Lengua de ofidio, ojo de ofidio, piel de ofidio.

La impresionante determinación. De vivir. Siendo cada vez más una esfera completa.

Noche, y mil formas en la mente que se acuestan por la espalda rodeando y abrazan algo completo.
Día. Buscar motivos para sentirse culpable por lo que se cerró y no fué.
La parodia nimia de haberse visto sin haberse descubierto.
La devastadora necesidad de haber llegado al puerto.
Tu burla congelada, a la mitad del labio, como un clítoris quemado.
Intentar entender talento, oficio, destino.
Regeneraciones constantes y estantes vaciados por toda la casa de sentimientos de antaño.
Los ojos extraviados, aunque gratos. “Ese hombre es demasiado extraño”.
Un metro de cicatrices entre tú y yo, así como una armadura en la espalda por cargar con todo el mundo conocido y, aburrido de exclamar por auxilio, soportar la pesada carga de la existencia.
¿De qué color es la sangre del amor una vez se seca en soledad?
Los colmillos comprimidos y desgastados, vuelto a renacer el blanco lobo.
Sentir un trípode donde antes había un caldero roto, vacío y huero, a la altura del esternón y sin brillar en el pecho.
Un metro y sesenta seis o setenta un centímetros de liviandad… qué belleza.
Deseos níveos y auroras rosadas que hacen temblar todo el esqueleto y renovar al saúco.
La gota anquilosada de testosterona vuelta garrafal fluido de histeria.
Un estandarte como dos pecheras de dragón de la Dinastía Ming. En colores jade y esmeralda con hilos de metales varios.
Raíz de mi abuelo depurada y vuelta a la vida.
Gira sobre nubes inconclusas.
Devastadoramente bello.
Rojo. Carmín.
Terminal.
Surge sobre fondos claros y pasteles una forma dura, devastadora, lanzada, surge entonces una línea nítida de recuerdos o falsas sensaciones en caravana -no lo sé, no recuerdo- en la que debo usar, como mapa, mi frágil memoria. ¿Qué queda? ¿Qué se ancla? ¿Qué es futuro y qué es quimera? ¿Cuál es el presente destinado en la abundancia y cómo usarlo para un mero hijo de la tierra? Porque todas las respuestas han sido escritas, todos tenemos la Toráh en el vientre de la Madre, pero lo que no sé es con claridad hacia dónde se mueve el viento.
Intuyo con alarma que recoge las nubes en mi interior, pero no hay lluvia, solo hay truenos. Y una vez superas la marca de los desesperos, esperas solamente que llueva.
Si solo queda el trabajo duro y los testículos para dar títulos, entonces tengo que gritarlo a los cuatro vientos, que el tiempo que estamos viendo determinado de enfermedades y soledades no dará más que para un aterrizado o demacrado grito a las mentes de los más jóvenes. Sí, bailo en una inmensa soledad, pues no hallo iguales, no hallo ramas que me indiquen que hay raíces, no hallo géneros heterodoxos de prismas que me permitan afilar cada posible arista, no hallo una compañía certera como cerbatana. Tal vez es mi culpa, tal vez soy yo el que deseé eso, tal vez es la perdida inicial la que me llevó a una desconexión tan profunda y trapera que hoy por hoy mi máscara es de mercader errante de memorias y reflexiones hechas a altísimas horas de la noche antes del último orgasmo y el primer ladrillazo del sueño en solitario… tal vez ese sea el destino incolecto que ha de quedarme, después de todo el curso de supervivencia extrema ya hecho.
Levanto la cabeza y miro alrededor miles de precios y de gamas diferentes de mercantilizaciones. No es bonito darse cuenta que el inicio y el final del cuento fueron dados por personas con intereses muy materialistas. Asumo empero que ese es el precio por ser uno mismo -más que la angustia que cierto cubano en sus canciones reclamaba-.
Llega cuando anquilosamos, desde una edad muy temprana, nuestro cuerpo y mente a determinada cadena, por temor terrible a la voluntad del Cielo y la potencialidad de la Tierra que nos obliga a evolucionar y seguir eligiendo.
El arribo de la vejez no llega cuando pasan determinados dígitos.
Sabes que es verdad cuando puedes olerlo. Cuando puedes tocarlo entre las manos, cuando concedes a terceros y extraños que hay un palpitar deslizándose desde el bajo vientre hasta la sien y que ya no hay libertades accesorias. Sabes que es cierto porque no hay maduración per se, existen son ciclos armónicos que se entrelazan -o no- con determinadas centros internos, alrededor de los cuales se elige cómo reproducirse, cómo divertirse, cómo reflexionarse, cómo replantearse. Y se sabe entonces que se puede ser feliz sin reelegirse, sin hacer política con uno mismo.
Hay una nota que se escurre entre las manos, entre los ojos, entre los sueños de todos los que nos rodean. Hay un cielo que carece de un color claro, pero ayer lo ví, ayer ví com pasmosa reciprocidad su necesidad imperiosa de ser montaña abierta. Ayer ví que el cielo ya maneja una serie de minerías, que dentro de los colores previos al crepúsculo ya está anclado lo que habrá de ser, lo que fue, el corazón de los hombres y mujeres de millones de generaciones, la huída del contrato social mediante la otra realidad
deberíamos de dejar de abrir agujeros en el piso y empezar a sembrar en ellos plantas y reciclar lo que escupieron los abuelos y padres y abnegaron las madres.
Se busca un ángel para uno. Se desplaza. Se complementa. Se grita de forma irascible que las tendencias son cíclicas, que nada puede cambiar, que vivimos siempre al borde del abismo y quedémonos mejor en el que más va, en el concretado y labrado receptáculo.
Y de tus bordes carnosos con los que sonríes, se desprendió una sola flor.
El final.

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