Estelaciones

Soñé que estabas con tu vestido rojo
y tu cara hermosa de luna llena cobriza
mirando como pasaba detrás de una palabra mutua:
fijaste los ojos como lo haría un leopardo que vuelve a un terreno ya conocido.
¿Ventana al futuro? ¿Espacio diluto entre presentes?
No lo sé.
Lo que supe es que estabas apoyada sobre esa baranda
lidiando con las nuevas formas de hablar entre personas que son virtuales, no reales,
mientras las palabras entre los dos encontraban algo de incomodidad y algo de aprecio sorpresivamente,
y leí en tu giro que, al pasar por detrás de tí, no me mirabas con odio,
sino con un brillo en la punta de los labios
que sabían que algo había cambiado.
Un parpadeo en 45 rpm de genuina sorpresa.

Algo liviano, ligero,
algo definitivo pero ese tipo de algo que dobla los papeles
armoniza las maderas y deja las vetas más limpias
pule los cristales y los limpia de grasa
una lija etérea.

Contigo aprendí de lenguas en otros nombres.

Aprendí a besar en lenguas amargas y extrañas. Recordé el espíritu antiguo de viejas señas.
Y escuché cristales. Juro que escuché cristales de nuevo.

Quería con mucha intensidad estar contigo, estar para tí, abrazarte para siempre.

Pero algo giró en la ruleta del destino. Sigues y seguirás siendo, durante una fracción, algo muy hermoso.

Cuando vuelvas del espacio donde estás, tal vez te acordarás
del sinfín de espacios y sueños con los que se pueden soñar.

Profundo aprecio pequeñita. Respeto. Potencial de giro en cristalino.

Y el deseo de que sepas, que todo está bien. Hallé el espacio entre las grietas de mis propios dioses.

Me prometo no volver a poner mi cabeza por debajo de nadie más para sentir que puedo salir de la celda que tenga que salir.
Gracias por darme el tiquete final para hacer mi propia antropología.

Tal vez el mundo sí sea hermoso para las personas fuertes que pueden con él, las personas altas, las personas liberadas. Chaparro, gordo, mendigo, paranoico: todo esto importa solo si yo dejo que me defina, y hay que saberlo desde el momento en que te levantas, la única geometría que te definirá es la que emane tu ángel. Todo lo demás son promesas de felicidad que no tienen que ver con el presente.
Entonces abraza mi recuerdo como yo abrazo y honro el mío y te digo adiós, mientras las arenas del tiempo han avanzado para alivianarse y permitirme el placer enorme de encontrar el nuevo siglo, baño en oro que brota en mi interior.

Siempre voy a tener la curiosidad de saber qué hubiera pasado si yo fuera otra persona, una persona distinta y con más arrojo o fuerza para estar al lado de una persona cuyo potencial era de estrellas. Pero, verás, ¡ese es mi tema, yo no quiero más potenciales, quiero flores! Y no quiero una guerra florida, quiero un campo florido, quiero un árbol, quiero los frutos y tú no puedes dar eso que me nutre. Chocarías demasiado con el hábitat que nutre el árbol en el que me recuesto. ¿Para qué chocar?
Ví también cómo la inmensa soledad se abría frente a mí e intentaba devorarme con el miedo a nunca poder salir al otro lado de las vibraciones de una palabra: miseria. Sacrificio de miedo que he hecho para continuar, y que ha dejado algunos frutos importantes. Al menos ya no tendré como brújulas a momias grises, papiros y silicios como respuesta diaria.
Ví los ritmos de mi especie subir y caer, conocí los ojos negros de la muerte y conocí los brillos profundos de una ciencia perdida girando en el espacio.
Y entre los pliegues de tu piel me encontré con algo de eso.
¿Contención? ¿Piedad? ¿Misericordia? No, no se ha tratado de eso, se me exige ir más allá, el tema del examen ha sido adquirir el verdadero poder que engendra hombres, artistas, reyes, magos, el que corta y a la vez conecta, el que transmuta a un hombre de determinado rango y tiempo en una llama de cuarzo.
Crucé las espaldas y las espadas con una memoria de hace siglos: no es casual que uno de sus descendientes me haya encontrado, me haya hablado, me haya compenetrado.
Pensé que podía pasar hacia otro lado, pero la sorpresa del destino fue agradablemente mayúscula.

No te sorprendas si algún día lees esto.

Abrí yo la puerta para pensar que podríamos estar juntos.

Rectangular y de madera ha sido la veta.

[In memoriam I.G.M]

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Metrónomos depurándose

Cada momento que no te tengo acá
al lado
al frente
por los ocho costados que forman a un hombre
me siento infinitesimalmente pobre.

Desde que nací pensé que me esperarías.

Ahora me paso las noches y los días corriendo detrás de tí, mirando en las caras de mujeres extrañas las aristas que nunca comprendiste moría por darte.
(Hoy, como en mis días de desespero, me arrancaría la corona que me han regalado y me quedaría entumido con tal de que me regresaras en el centro de mi garganta la flor.)

Hoy es un día de sabor electroácido, porque ¿de qué otra forma voy a enunciar el sabor a sangre mineralizada que me recorre las mejilas por dentro? ¿Cómo voy a justificar el querer matarme a golpes con el mundo con tal de que me pongas atención y me ames por desvariado, por desafiante, por completo y concreto?
¿De qué sirve la voluntad de un Leviatán si andás por la vida en silla de rueda?
Alguien que me la explique, por favor, sin cesar para respirar, para ya.

Quiero tener un acceso de locura y violar iPhones con una patada de hacha sobre la cabeza de una persona más alta, más flaca, más bella.
Quiero arrancarme los nervios del alma para no querer bailar como Kevin Kline cuando le preguntan si es o no es, cuando lo que él es (probablemente) materializa el vivo contorno del animal más hermoso que el cine haya producido y que a ningún faccio prostirecogido le cabría en la cabeza una espora de su sombra.
Quiero frotarme la piel con tu indiferencia no para que se haga estremecimiento en todo monte,
sino porque quiero que me tomes y me acunes y me hagas de los tuyos.
Y luego quiero estremecerme porque puedo olvidar que la soledad me atraviesa tangencial mientras miro por duodécima vez en el mercado y me doy cuenta de que vivo en un mundo de anaqueles, no un espacio florido.

Dicen que cortarán las flores pero no detendrán la primavera.
Idioteces.
¿No cae la ficha? ¿Cómo se espera una flor si no hay terreno para semilla?

¿Cómo, hoy me digo en ciertos espacios, si estoy entre un anaquel y otro, voy a ver lo que realmente me debe abrazar?

¿Cómo hago para dormir pleno, si por un huequito, cada día, me siento más rejuvenecido y al mismo tiempo siento alondras escapándose por las fauces de mis hombros, robándose en su boca tonos cristalinos de bismuto que mi sangre vieja ve en sus visiones…?
En tu regazo tibio color durazno reposo, Madre, pero temo que ahora no hay cama de hojas para este hombre: siento solo caída entre cavernas de minerales, y el mundo de lo vegetal se ve a lo lejos, muy lejos, brillar…


Algunos nacen con el tiempo en las manos. Otros, con el tiempo por delante.

Yo nací con el tiempo atrás, llegando tarde a todo, llegando tarde a la felicidad y a la misma furia divina que imita a la serenidad.
Y ahora
la búsqueda de desanudar lo escalado
a falta de mar y carrera de fondo
no hace más que reclamarme. “Quiéreme”, me dice. “Quiéreme, porque hoy hallarás en un beso roto y dulce tu propia dimensión de contratiempo”.

Y los demás, a la cena, que ya está tarde.

A las puertas de Ambara

(N.A: Este texto puede leerse de arriba para abajo o de abajo para arriba. Cada sentido enseña  algo distinto. Ud. elije. Eso sí, solo arranque a leer después de poner play.)

Menos de dos metros
piel tallada por Andes, Michigan, Mato Grosso,
ojos desgastados de enfocar lo que no es visible para volverlo visible
dentro del corazón perdido por el amor a una guitarra y lo que esperan las personas que no saben nada más que no sea convertir la respiración en canción y vibración,
y el anclaje de siete linajes entre pubis y espalda
conformarán a un nuevo arcano
o se quemarán en el olvido.

Estos son los últimos versos que escribiré mirando al ojo cerrado de perro azul con el que se abraza este momento. Ya de ahí a lo que pasa no será más. Ahora, no malinterpreten estas palabras: aquel que es guerrero en tiempos de guerra, debe prepararse para asumirse en paz. Pero lo que sí ha de variar es cómo va a mover lo demás: la lanza, la bolsa, la cantina de agua, la armadura, la ropa.
Cumplí con cargar durante años la claridad de obsidiana de lo que pasaba y veo cómo ahora necesito absorber todo ello para limpiar la raíz y una vez más
comprender cómo y cuándo se pasa de ser un té barato de Lipton a un té de Koka y Jengibre en la sangre que (bien poca), nos queda.

Lo que te va cambiando a medida que pasan los años es que cada vez más la presión social para olvidar que tienes un diálogo entre Dos Lobos adentro no lo ves como algo invisible y cándido, sino algo sobre lo cual las personas toman decisiones que afectan su sangre, su comer, su afiliación política, su profundidad de oído, la calidad de su ropa, la ternura que despliegan después del sexo; hay que seguir haciendo mudanzas, pues, porque no podés huir. Te toca romperte el alma dentro de una campana de bronce, dentro de una cura de humildad que te hace comprender que no hay canción de los Beatles que te proteja el vivir tú solito en medio de un Mind Game colectivo.
¿Y qué si leo sobre pronósticos, nuevos futuros, pitonisas y hierbas al que se cargan de sabor el futuro?
Alguien que me diga, exactamente, cómo es que viendo los artistas esta responsabilidad después de leer a Foucault o lanzar el I Ching y hacer sicomagia con Cristal Castles de fondo en la espalda de las personas que sedujeron, deciden venirme a afirmarme ALGO SENSATO cuando veo perderse a tantos girando en su propio mundo.

No sé si hubiera cambiado el proceso que hice cuando tenía veinte años. Es poco lo que un hombre puede ejercer que no sea perdón hacia el pasado.
Con veinte años y una mente distorsionada y genérica, es poco lo que un hombre puede hacer que valga la pena lejos de sanarse a sí mismo, a cualquier costo y apretando los dientes si es necesario. Ese dolor de juventud encapsulada no tiene límites cuando uno busca poder correr libre como ciervo, abrazar esas otras tonalidades, comprender el extremo de una viruta de algodón limpiando un lápiz y el por qué alguien se dedicaría toda una vida a trabajar en ello.
Pero siempre hay que cerrar etapas. Y la vitalidad que retorne debe reinvertirse para no quedarse en lo perdido, y realmente volver.

Creo en total… con total devoción (y lo digo sobrio y en pleno uso de mis facultades), que hay seres que han nacido con un enorme talento, pero con una gigantesca deuda, una deuda omnímoda, más grande de lo que ellos mismos alcanzan a suponer que alcanza a ser, y esa deuda nos jala a estos seres -que soy yo y somos muchos- por un camino que la sabiduría convencional no cura con las frases “de todo queda aprendizaje”, “el tiempo lo explica todo”, “cuando sea grande lo va a comprender”, “usted está joven, aguante”, “si ama a su patria compre local y ya”.
La realidad es la que se impone. No lo digo, ahora bien, con un pensamiento fatalista: el que piense que su futuro no está regido por las estrellas y por la respiración de este planeta en su tiempo vital está muchísimo más adicto a sus vicios de lo que puede presuponer (así no consuma ni un gramo de cocaína).
¿Qué se hace con ese conocimiento?
Algunas personas pensamos que lo mejor que podemos hacer es apuntalar a pagarla. Pagarla como sea. Pagarla poniendo nuestra sangre, nuestro cuerpo, nuestros dientes, nuestras hormonas.
Pero llega un punto en el cual en tu cabeza
pagaste todo
y sin embargo aparentemente no ha cesado la cuenta de cobro.
Lo que requieres pagar, es en compasión.

Recuerdo una pared blanca una vez estando en la casa de una mujer que pensé era la revolucionaria más grande que había conocido.
Debí haber caído en cuenta de que una mujer que piensa que el corazón se sana a punta de semen
sería la peor maestra posible para enseñar de amor.
Pero de lo que sí aprendí fue sobre violencia (orígenes y finales), aprendí sobre supuestos,
aprendí sobre congruencias, aprendí a volverme una declaración propia de independencia
y sobre todo
a, muy a mi pesar, abrir los ojos y comprender que no puedo volver a casa. Porque no hay casa a la cual regresar.

Toda la vida esperando para este momento, y saber, desde el fondo de mi corazón, que no estamos listos como colectividad, pero somos dioses todos en esencia.

A pesar de las contras
a pesar de las mentiras,
a pesar de los sacrificios realizados y de las personas que hemos hablado sobre el tema
una y otra vez,
no lo estamos.

Y por eso a los pies de la potencia eléctrica me poso.