A las puertas de Ambara

(N.A: Este texto puede leerse de arriba para abajo o de abajo para arriba. Cada sentido enseña  algo distinto. Ud. elije. Eso sí, solo arranque a leer después de poner play.)

Menos de dos metros
piel tallada por Andes, Michigan, Mato Grosso,
ojos desgastados de enfocar lo que no es visible para volverlo visible
dentro del corazón perdido por el amor a una guitarra y lo que esperan las personas que no saben nada más que no sea convertir la respiración en canción y vibración,
y el anclaje de siete linajes entre pubis y espalda
conformarán a un nuevo arcano
o se quemarán en el olvido.

Estos son los últimos versos que escribiré mirando al ojo cerrado de perro azul con el que se abraza este momento. Ya de ahí a lo que pasa no será más. Ahora, no malinterpreten estas palabras: aquel que es guerrero en tiempos de guerra, debe prepararse para asumirse en paz. Pero lo que sí ha de variar es cómo va a mover lo demás: la lanza, la bolsa, la cantina de agua, la armadura, la ropa.
Cumplí con cargar durante años la claridad de obsidiana de lo que pasaba y veo cómo ahora necesito absorber todo ello para limpiar la raíz y una vez más
comprender cómo y cuándo se pasa de ser un té barato de Lipton a un té de Koka y Jengibre en la sangre que (bien poca), nos queda.

Lo que te va cambiando a medida que pasan los años es que cada vez más la presión social para olvidar que tienes un diálogo entre Dos Lobos adentro no lo ves como algo invisible y cándido, sino algo sobre lo cual las personas toman decisiones que afectan su sangre, su comer, su afiliación política, su profundidad de oído, la calidad de su ropa, la ternura que despliegan después del sexo; hay que seguir haciendo mudanzas, pues, porque no podés huir. Te toca romperte el alma dentro de una campana de bronce, dentro de una cura de humildad que te hace comprender que no hay canción de los Beatles que te proteja el vivir tú solito en medio de un Mind Game colectivo.
¿Y qué si leo sobre pronósticos, nuevos futuros, pitonisas y hierbas al que se cargan de sabor el futuro?
Alguien que me diga, exactamente, cómo es que viendo los artistas esta responsabilidad después de leer a Foucault o lanzar el I Ching y hacer sicomagia con Cristal Castles de fondo en la espalda de las personas que sedujeron, deciden venirme a afirmarme ALGO SENSATO cuando veo perderse a tantos girando en su propio mundo.

No sé si hubiera cambiado el proceso que hice cuando tenía veinte años. Es poco lo que un hombre puede ejercer que no sea perdón hacia el pasado.
Con veinte años y una mente distorsionada y genérica, es poco lo que un hombre puede hacer que valga la pena lejos de sanarse a sí mismo, a cualquier costo y apretando los dientes si es necesario. Ese dolor de juventud encapsulada no tiene límites cuando uno busca poder correr libre como ciervo, abrazar esas otras tonalidades, comprender el extremo de una viruta de algodón limpiando un lápiz y el por qué alguien se dedicaría toda una vida a trabajar en ello.
Pero siempre hay que cerrar etapas. Y la vitalidad que retorne debe reinvertirse para no quedarse en lo perdido, y realmente volver.

Creo en total… con total devoción (y lo digo sobrio y en pleno uso de mis facultades), que hay seres que han nacido con un enorme talento, pero con una gigantesca deuda, una deuda omnímoda, más grande de lo que ellos mismos alcanzan a suponer que alcanza a ser, y esa deuda nos jala a estos seres -que soy yo y somos muchos- por un camino que la sabiduría convencional no cura con las frases “de todo queda aprendizaje”, “el tiempo lo explica todo”, “cuando sea grande lo va a comprender”, “usted está joven, aguante”, “si ama a su patria compre local y ya”.
La realidad es la que se impone. No lo digo, ahora bien, con un pensamiento fatalista: el que piense que su futuro no está regido por las estrellas y por la respiración de este planeta en su tiempo vital está muchísimo más adicto a sus vicios de lo que puede presuponer (así no consuma ni un gramo de cocaína).
¿Qué se hace con ese conocimiento?
Algunas personas pensamos que lo mejor que podemos hacer es apuntalar a pagarla. Pagarla como sea. Pagarla poniendo nuestra sangre, nuestro cuerpo, nuestros dientes, nuestras hormonas.
Pero llega un punto en el cual en tu cabeza
pagaste todo
y sin embargo aparentemente no ha cesado la cuenta de cobro.
Lo que requieres pagar, es en compasión.

Recuerdo una pared blanca una vez estando en la casa de una mujer que pensé era la revolucionaria más grande que había conocido.
Debí haber caído en cuenta de que una mujer que piensa que el corazón se sana a punta de semen
sería la peor maestra posible para enseñar de amor.
Pero de lo que sí aprendí fue sobre violencia (orígenes y finales), aprendí sobre supuestos,
aprendí sobre congruencias, aprendí a volverme una declaración propia de independencia
y sobre todo
a, muy a mi pesar, abrir los ojos y comprender que no puedo volver a casa. Porque no hay casa a la cual regresar.

Toda la vida esperando para este momento, y saber, desde el fondo de mi corazón, que no estamos listos como colectividad, pero somos dioses todos en esencia.

A pesar de las contras
a pesar de las mentiras,
a pesar de los sacrificios realizados y de las personas que hemos hablado sobre el tema
una y otra vez,
no lo estamos.

Y por eso a los pies de la potencia eléctrica me poso.

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