Juicios y la Sala de los Muertos.


Es, una sabiduría antigua de ser subterráneo y ser poderoso en un solo tiempo al mismo. Es en su transformación una escalera viviente hacia un cielo en el cual cada ventana es un sol, cada estrella un día en sí mismo que nunca anochece, cada espacio una avenida de joyas que mutan en cualquier momento como mejor quede al juego.
Pilotear sin alimento. Navegar sin agua con pescaditos. Ser agorero y buscar visceralidad pero ignorar la carga de las propias. Cantar canciones desteñidas con olor rockero de alfalfa y marihuana trasnochada. Ceñirse a un beso de muerte y buscando la perfección perderse a sí mismo; abandonar el camino que lleva a la felicidad por vadear el abismo, no solo para demostrarse poder sino para por una fracción de segundo, ya no ser él mismo. Entregarse a devoradoras horas e insaciables ritos mientras las paredes, pálidas e incólumes, solo miran impasibles las vocales trenzadas entre los gritos, las gargantas, las aristas laterales, las oquedades y el ombligo.
Arraigarse en un mundo sin futuro y perder la percepción de la claridad, la aurora, la hora y cualquier tipo de predestinación se halla sellada mientras camines entre esos dos oscuros muros…
Lo sacro, el hueso del sacro, la sacralidad, el sonido de un vientre al ser apartado a la fuerza por un peso mayor que el propio y la humedad resarcida a la fuerza del valle interior de cualquier persona.
Es caballos míticos esperando a que salgas de tu encierro para llevarte por tranquilas praderas, pero con galope lleno de dolor y al mismo tiempo, abandono tranquilo por haber perdido toda muesca en los dientes de resentimiento.
Es la iridiscencia plateada del que lo ha visto todo y el que no ha abarcado con penetración profunda absolutamente nada.
La pupila se entremece al estremecerte cuando la miras de vuelta.
El país de los muertos. El antiguo Nilo y sus poderosas piedras calizas cuyo canto de cuarzo y sus estalactitas de turmalina fueron potencia y melodía de varias generaciones.
Colores ambiguos para formas que en apariencia son elegantes pero en su entraña cargan con lo más selecto y refinado de la maldad.
No es D’os o Dios o Diox. Jamás lo fue y nunca lo podrá ser.
Se presenta como un estado alterado de consciencia en el cual todo lo que digas podrá matarte o besarte…
Es construir y al mismo tiempo negarse.
Bifucardo. Dos.

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