La frustración del campo artístico (xiii de xiii)

¿Saben por qué las personas más corruptas ganan?
Por su constancia.

Ganan porque no se rinden. Porque, contra viento y marea, con una linfa que se parece más al cinismo que a otra cosa, insisten e insisten e insisten hasta que la logran.

Y mientras esas personas se aseguran tradiciones y memorables hazañas (negativas, pero hazañas), los intereses positivos (los más válidos) se quedan en el suelo porque las acciones que tienen el poder de cambiar al mundo no son creídas por las mismas personas que las proponen.

Uno de los desafío más grandes en el mundo del arte y en el mundo social “adulto” (sic) es comprender que cuando una persona quiere conseguir algo, miente o tiende a la mentira. Eso es un indicador enorme del nacimiento de la corrupción y podredumbre que permuta las instituciones artísticas, que permiten abuso, miopía, injerencia indebida y una opacidad que pondría a sudar petróleo a Superman para ver qué hay en su interior. También es un indicador de la debilidad emocional y mental de los artistas, que intentan justificarlo todo con términos intelectuales, pero al final del día, no son capaces de asumir esos desgarros llenos de pus que los convierten en cajas negras de poder, recursos, relaciones.

De esas personas, en los ojos siempre hay un brillo… metálico. Intuye uno el vacío y la posibilidad muy cercana de recibir la puñalada si le da la espalda. Y hay que cuidarse.
Porque estas personas han perdido el desafío y se han vendido. Así no tengan un cargo tan importante como director de un museo moderno o contemporáneo o no sean curadoras de festivales nacionales como para asumir que eso los hace “parte del sistema”, son personas que matarán a los Otros para llegar ahí, a esa parte de la montaña.

¿Y qué pasa con los Otros?
Se quedaron debatiendo en lugar de hacer, proponer y confiar. Se quedaron en los “pero preguntémonos, ¿para qué hacemos las cosas?” en lugar de afirmar “yo puedo hacer esto, vamos a reinventar las cosas y explorarlas desde sus entrañas haciendo“. Se quedaron sentados acariciándose el ego y delegando la acción mientras el país, sus familias, sus sexos y sus mentes estallan de locura por poder manifestar alegría pero su debilidad no se los permite.
Se quejan cuando alguien asume control sobre sus propios actos y lo señalan como dictador, en lugar de preguntarse si, por un breve momento, están ellos aprendiendo a responder y re-ligarse para saber hacia donde y cómo enfocar sus energías.

Por eso, es que las personas corruptas ganan. Y sí, sí es una guerra. Y sí, es parte de la naturaleza humana que sea desigual, si se cultiva más una cosa que otra (recuerden los dos lobos internos mostrados por la leyenda Cherokee). También es un hecho indiscutible que el no someterse a las experiencias de trabajo de campo y de exploración espiritual constituye a los artistas en los hijosdeputa déspotas cobardes más grandes de la población humana.
El que se denominen “introvertidos” como justificación solo empeora esta situación.

Si usasen así fuera el 30% de su cobardía como leña, la quemaran en el horno del empoderamiento propio y decidieran asumirse desde el quién soy, cómo soy, dónde estoy, de dónde vengo y hacia donde voy, podrían, con suerte, cambiar su derrotero e inercia.
Si usan el 50%, el cambio es inmediato, exponencial e iluminador en su medio circundante, y la diversidad podría florecer muchísimo más fácil y de forma pacífica, no pacificadora.

El único momento real es el ahora. Así que… ¿qué harás ahora, tú, que no eres inmortal?

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