Tres días, cuatro horas y diez minutos

Si alguien me preguntara por las lecciones de los últimos tiempos míos, diría que solo tengo una palabra: no corra.

Yo intenté correr. Saltarme pasos. Ahorrarme sufrimientos. Llegar a la meta pronto.

Lo que he comprendido es que en el mundo en el que interactúo, no hay nada que sea real ni sustancial. Todo es apariencia, los adultos mentimos sobre mentiras sobre mentiras sobre mentiras y luego dialogamos al vacío. Comprendí que maduré demasiado rápido y ahora, después de unas pocas horas restantes, quedaré fosilizado para muchos, al otro lado… aún cuando así no sea.

También, que la condescendencia es el pan de cada día. Me encanta eso. Me encanta tener un montón de rayones a la vista de todos y la mirada de desaprobación y lástima de mi público. Me encanta tener una vida rota, fragmentada, podrida y jodida y poder enviarle al mundo exterior nada de eso, sino cosas luminosas, y que se rasquen la cabeza preguntándose qué putas y cómo pasó. Me encanta que hayan pensado que era un autista, cuando muchos no comprenden la palabra compromiso ni porque les rompiera las huevas con un martillo caliente y ahora que todo se va a la mierda, empiecen a comprender los designios. Me encanta haber caminado solo y haberme roto los dientes, haber roto confianzas, haber estado navegándola sin palo… porque tal vez de la inutilidad, como lo hizo Duchamp, se puede llegar a las Bellas Artes. Me encanta haber viajado con mi mente, porque me dieron un cuerpo roto y deshecho por memoria y por habitáculo y comprobar que no está tan vacío el cascarón de la compasión y la nobleza como llave de lo mejor de cada uno. Me encanta la constricción que me tiene jodido, porque me ha forzado a doblar al medio lo que había planeado para hallar lo que me pertenece. Me encanta el desenfado de afecto y amor, porque no me doblegó el alma, sino que me la dobló y a veces respira lindo, como una estrellita de origami.

Me entristece no haber nacido diez años después, porque me aburren las suposiciones de paz de una generación que no comprende que era la última esperanza antes de una era de transgenismos y transgénicos: ya es tarde. Me entristece un poco haber destruido amistades que necesitaba y otras que quería querer y podía querer. Me entristece el haberle comprado culpas y estéticas ficticias a otros. Me entristece haber dejado que capitanearan lo mío durante tanto tiempo: me endurecí comprendiendo que salir de la cueva a veces implica que hayan construido una fortaleza con fosos alrededor. Me entristece haber perdido amigas por mi intensidad… ya no digo lo siento, mi interior es de uranio y gemas, si me descuido soy bismuto y zumo de frutilla resbalándote por adentro, y eso nunca va a cambiar. Me entristece haberme deformado conteniendo ese recurso natural interno, mientras al mundo le chupaba un higo o no lo que me hizo eso…
Me entristece recibir un documento que me valide la lavada de cerebro, con algunos cementerios encima, con la desconexión completa de la realidad, con el camino allanado para nuevas flores.

Bueno. Eso fue la catarsis.

Ahora solo hay que caminar. No hay mucho, no hay nada, pero se necesita lo poco que se tenga para sobrevivir.

Sé que no estoy solo, pero que tampoco tengo claro quién es mi no solo (creer en la palabra pareja no es compatible con la búsqueda de la libertad: es algo que le dices a alguien más, pero pocos se dan cuenta de lo darwiniano que es… ‘sí, tengo relaciones sexuales con esta persona y algo de aprecio por su percepción, evalúala por favor’). Tengo claro que no quiero pasar mucho tiempo con otras personas, pero es así que haces dinero: tengo que hacer un balance sobre ello y canalizar el ministro y político (¿!) que soy. Tengo claro que no quiero compartir mi tiempo con personas muy lejanas a lo estético, sean opulentas o  magras en ingresos: si están ahí cerca o viviéndolo, mejor. Tengo claro que no quiero pasar de cierta edad y que podré hacer lo que quiera al respecto sin remordimiento cuando esa sola persona ya no esté acá. Tengo claro, que soy la sombra del aviso para varios y que no necesito una reproducción que no he invitado. Tengo claro que hay personas que tienen varias oportunidades en la vida, pero yo solo tuve una por cartucho y ya se acabaron más de la mitad. Tengo claro que prefiero ser intermezzo y no tener tribu que romperme más el coco por defenderme de un mundo corporativizado, en el que la obsesión de darnos tribus a las cuáles pertenecer en consumo es más fuerte que el sentido común de pararse y respirar.

No sé nada del futuro, pero sobre mi pasado puedo afirmar: nadie debería pasarse la vida persiguiendo un objeto sin saber si está apuntando al lado correcto de su interior la flecha que dispara. Yo por mi parte, no me rindo, pero no por grandeza o épica, sino porque no tengo ya ninguna esperanza de que un súbito bienestar venga a abrazarme en mi vida.

Porque este es un mundo lleno de esclavos, y solo soy un esclavo más para los demás.

Así que haré lo que me plazca. Lo peor, lo peor ya está acá.

El niño en el loto rojo

Este es tu retorno, arcturiano.

Y entonces, no lo olvidas: lo sabes.

Finalizaremos. El abrazo se cerrará y sabes que irás a casa, sea en este mundo o en el otro.

Bailaremos.
Sin cesar.
Bailaremos.
Sobre la piel caída de los adversarios.
Bailaremos.
Con la cruz de colores y los triángulos de Oriente medio, con las máscaras y la cruz de ankh.
Bailaremos.
Con la genética liberada.
Bailaremos.
Sin los grilletes de los ejes de hombros y caderas.
Bailaremos.

Y una vieja promesa se cierne sobre tí.
Viejos adolescentes se han levantado en almas para regresar.
Aprende a adueñarte de los leones y los toros, los arqueros y los espejos de antiguos estetas.

El giro en vacío se ha dado por completo. Muerto el nigromante se abren las puertas pendientes de las casas.
Los ladrillos se muerden entre sí, como las paredes de tejidos rotos y desgastados.
Se siente la invocación en esta casa.

Breve reflexión 4-bit

En los tiempos líquidos en los que un chip y un like valen más que una persona, que pesar más de 50 kilos es un crimen y no estar a la moda es más fatídico que la muerte de un hermano campesino, comprendo algo que nada debe ya importarme.

El precio del futuro mío, y sospecho, el de media humanidad, radica en la muerte total de las fantasías sobre nuestra estructura familiar.

Debemos dejar de buscar familia, para sanar la nuestra.

Y solamente así, adultos, en un mundo despiadado,
podremos llegar a alcanzar el nivel de vida que queremos.