114 golpes antes de Navidad y el Solsticio final

Creo que se puede definir a nuestro momento como planeta con dos variables:
-La ilusión del derecho a la libre expresión
-La ilusión sobre el futuro.

 

Y así.

Entonces en el primero, que es sencillo, lo resumimos como un exprésate como quieras, pero por favor, inofensivo y detrás de la línea amarilla.
Y al segundo como somos los reyes y las reinas de las promesas, que nos hicieron y que les hicimos a los demás.

 

No tenemos un futuro. No tenemos un pasado. Somos deditos atados con cuerdas baratas para poder ser publicidad que nos venda esta o esta otra. Somos leones, hipogrifos, somos la magia de Harry Potter y el Señor de los Anillos intentada envasar en el conservatismo de miles de millones de números invertidos en etiquetarnos el alma. Nadie, nadie con su corazón sano, consideraría la posibilidad de vivir atado a este tipo de sistema sin querer en contraprestación el mazo de titanio con el cual pegarle en el centro y hacerlo miles de pedazos. En fin, que nos atan y nos maldicen y nos vuelven enlatados, cuando somos y podemos ver mucho más.

 

Vivimos con una depresión tan enorme que nos cuesta levantarnos de la cama a salir de la casa a contactar al mundo… porque por más felices que estemos en nuestro mundo individual, podemos ver a muchas más personas sufriendo y querámoslo o no ese ruido de lija áspera sobre madera virgen se nos cuela dentro del corazón. La mejor ofensa que tienen los más ciegos es decirle a otros locos, pero, ¿acaso no está loco el que se jura normal dentro de este sistema construido con la sangre de miles de mujeres y los sueños desangrados de los niños?

Y entonces surge la verdad.
Nuestra realidad ha sido virtual.

Y ahora el planeta empezará a mostrarnos, sin ningún tipo de piedad, que hemos querido ignorar su poder y magnificencia al permitirnos habitarlo. Y a menos de que un abrazo enorme, desde el fondo de nuestro corazón, expulse esa enorme serpiente que surca los cielos como un arco flamígero de una prostituida antigua Europa… a menos de que ello, digo, ocurra,
el golpe frontal no nos llevará lejos.

Nos destruirá a todos.

Pero hay esperanza. Y hay que esforzarse por avivarla. Por mantenerla pura. Por regenerar lo que ya no es virgen pero puede volver a ser liberado. Por completar y limpiarse el alma, al costo que sea, para poder volver a encontrarle un sentido, más allá de las posesiones físicas, al medio que nos está encontrando y arrasando. Cada día. Sin cesar.
El vértigo nos exige una sola cosa: soltarnos a él y soltar todo lo que no sea necesario para estar levitando en su gloriosa potencia.

Y en la mañana siguiente, bailar.

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