Mano y Agua.

Anoche tuve un sueño perturbado, perturbador, preclaro.

 

 

Soñé con la casa de una persona cuya vida nunca jamás podré volver a habitar. No porque seamos incompatibles, no porque no seamos especiales, no porque no seamos necesitables el uno con el otro. Es porque los dos no estamos ni estaremos en el camino adecuado, porque los dos en el fondo en realidad somos demasiado diferentes. Pero hay una diferencia fuerte entre ella y yo, entre mis vidas y las vidas que escribí. Esa diferencia es radical, es fundamental, es hegemónica y definitiva. ¿Dónde está esa diferencia? Radica para siempre en la necesidad de que ella continúe moviéndose y yo continúe moviéndome en espiral. Radica en que ella tiene nuevas personas habitando su casa, su tiempo, su poderío. Radica en que los que dejé atrás no tienen ninguna forma de decirme a mí que seguí o sigo igual, en que en realidad se crece y se avanza y se tiñe el alma de colores diferentes para poder avanzar hacia nuevas olas, nuevos momentos, nuevos pasos.

¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? ¿Cómo continuar, cómo empoderar, cómo abrir las ventanas y dejar de ceder sino continuar hacia lo más profundo que se pueda?

Mucha veces buscamos en el fondo del vaso algo que nos ate, que nos haga completos, que nos permita justificar lo que somos hoy por hoy.

Pero es mejor volar, hacia nueva libertad.

Es mejor dar gracias, pero nunca vivir con culpa. Ser fiel, ser gratos, ser completos. Volver, volver, volver, como en el tango y en el cielo, volver a soñar y ensoñar. Ser duro, ser blando, ser completo.

Regresar a la pequeña cuenca dentro de un beso.

Se amó tanto,
se esperó tanto,
se soñó con miles de huellas dentro de la arena,
se parpadeó para continuar con lo que estaba escrito o estaba derruido,
se abrió la palma y se voló sobre la memoria dañada,
se cerró la memoria y se dejó de amar,
se quiso mirar dentro del espejo y se abandonó el mar.

Una vez soné con una casa blanca en la cual pensaba que iba a vivir el resto de mi vida con una mujer con la cual pensaba que iba a pasar el resto de mi vida en un barrio el cual pensaba que iba a ser el único al cual yo por mi propia fuerza podría caminar con unas piernas rotas y una montaña de dolores con los cuales nunca poder avanzar.

Una vez soñé que podía regresar al nido
y de un solo golpe lamí el borde del silencio
y ya entonces no tuve otra opción. Me tuve que despertar.

Velas sobre calaveras

Grito desde el fondo del corazón por fuerza para doblegar mi orgullo, vivir más simple, y ser como un mineral vegetal liberado de todo el dolor que me impide caminar sin libertar por haber abarcado demasiado.
Suspiro y desgarro el viento exigiendo un tiempo de liberacíon en el cual no hay ningún remordimiento o temor, pues ya sé lo que debe volver a mí, lo que debe estar, lo que puede en sí mismo, asistirme.

Expulsas los restos del Leviatán para volver a entrar a un tiempo en el cual lo sagrado te permite oler el perfume del yo de nuevo.

Se grita desesperadamente, desaforadamente, por el poder de empuñar el bastón sagrado y exigirle al cielo libertad y potencial infinito para poder abrirse a los nuevos reinos que rodeen a este pueblo de nuevos ángeles y así expulsar para siempre los demonios.
Saturación saturación saturación saturación saturación. Querer volver al agujero cómodo, querer volver a lo que se era antes y tener que rendirse y dejarse llevar no solo para ser feliz sino verse obligado a sanarse para poder avanzar hacia las nuevas dimensiones que reclaman presencia, potencia y espacio.
Desear liberar los canales y volver a ser un centro y medio en la mitad del cielo, una fuerza poderosa que mueve montañas, a la cual nadie debe y a la cual nadie teme. Una fuerza integrada que gira desde lo más profundo de sí levitando sobre razones y sin sabores. Una fuerza que arrasa cualquier intento de debilidad por parte de la pobre humanidad.
La comprensión del cosmos ya no es suficiente. Ahora se ha aunado a mí una furia, ahora mi basura y yo somos uno, ahora somos más que una simple saturación. Somos mierda, desbordamos podredumbre, pero al mismo tiempo, ¡algo ha ocurrido con esa mierda! ¡Algo se ha transformado! ¿Pasión? ¿Potencia? ¿Te ha contaminado el mundo con su asqueroso afán o acaso estás volviendo a unas raíces que desconocías?
Perderse en medio del caos y llenarse, saturarse de mierda, de cucarachas, de insectos que trepan desde el coño y parasitan el poder interno de cada individuo. Retornar a los tiempos de la espada y el poder transversal, ese que con su mano franca atraviesa cielo y espacio y permite la liberación de millones de lunas al mismo tiempo, porque sí, porque ajá, porque se puede.
Vivir tiempos insípidos en su pluralidad. Llueve, llueve almas vacías, llueve dolores semicompletos y diagonales, atravesados como cosas que nunca alcanzamos por falta de disciplina a sacar adelante, pero ahí vamos, en la lucha, en la apertura, en la friega, laburando, rompiéndonos las bolas para llegar algún día a un mejor cielo.
El miedo a rehacerse, a reinventarse, a comprender, comprimirse y controlarse.
Cucarachas, insectos voladores, insectos humanos, asesinos sobre la mesa.
Los papeles, por todos lados.