sentido ni rumbo,
pero,
en algún lugar de este inmenso Cielo,
habré de hallar una luna que nos cobije y ame como nosotros la amamos,
podremos volver a ella sin este dolor eterno.

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One comment

  1. Arie Amaya-Akkermans · febrero 2, 2011

    “Ich weiss keine bessere Welt” (“no conozco un mundo mejor”) decía con frecuencia Ingeborg Bachmann, una poeta austriaca, y con eso me pregunto yo por qué es necesario estar “en casa” en el mundo o tener un hogar en él. Hay un gran sentido de la antinomia en lo que estás escribiendo aquí, el mundo finalmente nunca fue concebido como un “lugar” en el sentido estricto; ya desde San Agustín es estableció la diferencia entre el planeta físico (un lugar hostil en cualquier sentido, un valle de lágrimas para utilizar la expresión finisecular cristiana) y el mundo que está constituido por la totalidad de las redes que contienen las relaciones humanas, por consiguiente, el sentido de alienación proviene no de una falla del mundo como tal (el mundo ya había fallado, desde el primer hombre) sino una falla intrínseca en el modo de comunicarse con él, y con él significa, dentro de él. No existe redención alguna en un mundo sin sufrimiento (sería una estupidez) y el mundo en paz sería mucho menos llevadero que el mundo del conflicto, no sería un mundo humano strictu sensu.

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