Defensa de la inocencia.

Por ser libre. Por tener el poder de abrir las llaves. Por darle textura a lo que tiene textura y poder a lo que tiene poder. Por permitirnos dar gracias y ver el mundo libre como realmente es, no como quisiéramos que fuera. Por permitirnos arder con la intensidad  horaria de miles de soles -incluidas sus inhalaciones y exhalaciones- desde que brincamos de la cama hasta que volvemos a ella. Porque nos permite quitarnos las capaz de la moralidad y nos permite tener acceso al centro interno desde el cual se fluye con el sentir, el pensar y el sabor del momento en el que, como un pez, andamos sumergidos. Porque el deshiele es más sencillo si es así. Por amortizar el golpe no solo del paso de los años, sino de la autodestrucción de sí mismos. Porque, y sobre todo, no hay que ser la nana de los atroces palpitares del egoísmo de nadie.

Los pasos se tienen que desandar. El tiempo con su boca voraz mordisquea e irrespeta todo, entonces no tenemos tiempo, en realidad, para autodestruirnos todo el tiempo con pérdidas de quinta o primera. El espacio con su mano firme y su pecho de hierro abarca cualquier posibilidad de movimiento, y siguiendo la lógica anterior podríamos deducir que tampoco tenemos entonces zonas para desperdiciarnos y que necesitamos estar en buena onda con nuestro medio.

Muchas personas malgastan su energía buscando nuevas experiencias, en lugar de hacer el viaje TierrAdentro y hallar el valor de cada una. No es por trauma o púlpito desde donde lo digo, es que miro alrededor y comprendo que todo eventualmente va a terminarse, así que hay que exprimirlo como el que más. Too much, my dear? Tough. En realidad lo que yo termino percibiendo es que hay un modo de amar la vida que es un estado de conciencia, y no te deja mucho margen para el egotismo, no te deja un margen para vivir de las apariencias como el que más. Y también que aquellos que consideran debilidad la empatía son los primeros en partirse el alma cuando el medio les enseña que el mundo no quiere besarle el culo a la percepción que ellos *creen* que el mundo debería oír para configurarse.

Creer pero no como en las iglesias, sino desde el corazón, es lo que motiva. Y entonces…

Creo que como decía Pablo Picasso, tal vez sí necesitamos mucho mucho mucho tiempo para realmente ser niños. No por inmaduros. No por querer ignorar el dolor que recorre las líneas del universo de tantas, tantas personas. Y muchísimo menos por ignorar que para muchas personas el ser adulto implica, per se, autodestruirse para ser aceptado socialmente. Pero es que hay que afrontarlo, que si nos permitimos empañar nuestra visión de la inocencia por el hecho de jurarnos ‘más adultos’, en realidad no estamos siendo plenos y con autoridad empuñada, sino netamente estúpidos y vacíos de magnetismo. Y afrontémoslo, si vives de unos ‘días de gloria’ en realidad lo que eres es un producto de marketing y publicidad ambulante, y qué lejos estás del poder de un corazón humano, mi hermano. El filo perceptual que da la inocencia y la pureza de corazón no se puede comprar, no se puede imitar, es imposible de mercadear… si no tienes esa libertad de movimiento y si estás tan restringido todo el tiempo, ¿a qué, en realidad puedes jugar?
Eso, y no comprarse unas gafas de pasta o un gorro, realmente es el reinventarse.

Cuando se quiere empezar a vivir un cielo en la tierra este es uno de los requisitos… el volverse desprendido sin llegar a estar ciego.
Vivimos un mundo de carreras de ratas, en el cual solamente somos libres cuando estamos reconfigurando el espacio en el cual cargamos, relacionamos o abrazamos lo que nos queda por dentro. ¿Para qué, entonces, el esfuerzo de defenderlo todo?

Yo prefiero entregarlo todo hablando mucho, cantando mucho, pintando mucho… porque siento sobrecogimiento y fascinación por estar vivo, como cualquier ser humano.
Mañana se hará responsable cada cual de su proceso vital. Y ayer, cada uno sembró raíces, cosechó tormentas, abrazó o rechazó violaciones de cualquier tipo.
Pero hoy, hoy es como decía el maestro Mikao Usui:

Sólo por hoy, no me preocupo.
Sólo por hoy, no me enojo.
Respeto a mis padres, maestros y ancianos.
Me gano mi vida honestamente.
Respeto todo objeto, cosa y ser viviente.

Así que, empuñado eso en rama, hay que estar.

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Canto de madrugada, después de tu exorcismo… cualquier, exorcismo.

Tomas aire y despierta el animal perdido y entonces, con los colores de regreso, te preguntas qué hacer para dar el paso final sobre las ruinas perdidas de los animales muertos a tus pies.

Renuncias.
Renunciar.
Abandonar. Pero, ¿por dónde?
¿Cuál es el eje?

Tengo un ritmo nuevo atravesado en el cuerpo. Es antiguo. Es depurado, sabe a basalto granítico y me invade, me exige, es electricidad que me hace saber que lo que me rodea, en grande medida, depende solo de lo que habita las cuatro direcciones de mis afectos, las memorias de humedad del techo, el temblor de espalda agitado al medio que abandona los años, y los derroches urbanos que quedan al despedir un milenio y empezar otro.
Siento que la cadencia de algunas palabras me sobran y entonces vienen unas nuevas, unas en las cuales no tengo peso o voto sino una grandísima fuerza que no alcanzo a comprender en su vastedad.

Siento en la boca un sabor nuevo, como… como un beso de una cara girando en el viento, mentolada, mala, retorcida pero variante. Siento como si al portarme mal en la afinación terminara bien cantando, como si tuviera atravesado a un Joe Cocker dentro de los amasijos perturbados de una memoria antigua de corazones -que fueron- ciento por ciento tristes. Y algo, algo grises.

Que decir de lo que perdimos. De ese sabor singular, extravagante y poderoso dentro de las mejillas de realmente quedar a solas y entonces ver cómo se proyecta, inefable, la marea de los recuerdos  yla búsqueda desesperada de cómo convencerlos de que nos dejen en paz para poder avanzar al siguiente cielo. El peso que te da el haber sobrevivido es una bendición por un lapso corto: luego, viene el descenso dentro de otro tipo de vida, uno de supervivencia más larga.
Que a qué le temía, ya a nada… a nada excepto a apresurarme a los flujos y leer mal las estrellas.

Ser el mapa del padre y la tendencia del abuelo o tener dentro de los dedos la liberación completa del gen familiar, apurando el vaso roto y controlando dentro de el grito la energía que todo el tiempo,
estalla de forma circular porque sí, porque se vive en un mundo de sordos,
y los que usan faldas y las que usan corbatas, al final del día,
en el medio y por las texturas de plástico
les da igual.

Lo más peligroso después de cierta edad es que sentís el peso de la memoria y recordar es un acto criminal, un acto supremamente desgastante. Y entonces, algo que nadie te enseña, es que tienes que tomar una decisión:
o tomas el camino de vivir la memoria y perderte dentro de los vericuetos de una realidad a la que nunca vas a poder amar porque no tiene el color del ayer,
o tomas el camino de reinventarte, con ritmo, con frecuencia, sin pudor ni pena, cada vez que abres los ojos y al finalizar la exhalación del sueño.
Y yo sé ahora que no nos lo dicen para tener que evitar que cada uno de nosotros vuelva a engendrar las miles de mariposas que le han arrancado a este planeta.
La memoria de lo que no eres y de lo decepcionante que puedes llegar a ser es la base de la destrucción mutua. Es por eso que debe batallarse, no se le debe tener compasión o ternura al hecho de que la autodestrucción es el acto que arranca por la mentira propia, por el negar frente a un espejo, cualquiera, lo que está pasando dentro de nosotros.
Esto no tiene sentido, porque yo tengo alma de pincel, no espíritu de artillero. Quería remover tus cargas, pero hoy me doy cuenta de que si me meto en eso, por el gravitrón terminaré metido de cabeza en algo que no quiero, en un universo de mentiras y medias libertades, cuando estoy hallando la mía plena.
No, de hecho, lo que estoy es cansado. Estoy cansado de tus estallidos sin cesar, de sentir qeu caminar a tu lado es estar oyendo una Obertura 1812 de un ruso cualquiera llamado Tchaivkosky.
Me estoy cansando.