Lávate. Vístete. Abrázate.

Cuando visualizo mi amor
no lo veo como lo ves tú. Y tengo que hablar de ti. Te tengo que exorcizar, es precisamente por esto que empecé a escribir esto el día de hoy.
Ayer te ví. Te sentí tan cerca, al filo de una navaja, en el lado más oscuro del borde de mi corazón, mientras miraba hacia el techo blanco y me preguntaba qué estaba haciendo esa sombra. Como siempre, como nunca. Estas coordenadas de abrazos rotos no me los aguanto más y no hay aparentemente disposición del universo para entenderte a través de un Tacones Lejanos, un Átame, un Jamón Jamón.
Y hoy te dí besos pero me saben insalubres, algo más babosos que de costumbre y aparte de la risa fácil, no me nutrieron en nada.
Así que te estoy escribiendo esto, sin que lo sepas, porque estoy abriéndome paso a algo completamente nuevo, sin tentáculos ni dolores, y dado que tú eres la única flor rota –no lastimada, no ahogada, ROTA– que conozco, pues dale, vamos a empezar a deshojar una a una sus secuencias, porque de este fuego plástico y pálido de Yoni me limpio yo y te enseñoreas tú. Pero a la final, los dos vamos a quedar estables en la justa medida que nos corresponda.

Hubo una vez una forma de amar que me mostró el detrás de cámara.
Una forma descarnada, una visión de pura piel y pelo,
fashionista a fuerza de belleza real,
una visión con un ojo decantado en cámara (el ojo de verdad en algún karma se lo sutrajeron),
la impostura del que siente que le falla el universo
y
las manos fuertes del que ha tenido que cargar el peso entero de su propio cuerpo
girando sobre una mano
buscando una liana para resbalarse de este mundo
cerrando los ojos al inframundo penetrado, para convencerse de que nunca jamás ha corrido riesgo.
Como decía la protagonista de un libro, “no puedes violarme, nadie puede violarme, soy demasiado fuerte para ser violada por nadie”.

Pero el hecho de ser usada no se quita porque lo digas mágicamente
al igual que las deudas de sangre se conforman como estructuras geométricas alrededor de las caderas
y de las células de grasa
y de los enlaces de hemoglobina que entra al hígado y ahí están,
y todos los médicos del mundo no alcanzarán jamás a comprender el peso real de vivir con esa sangre envenenada…
que más da,
que si quieres cambiar al planeta y superar de su suerte al dolor de tu hermano, el que come al borde de la mesa pero come contigo
y levanta su vaso hacia ti aunque nunca lo saludes,
vas a tener que avanzar por el territorio de los muertos que tú sembraste
y llegar al otro lado con la frente un poco más marchita
pero con la potencia emanada
del vientre amoroso de los Dioses.
Dejar que el miedo llegue a tí, te engolfe, pase a través de tí,
y al otro lado de ese baño surgir como oro puro, como árbol joven, como sonrisa de niño cuerdo.

No me invites a hacer odas, o cantares a elegidos, o a asumirme completo
con un estilo de coherencia que se beneficia del microtráfico de estupefacientes
hormonales y narcotizados o sicotrópicos pensamientos…
no lo hagas, repito, a menos de que tengas un enorme cheque.
Porque quiero cobrarlo primero, pagar mis deudas
y luego estallarte en la cara y decirte lo que haces y cómo se siente de desagradable,
grabarlo en video para que lo vea el mundo entero así como tú nos grabas a todos,
y así
lograr que abandones ese nicho tan horrible de Creador de Verdades.

El mundo creció y los profesores no… los que tanto criticaron a los profesores hoy son más ciegos que ellos mismos, pero sin embargo,
ahí están, hablando de perfección y limpieza,
cuando no han sido capaces de arriesgar por el placer de un Salmo
un vicio querido. Alguno.

Me gusta cuando me muestras los cuerpos penetrados
porque estoy como ausente
y porque puedo reflejarme por un momento con esa sección de mi mente que no tiene concreto
ni arena
y puedo despertar el fuego interno de una antigua simiente.
La estrella de Antares y el palpitar incesante de la Luna Llena
me enseñan el camino
mientras se desliza hacia la casa el cazador de Capricornio y Plutón
mientras se entrelaza con potencia de vid desvirgada el báculo de Escorpión y Saturno
para abrir una puerta que puede ser, desde hace 11 años,
la primera entrada de luz y amor, la que engendrará una era de paz exacta de 24 años,
justa para un planeta y una matriz vuelta añicos.

Mientras los demás tuvieron derecho a dos piernas, una cabeza sencilla y un sol verde
yo tuve por patria una espina rígida, una cadera sin amortiguación y dos óleos à la Franz von Stück
por momento de juventud.
Yo así empecé a desentrañar un mundo en el cual habían esperanzas de reinventarse, pero que en las pantallas debía mantenerse, porque en vivo era imposible acatarlo, porque en vivo el tiempo era hostil y perennemente militar, porque estaba sólo entre tanto mar de excusa mientras amainaba una lluvia de cristales artificiales sobre mi cabeza y la gente lo llama invierno. Yo empecé a abrazar ese mundo…
porque el dolor de que el otro fuera real se hacía impasible.
Visualicé que si era cierto, el futuro sería una red intrincadísima de personas intentando detener el regreso de los reclamos sociales de los problemas que se estaban sembrando hace veinte años como incisos y ‘cierto es’.
¿Ahora me entienden el pánico que a veces me agarra cuando veo a dos manos que cada profecía hecha diez años antes ahora vuelve con un deseo de venganza a caernos encima por falso Sol, por falso atmósfera?

Comprender. Yo sé que tú comprendes.

Como si el cielo tuviera encima de él una enorme Tau de madera, en la cual crucificar las esperanzas
mientras Genghis Khan y Buda se debaten en presencia y duelo
y personas con acceso a cable y a electrónica profieren inútiles teorías sobre el odio
el miedo
y la pérdida de esperanza
mezclando en un mismo sitio Rotschild, Rockefeller, Gandhi y Jesucristo
con la paranoia de venir de la sociedad más enferma del mundo:
la que nos enseñó que si algún seremos exitosos se medirá por la fuerza de nuestro dinero para comprar inutilidades
y amansar el tiempo propio. Que en estado natural es vivo e insondable.

Yo contengo los besos y los sonidos
de las caídas
de los caídos
de los ángeles de vestimenta color caucásico
y de las palabras del lenguaje de vencedores:
Roma no fue un beso sino una intención apenas, para todo lo que yo te enseñé,
para lo que abrazó el filo del universo.

Yo soy
la vibración negra y roja
que trajo la marea antigua de las primeras prostitutas
cuando desembarcaron a través de las pantallas de tu mente puberta
y se desenvolvieron haciéndose carne.

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