Vidrio, mar, desespero… ojo de narval

Poner un pie al frente del otro, con las vendas en el alma y la calma y la columna superviviente de guerras masivas invocadas por solo la adrenalina..,¡sólo por sentirse vital!

Tenemos días en los cuales miramos de frente las hendiduras dentro de las máscaras y los vemos. Seres mitológicos cuya forma sobrepasa edad, sexo, raza, dinero. Y la ley, mi ley, la única ley, la ley de la supervivencia, implica la continuidad eterna y desenfrenada de los que algún día quisieron volver a la cima y por razones de miedo no les alcanzó la nafta para ahí llegar. ¿Arribismos? Probablemente. Cuando tienes un vacío entre el sí y el medio a veces lo único que puedes hacer es desear que llegue la vida nueva de tu simiente para ahí sí cambiar… y no me malinterpretes, eso suena bello, suena práctico, solo que tú desearías una vida que no fuera así. Tú deseas una yuxtaposición que no tiene nada que ver con lo que te rodea y esa disyuntiva es la que rompe la tranquilidad de las mañanas de domingo.
Tener fijos en el cráneo los tiempos y su superposición de planos, como si fueran un ejercicio de dibujo técnico, le da al alma un provincianismo enorme. Suponemos, porque todos lo hacemos con pasmosa facilidad, que nuestros planes sí son los correctos, que nuestros deseos sí son los más potentes, los preclaros, los llamados a la hegemonía de los ricos. Pero solo el que nació en la cuna de plata puede ser de plata, eso lo entiendo hoy. Cosa que no entendía antes, también, es el cómo cuando una persona nace en una zona de esa escala si no acepta las cosas que se le ofrecen puede terminar fuera de eje rompiéndolo todo como un cebú en tienda de porcelanas. Pasado un ciclo, uno a uno quemado los años, ahora viene la pregunta más cruel de todas. En qué. En cómo. En dónde. ¿Hacia qué? ¿Para dónde? ¿Por dónde? Y hallas vestigios de navíos rotos rondando tu barquita pequeña, bella y más pura, sí, pero innegablemente desgastada por los viajes largos hechos para poder hallarse un trozo de la Cruz del Sur que pueda llamar “casa”.

Hay elipsis, hay momentos siderales que son más largos que otros. Hay fuerzas superiores a la mano del hombre. Hay cantares que surgen como un pulsar remoto y hacen que devariemos o giremos como derviches perdidos en la mitad de una danza en la cual todavía estamos ciegos pero intuímos que se acerca una luz y una vastedad de parto.

Tenemos días en los cuales asumirnos completos es más terrorífico que un millón y medio de letras o sonidos sobre cómo el mundo construido por el hombre se está craquelando bajo nuestros pies y de ella surgirán monstruos que vienen a devorarnos.
Radioactividad. Pulso. Silencio. Muerte. Vejez. Todo ello envuelto en una sola mano y con una sola mano defendido. Aceptar la mala suerte como el leit motiv de una existencia y buscar una alternativa al contrato socialdel hijo, la casa, el perro y la herramienta para movilizarse. Rendirse es cada vez más llamativo…

 

tal vez se pierde la juventud cuando uno en lugar de decir “yo acepto” dice “me resigno a”.
Sea. ¿Sea? ¿Qué era de lo que pensaba era real y de la depuración que debo hacer, muy en contra de mi infantil comprensión de este mar multitudinario de realidades que llamamos vida?
Y si es ese caso, hoy es uno de esos días en los cuales amanezco flotando de los viejos pinos como grises barbas de viejo.

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