Cabalgo sobre tu lomo, Silvio.

Oigo
cada una de las fibras del corazón rompiéndose.

Mi micardio es una bandada de girasoles que violan colibríes -no al revés-. Mis ojos son pliegues dormidos de soledad. Mis manos, torpes, buscan dominar la intensidad que siento al medio de mi ser cada vez que una vértebra se une a las demás dentro de tu hermoso abrazo.

Lamo
los bordes rotos de la madera de mis músculos:

Mi tambor de fibra roja es un sencillo y rabioso palpitar dentro de las mañanas posibles. Ira desterrada y dolor y arrepentimiento buscado para protegerse del dolor que hay de lo que no está completo si no tengo una campanilla para abrirme a la mitad.

Beso
las manos rotas de los doscientos libros:

Mi acompañante me indica que una vez y otrosí debo abandonarme allende a los mares, para encontrar lo que he perdido una vez y volver a ser el animal concreto que fui y he sido.

Con un taco de dinamita enciendo mis sueños
y he de irme allende los mares
para restaurar dentro de mi ser
definitivamente

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