Canto de madrugada, después de tu exorcismo… cualquier, exorcismo.

Tomas aire y despierta el animal perdido y entonces, con los colores de regreso, te preguntas qué hacer para dar el paso final sobre las ruinas perdidas de los animales muertos a tus pies.

Renuncias.
Renunciar.
Abandonar. Pero, ¿por dónde?
¿Cuál es el eje?

Tengo un ritmo nuevo atravesado en el cuerpo. Es antiguo. Es depurado, sabe a basalto granítico y me invade, me exige, es electricidad que me hace saber que lo que me rodea, en grande medida, depende solo de lo que habita las cuatro direcciones de mis afectos, las memorias de humedad del techo, el temblor de espalda agitado al medio que abandona los años, y los derroches urbanos que quedan al despedir un milenio y empezar otro.
Siento que la cadencia de algunas palabras me sobran y entonces vienen unas nuevas, unas en las cuales no tengo peso o voto sino una grandísima fuerza que no alcanzo a comprender en su vastedad.

Siento en la boca un sabor nuevo, como… como un beso de una cara girando en el viento, mentolada, mala, retorcida pero variante. Siento como si al portarme mal en la afinación terminara bien cantando, como si tuviera atravesado a un Joe Cocker dentro de los amasijos perturbados de una memoria antigua de corazones -que fueron- ciento por ciento tristes. Y algo, algo grises.

Que decir de lo que perdimos. De ese sabor singular, extravagante y poderoso dentro de las mejillas de realmente quedar a solas y entonces ver cómo se proyecta, inefable, la marea de los recuerdos  yla búsqueda desesperada de cómo convencerlos de que nos dejen en paz para poder avanzar al siguiente cielo. El peso que te da el haber sobrevivido es una bendición por un lapso corto: luego, viene el descenso dentro de otro tipo de vida, uno de supervivencia más larga.
Que a qué le temía, ya a nada… a nada excepto a apresurarme a los flujos y leer mal las estrellas.

Ser el mapa del padre y la tendencia del abuelo o tener dentro de los dedos la liberación completa del gen familiar, apurando el vaso roto y controlando dentro de el grito la energía que todo el tiempo,
estalla de forma circular porque sí, porque se vive en un mundo de sordos,
y los que usan faldas y las que usan corbatas, al final del día,
en el medio y por las texturas de plástico
les da igual.

Lo más peligroso después de cierta edad es que sentís el peso de la memoria y recordar es un acto criminal, un acto supremamente desgastante. Y entonces, algo que nadie te enseña, es que tienes que tomar una decisión:
o tomas el camino de vivir la memoria y perderte dentro de los vericuetos de una realidad a la que nunca vas a poder amar porque no tiene el color del ayer,
o tomas el camino de reinventarte, con ritmo, con frecuencia, sin pudor ni pena, cada vez que abres los ojos y al finalizar la exhalación del sueño.
Y yo sé ahora que no nos lo dicen para tener que evitar que cada uno de nosotros vuelva a engendrar las miles de mariposas que le han arrancado a este planeta.
La memoria de lo que no eres y de lo decepcionante que puedes llegar a ser es la base de la destrucción mutua. Es por eso que debe batallarse, no se le debe tener compasión o ternura al hecho de que la autodestrucción es el acto que arranca por la mentira propia, por el negar frente a un espejo, cualquiera, lo que está pasando dentro de nosotros.
Esto no tiene sentido, porque yo tengo alma de pincel, no espíritu de artillero. Quería remover tus cargas, pero hoy me doy cuenta de que si me meto en eso, por el gravitrón terminaré metido de cabeza en algo que no quiero, en un universo de mentiras y medias libertades, cuando estoy hallando la mía plena.
No, de hecho, lo que estoy es cansado. Estoy cansado de tus estallidos sin cesar, de sentir qeu caminar a tu lado es estar oyendo una Obertura 1812 de un ruso cualquiera llamado Tchaivkosky.
Me estoy cansando.

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