Sombra de un abrazo…

¿Por qué esta plana y oscura forma duele cuando rueda sola sobre el suelo?…

“porque te amoldas al cuerpo del otro: entonces, dos pasos y un baile no son lo mismo, cada baile es una evocación de un perfume que ya no está, que araña y muerde despacito, con dientecitos de ratón en pánico un costado… dulcemente volviéndote demente un día sí y otro también, mientras tu piel aprende lo que aprende tu semiótica, que cinco letras para ‘adiós’ son la ventana más poderosa”.

Y luego,

tienes la puerta #1
llegas a  la puerta #2
y abres luego la puerta #3.

BONUS TRACK: Leda atómica.

Yo daría mis dos brazos, mis piernas marchitas y mis miles de años de sentir que me aplastó el mundo y no pude con él, por un solo momento de libertad andado. Pero no por ello voy a seguir golpeando puertas a ver cuál de todas me da un tiquete express a las caderas del infierno.
Por eso hoy lo doy todo sin parar: cada hombre define no solo un lugar en el mundo, sino un sueño en él… y veo el tejido y la trama entre valle y vara, paladeo entre líneas cómo es que tú no danzas como espiral, sino recoges hacía tí el maná como una succionadora sin gracia bajo campiña abierta.
Por eso mismo, ahora, es que creo en que las más bellas y estilizadas formas de acción son un aviso de muerte si no atraen un toque de gloria color-durazno-etéreo. Veo desde el nuevo cristal -¿qué lindo es saber de algo sagrado, eh?- cómo yo desperdicié abono y materas en rastreras inacabables…
Creo que puedo hacerlo así, pensarlo de esa forma y no sentir que me ahogo en barato resentimiento o en un mar de compulsivos y publicitarios refritos. Sueño que las puertas se abren hacia la nueva montaña donde he de devolver a lo salvaje las plantas que fueron caseras un día sí y otro día al ver el sol, nostálgicas, ya un poco menos, un poco más sabias ellas al comprender que hoy son grandes amigas en una habitación menos aséptica, menos luenga.


Ahora, claro tengo y lo sé, que una sola pluma no borra todo el plumón -manchado o moteado- heredado del nacimiento, pero cómo es de clara la centella que así mueve la rueda del tiempo.

Porque me rajo y me penetra con placer una fuerza más grande que mis pequeños lentes, una que me hace levantar en las mañanas a besarle el centro en los labios a la alforja solar.

El rapto de las pitonisas

Hoy cumplo pocos deseos. No soy una lámpara. No soy el hombre que era.
No estoy completo, incólume o libre como el viento. Pero esto sé y sé a ambas manos: viejos ermitaños han encontrado su muerte y uno a uno las rojas huestes que alimentaban los diablos han dejado la mesa, pulcramente, dejando propinas y corazones sobre el diván, abiertos al dolor del frío de la noche y un nuevo alcázar que encontrar en las someras fiestas.

Que sé yo…

Una parte mía, la más salvaje, te destroza. Te muele, te acaba, miles de besitos de agujas avasllan tu espalda mientras con crueldad busco la peor forma de domesticar tus calderos… soy una mañana iraní llena de piedras sobre tu frente, embustera, soy el que con un mazo y una vara encadenada de seis y más víboras devoro tus huesos y el frenesí ahogado miro que nunca sale de tu mente. Observo con mi ojo impasible al animalito que se juraba poderoso, arrogante, alzado en almas y arisco y hoy lo percibo débil, roto, asustado y desaparecido… desvaneciente… observo, sí, con locura entre siete espejos de diferentes casas… esos animales balbucean notas que ninguna garganta humana podría aguantar -solo la mía- sin percibir derrotas.
Y sigo.

Eres peor que una semifusa desvaneciéndose. Eres solamente una falta de stacatto desbordante y una cortísima flor sobre las cabezas. Me irritas, me exasperas y me incitas a la muerte lenta de seis y diez más delirios. Deseo anclarte al suelo con un golpe seco, deseo romperte las mañanas de las cabezas, deseo astillar tus cadenas y avasallar tus lirios, deseo hacerte llorar de ira y de rabia para que se justifique el estupro que hay en cada muro de este anciano patio…

 

hoy soy fuente de argucias, corazones desvanecidos, dos ojos de niño expulsados a la brava y el deseo infinito de atomizar mi dolor con tu fuerza para que llorando reces, como ocultaste en el fondo de tí

que ya no te puede crecer hierba, porque te la cortaron con agua clara y frío verbo,

que estás maldita de sangre o desviada en hielos, pero al fin y al cabo,

tu interior,

sí, esa veta de viñedos, al fin y al cabo…

tu interior deja al paladar un sabor seco.

Epílogo (o la épica rota)

Ya viendo el mago como se deshilachaban las cuentas en el collar del guerrero, el gran y plateado cuervo que posaba en su hombro se sintió más pesado.

La muerte, inminente, ahí estaba.

 

Y acercándose a su oído, le susurró:
“Compréndelo. No puedes darle las cosas que no va a abrir para un nuevo cielo. No podrás ver nunca más el rostro, el techo de madera mientras suspirar, las manos abiertas en par y par, confiando en que tú eres y siempre eres lo que mejor soñó.

Tus dedos están fríos… bien. Ahora, toca la espada. Eso es.

Así como vas cortando el azar, lo rojo en tí se irán volviendo más lento. Debes morirte, irte, ¡dormirte para siempre! Sí, lo sé, no recordarás mucho, pero esto lo grabarás dentro del cristal de tu ser… da las gracias, chico, porque pudiste engendrar la esperanza de nuevas formas.

Ella trabajó la tierra como querías, ambos despertaron y besaron centellas, tuvieron por amor no solo la playa sino las montañas, y sus dos manos juntas fueron implacables creadores de hermosos viñedos.

Lo siento porque tu hijo y el de ella hayan muerto. Pero sé que tu hija está viva y crece sin dificultad…”

 

El mago vió como el soldado retiraba su yelmo. Una cabellera frondosa, rizada, una barba tupida, digna del más fiero de los creteneses y con los hermosos tonos rojizos que solo un abuelo acadio de alto linaje podía heredarte. ‘El hombre se acomoda para un estirón definitivo en el lecho de hielo’, se dijo a sí mismo el mago.

“Mago…”
“Sí.”
“Moriré.”
“Sí, amigo. Morirás”.

 

“Amé la lira. Amé las letras. Nunca fui buen poeta, pero admiré a los que tuvieron la valentía de esgrimir su sangre en medio de una luenga hoja. Amé a mi esposa y a mis hijos: mi hija será la mejor representante de los dos. Me desvanezco, pero no acallo, que aún si al dormirme ahora, me levanto en otro cuerpo, ella fue tierra y luna para un ácido campo de estrellas gorjeantes que fue mi voz.”

 

El mago acarició con amor ese rostro que había visto nacer hace 40 veranos.

“Chico, ¿aprendiste a amarte? ¿Aprendiste, en corto, a abrazar tus propios versos?”

El moribundo se sobresaltó.

“Debo ir. Debo levantarme.” La angustia le pulsó el cuerpo. “No me quiero morir y que elija a otro que sus versos sí puedan acompañarla hasta donde yo no iré”.

 

El mago sonrió tranquilo. Y el cuervo abrió la boca para cargar la perla del alma del viejo guerrero… incrustada en medio de su corazón.

“Más allá de tu poder de manipulación está escrito… que si fue una buena mujer, oirás el mejor canto de amor posible en tus sueños–”

 

El mago parpadeo hacia adentro las lágrimas: la espada empuñada, los talones juntos, el peso muerto.

“– te reunirás con ella, sobre todos los cercos.”