Levitaba sobre Lo Concreto y Lo Argento (ii)

Llama sin hielo, luz sin gravedad, sombra sin carne voluptuosa, mármol frío y no acuñado versus soledad. Apariencias vetustas y ojos rasgados, manos francas de largos abismos y momentos bipartitos, un día sí y el otro también.

La vida gira en espiral y aprendes a amar pero sobre todo aprendes a callar.

Gritos en el vacío. Rebotan en las paredes de las letras emplazadas entre un cartón y otro, forradas con la piel amada de cualquier borrego, para regresar disminuidos y vampirizados en su totalidad de cualquier movilización de potencial. No pasa nada compae, no pasa nada amigo, siga caminando. Rebotas tú con ellos, que mas da.

El corazón está cansado de desarmar y sangrar, de volar hacia el cielo y tener un recipiente insulso, cariado, podrido y dañado con el cual trabajar. ¿Abandonarlo, quisieras? ¡Destruirlo, debiera! ¿A qué le debo fidelidad entonces, si no es a esa canción de destrucción que aparentemente es la única que entono con calma mientras corren las doce, la una de la madrugada y el parlamento de mármoles nunca acaba?
Pues igual como doy un coche doy el amor y la velocidad, el vértigo en sí es la satisfacción misma del nunca poder realizar. Vendrás, habrá temblor de tierra y olor a musgo, pero ¿éxtasis? Esto… bueno, no se sabe jamás.

Los labios brillan con tonos olvidados, todos de metal, bruñidos… rápidamente y en sucesión se abre el momento y ves con definición y crueldad un toque de bronce, de oro, de jade, de mercurio, níquel, plata… una mano abierta usurpa el libro que leías todas las mañanas para tapar el ruido de tu abuela con su novela podrida y el radio estridente para hacerle guillotina a la conciencia de la gente que se colaba hasta tu casa por la ventana; es entonces cuando en un golpe, híbrido y solitario, ves cómo no eres más que un destello vacuo entre una fuerza y otra. Eres un color prestado, cuyo engendrar era soberbio por una rama paterna casi celeste, pero su raíz materna devoraba soles y estrellas intentando ignorar la maldad original de su complemento, y por ello eres hibridación y soledad, entre miles de gritos encarecidos que suplican por amor, pero no tienen espacio alguno para estar entre la gente.

Desearás, como yo, un día en el cual
una espada larga y bruñida, empuñada por manos jóvenes y limpias
cercene de tajo lo poco que sobre de relación con lo que te trajo aquí.
Esa mano -de cierta forma, curtida en sí- te hará sumamente feliz.

Vas hacia abajo. Retomas en vuelo. Giras dos, tres veces, la columna como un eje perfecto. Sin envejecer. Sin madurar. Sin la piel más gruesa, siempre bello, siempre joven, siempre normal. Hoy te sabes roto y concedes que ya no habrá, no, nunca más una oportunidad. Vivirás como la sombra inquieta en el espejo del vampiro, abrazarás con desesperación la estela profunda de lo que no fue y te refugiarás en el alcohol como toda llama apagada que hacia el Trópico de Cáncer se deba hallar: serás semilla y ausencia, mientras el cielo sueña con un periodo estival.

Mirarás al fondo del vaso y verás con horror que no era sangre sino jugo de cucarachas con lo que se pintaron las paredes, y te cansarás, como yo, de pedir que lo limpien para vivir con más amor y más en paz.

Verás ese magnífico animal, esa bestia albiceleste en reposo, levantarse y erguida sobre su eje girar, cargando luces de una mano a otra y podrás mirar más allá. Comprenderás, como lo hice yo algún día, que nada queda, nada ha quedado, tu cielo y tu frío ahora es el que recorre impávido Belgrano, tu olor es a Europa añeja y a Mhuyska desahuciado, esperarás una salvación que no acabará de llegar…

limpiarás con tu saliva el hollín de las botas de los niños, mientras con tu mano acaricias a las innumerables niñas que nunca jamás podrán ser en tu casa
las que conforman un hogar.

Y mientras tanto, olerás el frío y el silencio, la nueva forma, los nuevos espacios, soñarás con que había viabilidad y amor hacia lo que había en tu propio mangle.

Y con un trago largo de arsénico, pasados los 32 veranos, un día feliz, nunca más volverás a despertar.

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