¿Bermellón? ¿Escarlata? ¿Jade rojo? ¿Granate?… ¿o solo rojo?

Te escribo porque navego por otros cielos, como ya cambia la orbe del mundo infernal hacia una aurora que lentamente se posesiona con firmeza como voz del día.
Felizmente digo “ven, pues”.

“Sin temeridad, sea ahora el tiempo del movimiento y la espera”.

Ahora, he oído sobre otras voces que aparecen en órbita. Oigo risas maliciosas de duende y a veces confieso, que temo por mi vida…
Que aparecen entrelazadas o gravitantes estas voces y no es poca monta ello.  Tal vez las cosas se abren por sí solas al medio y al mundo, o al mundo al medio, o qué más da, que estamos todos acá y debo saber que sí serás realidad. Hoy siento ardor en mi interior, un fuego de purificación que se asemeja mucho a la muerte cálida bajo un rayo en la mitad de la playa en San Andrés… no sé bien cuál de las dos será la forma real y cuál la sombra asesina.
Pero esto sí sé y es que vivo completo y más concreto y tú entraste allanando el espacio caído y destruído dentro de mí y la recuperación será tal vez larga o tal vez compleja, pero estoy seguro de que si sigo abriéndome al poder de Shiva, ¡tú seguirás ahí!
Y tal vez estoy anclando de nuevo una esperanza bella, una espina que se metamorfoseará. Pero a ciencia cierta sé esta verdad: tú hoy me llenas de cielos. Me abres la mañana. Me dan ganas de entrelazar de nuevo y de no estar roto para poder ofrecerte una plancha sana y cálida sobre la cual, con un solo dedo, puedas moldear mi suave voluntad como si fuera cera y liberar sus tonalidades, como si fuera cualquier tipo de agua sobre lajas de gemas que habite en esta tierra.
Estoy riendo y palpitando mientras espero que vengas a abrir de nuevo esta realidad.
Tal vez no lo comprendas, tal vez nunca lo creas, pero cuando estás, puedo creer que en alguna parte de esta tierra tengo destinado un pequeño trozo de cielo y que veré pradera y seré equinoccio cada día en que tú estás. No me importa ese 90% de perfección si tienes un 10% con el cual eres torpe, como yo, rígida, como yo, o te sientes débil, como a veces me siento yo.
Solo sé que todos los caleidoscopios juntos se me arman cuando estoy contigo y cuando no te veo siento que tengo que buscarme mi propio pedacito y picotear adentro. Entonces, las mañanas se vuelven preciosas y me imagino el avasallaje del metal por parte del cuarzo y abro mis sueños de colores a tí y a las personas que me rodean… entonces, a pesar de la rabia indescifrable, alimento mi versión creíble de un mundo accequible.
Entonces te ví sonreír. Saliste de esa campana, ese refugio al que entras para que el mundo no te avasalle y con el toque más dulce que he percibido en décadas me dijiste “te doy gracias, te acepto, estás completo”. Me sentí humilde, como un niño, me sentí permeado por tu poder sempiterno, me sentí como si me hubieran dado un beso por dentro del cuerpo.
Si fuera niño, sería el canal bello por el cual ascendería dentro de mi madre. Si fuera niña, sería el conocimiento de albergar en mis estrellas sin madurar la potencia de miles de galaxias -efímeras pero nunca someras, como las que más-.
Y percibir la inmensa fragilidad… una belleza palpitante, una belleza aterradora, una llama mucho menos cálida que helada a ratos. Ser objeto codiciado y códex de sentimientos. Es abrazar, a dos manos, lo permitido y permisible del mundo nuevo que la promesa roja iridiscente de los ilíacos abre al cielo. Son flores que he oído pero que no retengo en mi cerebro de perro: gardenia, crisantemo, lirio, jazmín, nomeolvides, enebro.
Abrir los ojos como castaños púrpura y percibir delicadamente lo que se abre en sí y por sí, comprender los doce tonos que yacen en una sacerdotisa después de la violación y aún peor después del asesinato de sus amados. La mano encallecida, los ojos como hombreras de hierro, los hombros como vórtices de miedo, lo que de tí sobra exprimido todos los días durante tanto tiempo que eres un esclavo sin remedio.
Ver el castaño, con su olor inconmesurable a viejo mago -o a castaño reseco, que igual da- verlo reverdecer, por dolor, por abandono, por contrición, por su mismo espacio posible estar y ser.
Y sonrisas cómplices. Es hacer la fuerza en una tarde y querer que haya mañana, querer que haya amor, querer descarnadamente que haya cómo abrir al cielo un paso o dos.
Ojos, como ópalos que pierden su fuego. Ojos ahogados dentro del humo de miles de visiones descarnadas y ancladas entre una mano y la otra, entre un potencial y otro, entre una maraña de ideas y otra.

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One comment

  1. Caro · septiembre 26, 2011

    Esas palabras me llegaron al alma, y en el momento justo…
    Recordé los tiempos en que sentí algo parecido… Gracias por compartir tu arte 😀

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