La frustración del campo artístico (xii de xii)

[Nota de Autor: Este post tiene dos formas de leerse. Una de arriba hacia abajo. Otra, de abajo hacia arriba. En cualquier caso, solo ponga la música y empiece a leer. Ah… y feliz viaje]

Que finalicemos el proceso entero de transmutación de un hombre cualquiera a el hombre pleno que puedo ser, sin ansiedad como presupuesto en la cartera. ¿Angustia? La que quieras -Silvio Rodríguez en eso tiene toda la razón-. Pero ansiedad: cero.

Que no me baste la plegaria para cada día estar protegido de hacerme daño y evitar hacerle daño a los demás. Que me vuelva yo un solo acto, tanto de Broadway como de alineación estelar, cada mañana, cada tarde, cada noche. Que yo camine cada vez con menos peso en los hombros, sin culpa de sentir la conexión que siento, lejos de los deseos de personas que no comprenden cómo habitarla, lejos de pensamientos y palabras para sacudir las cabezas podridas que impiden que el agua de nuevo corra sana.

Con esto no quiero justificar las castraciones, las ruedas con palos, los arranques trancados, las muletas invisibles de madera podrida que tenemos que usar para caminar. Con esto sí quiero decir que así como es necesario recuperar la valentía de expresarse y asumirse como un foco de desarrollo y de conexión de percepciones (que es a lo que llega una persona artista cuando su trabajo es pleno), así mismo es necesario recuperar la serenidad y fuerza para tener tantos orgasmos seguidos como queramos transformando la vida en un sibaritismo y alegría amplios, con profundidad y carisma, con remordimientos vaciados. Tal vez se pierda un poco de control, pero lo que está al otro lado del muro de hielo es el poder propio de la sensualidad, y ese es un dragón que es necesario aprender a caminar con él, para un día poder montarnos en su lomo y poder salir volando, para reírnos de tanta pendejada universal.
Erróneamente nos dicen que tiene que ver el placer con no meterle cabeza sino probar, dejarse llevar. Claro. ¿Y esa angustia, ese dolor se apaga cuando lo hacemos? No. Surge una costra encima, pero el dolor, la inmanencia de sentir que no se goza pleno, sigue: no es una voz en la cabeza, es un malestar corporal. Luego algo no está bien. Algo más debe poderse hacer. Por eso nuestro proceso artístico solamente se vuelve fructífero y pleno cuando encaramos ese factor. Aprender a amar la fluidez de la vida implica un solo momento de decisión, pero toda una vida de práctica para (sin remordimientos) aplicarlo.
Algunas personas venimos a este mundo a recuperar la noción de placer. A reaprenderla, resignificarla, cocrearla. A gozarla de otra forma. A unir el deseo de un placer luminoso con el deseo de cuero, látigo, espuelas y humedades.

Reemplacemos las palabras.
Lo opuesto de la degradación y la destrucción como actitud preestablecida desde el a(A)rte atacando a los centros del poder  es la decisión de entrar en una vida plena de desafíos orgánicos: somos ya seres cibernéticos, bueno, entonces hagamos la fantasía de todo comic realidad: transmutémonos en seres tecno-orgánicos. ¿Y cómo realizarlo? Aprendiendo a reciclar. Aprendiendo a recuperar espacios de reciclaje. Aprendiendo a cambiar el cableado mental mediante el ritual para la expulsión definitiva de los anclajes de consumo que rigidificaron las neuronas y nos impidieron estar ahora, proyectándonos, con esa amplitud propia de los buenos espíritus.
Lo opuesto del “vamos a destruirlo todo y además es lo que está de moda, luego, me paga” no es un paganismo reencauchado, no es la obsesión por no caer en ismos. Es la postura de zazen, es la postura de zeiza, es la comida y el agua en cantidades abundantes, es el preguntar “¿qué diablos hago con todos estos residuos de vida que ya no son míos?, ¿a dónde los llevo para que se vuelva una nueva humanidad?”, es el pasar de la estrechez porque se considera como forma grandiosa de vida al uso responsable y abundante de los recursos de la Madre Tierra como proyección permanente de vida que atrae riqueza por estabilidad, no por consumo desaforado. Dicho de otro modo lo último, es atraer la plata para comprar lo que necesitamos y deseamos, el influjo de caja que queremos sin volvernos los Homo Faccio Consummistas que tanto criticamos en nuestros padres y madres.
Lo opuesto es pasar por ese aprendizaje e insistir en el poder del cableado nuevo. La idea es superponer a la onda magnética de una idea la onda sana completamente opuesta, para realzar el poder que tenemos. Lo necesario es que todos los artistas que trabajan con el cuerpo empiecen un proceso de desintoxicación de drogas de un año, para poder realzar realmente los tejidos que tienen y darle la vuelta de tuerca que tanto desean al sistema porque se decolonizaron por dentro del modus vivendi: en un mundo de adictos, no hay nada más revolucionario que el ayuno, el enema, lo zanahorio.

Reemplacemos las palabras.
Para mí, creo que no deberían existir propuestas que apuntaran a crear un ejército de artistas nuevos, sino un micelio de artistas nuevos, o una simbiosis de artistas nuevos, o quizá un DiversiPanal de artistas nuevos. El artista pasó de l’ art pour l’ art a el punk por el punk y se juró que estaba avanzando… pero es incapaz de poner en cintura a CocaCola, pero es incapaz de poner en cintura a Glencore Xstrata, pero es incapaz de reclamar su mente como propia, pero niega lo trascendente y lo ansía a punta de gramos de cocaína. A mí no me da pena decir que escribo para la mente nueva hoy, porque el mañana no tiene acción para mí y el accionar de la memoria del ‘hace unos años’ lo uso para vaciarme de otras intenciones: no me interesa ese modus vivendi en el cual queremos los latinoamericanos un Renacimiento que no nos pertenece, así como un Barroco que solo nos trajo sangre y un posmodernismo que solo es sangre degastada con lavandina, porque no puede aportar nada que realmente sacuda este sistema sin anarco-destruirse.

Yo veo que adolecemos, que somos adolescentes, que la adolescencia social llegó a su fin y entramos en un periodo en el que hasta el mismo cielo tendrá otro color y otros nombres, sin rendirnos pleitesía y sin la intensidad de jurarnos ombligos hormonales del universo. Y no soy digno de habitar ese sendero a casa, no a veces. Y por eso, reconecto.
Yo quiero conectarme porque brinda paz, serenidad, una fortaleza sobria que me permite moverme sin el dolor de sentirme abandonado a una cierta miserableza que es, a mi modo de ver, la única opción que elegantemente me regala este sistema de producción, como un hombre gordo que ha sudado alcohol estando fusionado a una mujer, masturbándose en su interior, botando lo que para ella representa su próxima cena en forma de hoja de papel pintadas con números, encima de una mesa cualquiera de país cualquiera.
Yo quiero reconectarme porque necesito saber a qué saben los frutos de un mundo sin pena, sin dolor, sin exorcismos de virilidad en las fotos de la prensa.

Algunas personas nacemos con un desafío muy grande. Ese desafío es el desafío de conectarse con la Tierra, con lo que representa la naturalidad y la fuerza de la misma. Se nos pide y exige que seamos fieles a otras cosas, pero no podemos, porque eso es lo que desafía y amplía nuestro día y noche: el recuperar los lazos con la que nos sustenta a todos.
Muy lejos de mí está esa ilusión de que todos somos iguales como una gran nata blanca batida: todos somos igualmente constituidos, pero no todos estamos igualmente desarrollados espiritualmente. Y las grandes mafias corporativas y eclesiásticas lo saben, y por eso capturan tantos adictos, porque en un mundo de locos o tú elijes un desatino controlado o alguien elije para ti tu esquizofrenia con arias exquisitas como modus vivendi perpetuo. No hay puntos intermedios en ello, es otro plano y otra vuelta en el tango la que se abre frente a ti cuando lo admites.

Debería importarnos porque todos somos uno. Debería importarnos porque estamos conectados. Debería importarnos porque nunca, jamás, estaremos tan cacofónicos como lo estaremos cuando nos alejamos de nuestro centro. Pueden surgir las ganas de pelear, de decir que no es importante, que el nihilismo es la única opción, pero eso lo dice solamente el que no siente la savia debajo de los pies, ni huele el amor de los árboles, ni oye en el viento contaminado –todavía- caricias de amor, ni el que siente que el cosmopolitismo es bello, pero poco o nada tiene que ver con una vida sana para sí mismo… no como te trata, no como te oye, no como te desconecta, no como te miente. Eso lo dice el que está dispuesto a ser comida para otros seres.

¿A quién le importa? ¿Por qué debería importarnos? ¿Por qué no deberíamos morir jóvenes y quemarnos en vida?

Nadamos en un universo de petróleo pero luego nos preguntamos el por qué está todo a una chispa de distancia para incendiarse…
Mirar que esa podredumbre también te ha afectado. Tienes un mundo lleno de inmundicia y basura por dentro y no eres capaz de hacer levantar cabeza ni vientre. Como los verdaderos hombres. Como un ser completo. Como si no fueras una rémora.
Es ver como el interés inicial se rompe y desespera.
La memoria de un mundo mejor corre sempiterna. Deseas, desde el fondo de tu corazón, que no sea mentira, que las personas se detengan a escucharte, a oírte, a comprender lo que está pasando al frente de ellos, ahorita mismo, en un espacio alivianado para sus caderas. Rejuvenecimiento total para todos como modus vivendi.

Es la enfermedad nativa de cualquier persona nacida el borde del tercer milenio del calendario tributario romano.
Es por amor a la Tierra. Sus conexiones, lo que la compone.
Es por imaginación.

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