El vientre blando del dragón

En la madrugada, desempolvo dos pañuelos y tu memoria.

Tus labios,
el ángulo de tus ojos al sonreír,
el aleteo que te persigue al caminar,
tu espalda ancha y tu estilización de colibrí,
tu risa de color madera y las vetas de otros cielos sobre tu cabeza.

Uno más.

Tu caminar de osito,
tus ambiciones desmesuradas para tu pequeño paso,
el tendal de caricias que impresionaban,
los besos a las cuatro de la tarde que harían soñar hasta a una estatua…
y se suman al caminar irrigando mis sueños,
sembrando con cuidado el amor,
paladeando con delicadeza los abrazos que se habían perdido,
perfumando los sueños de un color celeste precioso,
mientras con la cabeza se hacía un nudo en mi mente sobre un desconocido pero ya posible
París.

Y entonces toco el borde de la barca y con las manos la empujo hacia afuera de mi oquedad.
Muerdo una almendra, luego otra, luego agua, luego nada más.

Metiéndome las manos en los bolsillos, salgo a caminar y aprendo a no pensar… corrijo, aprendo qué es no vivir más con vos.

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