Epílogo (o la épica rota)

Ya viendo el mago como se deshilachaban las cuentas en el collar del guerrero, el gran y plateado cuervo que posaba en su hombro se sintió más pesado.

La muerte, inminente, ahí estaba.

 

Y acercándose a su oído, le susurró:
“Compréndelo. No puedes darle las cosas que no va a abrir para un nuevo cielo. No podrás ver nunca más el rostro, el techo de madera mientras suspirar, las manos abiertas en par y par, confiando en que tú eres y siempre eres lo que mejor soñó.

Tus dedos están fríos… bien. Ahora, toca la espada. Eso es.

Así como vas cortando el azar, lo rojo en tí se irán volviendo más lento. Debes morirte, irte, ¡dormirte para siempre! Sí, lo sé, no recordarás mucho, pero esto lo grabarás dentro del cristal de tu ser… da las gracias, chico, porque pudiste engendrar la esperanza de nuevas formas.

Ella trabajó la tierra como querías, ambos despertaron y besaron centellas, tuvieron por amor no solo la playa sino las montañas, y sus dos manos juntas fueron implacables creadores de hermosos viñedos.

Lo siento porque tu hijo y el de ella hayan muerto. Pero sé que tu hija está viva y crece sin dificultad…”

 

El mago vió como el soldado retiraba su yelmo. Una cabellera frondosa, rizada, una barba tupida, digna del más fiero de los creteneses y con los hermosos tonos rojizos que solo un abuelo acadio de alto linaje podía heredarte. ‘El hombre se acomoda para un estirón definitivo en el lecho de hielo’, se dijo a sí mismo el mago.

“Mago…”
“Sí.”
“Moriré.”
“Sí, amigo. Morirás”.

 

“Amé la lira. Amé las letras. Nunca fui buen poeta, pero admiré a los que tuvieron la valentía de esgrimir su sangre en medio de una luenga hoja. Amé a mi esposa y a mis hijos: mi hija será la mejor representante de los dos. Me desvanezco, pero no acallo, que aún si al dormirme ahora, me levanto en otro cuerpo, ella fue tierra y luna para un ácido campo de estrellas gorjeantes que fue mi voz.”

 

El mago acarició con amor ese rostro que había visto nacer hace 40 veranos.

“Chico, ¿aprendiste a amarte? ¿Aprendiste, en corto, a abrazar tus propios versos?”

El moribundo se sobresaltó.

“Debo ir. Debo levantarme.” La angustia le pulsó el cuerpo. “No me quiero morir y que elija a otro que sus versos sí puedan acompañarla hasta donde yo no iré”.

 

El mago sonrió tranquilo. Y el cuervo abrió la boca para cargar la perla del alma del viejo guerrero… incrustada en medio de su corazón.

“Más allá de tu poder de manipulación está escrito… que si fue una buena mujer, oirás el mejor canto de amor posible en tus sueños–”

 

El mago parpadeo hacia adentro las lágrimas: la espada empuñada, los talones juntos, el peso muerto.

“– te reunirás con ella, sobre todos los cercos.”

 

 

 

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