Ruptura en audio

Y otra ve que todo esto es un síndrome de Estocolmo emocional. Puras hojas laminadas a la fuerza para hacer sentir al niño que no tiene motricidad como si su esfuerzo valiera la pena, cuando debería decírsele: “cómo te atreves… cómo te atreves a desperdiciar mi tiempo sin darme lo mejor que me puedas dar”. Decírsele con amor, pero con firmeza.

Pretender que no pasó nada sería decir que no ocurre que una parte mía sabe le gusta sentarse a observar.

Sería lindo… no lo haría jamás. Pero me gustaría. Mah, lo digo: que lindo sería volver a verte. Los dos. Sobrios. Leyendo algo. Hablando sin tener que meterle un freno a esa corriente de nerviosismo que hace que se me revuelva el estómago y la cabeza cuando dibujo cierta letra de tres veces arcos o ángulos (tres). Compartiendo la vida felices y juntos.
Entonces me limpio los ojos de vapor y veo al frente, al lado y abajo.
No estás. No estarás. No voy a volver a tí. No puedo respirar con la ramplonería y el irrespeto… ¡protesto, porque esto es tener una adicción, no es abrazar una composición, y así no puedo!

Desvarío porque como bien leí entre las líneas de otras grabaciones, temo y este es un temo que no se finalice el parto. Ha sido cruel, despiadado, con cuchillas hacia todos lados y liberaciones. Ha sido frenar, acelerar, hojas -miles de hojas-, besos despiadados, engendrar a marchas forzadas y comprender que para muchos, sos territorio de conquista. Eres despensa de sueños… qué raro se siente cuando te piden que los cumplas. O también que se te abran de par en par pero quieran que seas chivo expiatorio de sus propios estupros dentro de las ausencias inflingidas: niñatas que morirán cuando se les acabe el whisky.

Ha sido abrazar una luna propia y ver con tristeza como el mundo la empaña con su asquerosa normalidad.
Y sin embargo, tener que brillar, dejarla ser, y continuar al filo de la madrugada sin pensar. Cuando ya todo debe volver a empezar, por lo demás. Para los demás. Volverse Emperatriz, porque habían demasiados Emperadores… y todos eran baratos.

Este peregrinar alejándome de esos trozos de cal y azufre que llamé paisaje me alienan. Tal vez muere el que te lee esto por la bocina tal como el que le precedió, condenado a fallecer en vida mucho tiempo antes de la fractura biológica. Mis zapatos necesitan una limpieza: mi alma necesita un amor de pasión, de ron, de murga… lloro un poco porque en el fondo del alma tenía la esperanza de la familia linda y el hijo bienamado. Hasta eso me quitarán, ya ves. Así que ya no quiero saber nada de composiciones no concertadas…
Hay fragmentos. Tengo fragmentos de discursos amorosos falsos y otras falacias que se bebió con demasiada rapidez de un curso perdido en la memoria de siete años que tenemos en el cerebro todos. Tengo en las manos las líneas trazadas nuevas. Tengo la duda de la noción doble de la espada del conocimiento: ahora sé… y ahora, siento que no me quedará mucho tiempo para aplicar lo que he aprendido.
Desde lo que veo, ya no hay espacio, ni hay temperatura o pulso.
Lo que veo es el hueco que dejó el cavar adentro, al fondo. Profundo. Para poder hacer emerger lo que tenía que respirar. Estoy en un tiempo fuera del tiempo que conocía, estoy en un bucle, me siento literalmente rizomático y al mismo tiempo de una solidez espantosa. La palabra simple es lo más lejana del diccionario para mí para describir el abanico desplegado bajo la laja de piedra corrida.
Comprendo que no hay otra forma de verlo. No se trata de estilos de vida… ¡Dios! ¿Cómo diablos podría hacer comprender una décima de la fracción tan inmensa de energía que ahora tengo por neurona, por espacio, por memoria?
No, no es posible.
A duras penas puedo yo aprehender lo que siento.

No. Me autocensuro. ¿Me autocensuro, en realidad? Ya no lo sé.
Te he llamado miles de veces.
En el pliegue en mi cabeza en el que está la geometría de algunas palabras, estoy dentro de un sitio con paredes blancas, una gran manta de color violeta, y música muy fuerte.
Pero luego recuerdo que la vida es un accesorio más… y despierto de la ensoñación.

Entre tanta lluvia, se me escapa un pensamiento cristalino: demasiadas han sido las veces en que he estado a punto de invocarte… mas gana el instinto de autoconservación. La última vez que lo hice se rompió algo adentro y no sanó.
Estás y te delineo.
Extraño y no extraño.

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La cacería de la serpiente y Quirón

Alto vuelo. Y una línea rota al medio, a la mitad, como lo quieras llamar llámalo, pero una línea que ya no es en sí misma línea.

Tocar el techo de una jaula de cristal y silicio sucio. Soy una línea, soy miles de puntitos de preguntas y ambigüedades dejadas a colgar encima de mi cabeza mientras el frío de la soledad desafía la naturaleza sabia de mis huesos y de mis caderas rotas por armas de miles de años ha. Soy una línea grande, fuerte, férrea, ajada a la mitad  y convertida en burla, en mera fracturita de tallo verde.
Soy el empuje al hilo, la lana y lo sutil y delicado. “Lo masculino en el fondo es lo que vale”, decía, mientras se tragaba el chocolate y se deleitaba rompiendo mi inocencia con el peso de 47 kilos repartidos en la punta del hueso de mariposa al compás de alguna banda sonora mental de un programa en la tv de los años 50 en EEUU.
Soy una línea larga, luenga, urbana a la fuerza, interrumpida por recuerdos… no, remembranzas presentes de afectos.
Soy una línea al medio. Soy la virilidad que regresa, soy la confianza absoluta y absurda del niño entregado, que con rabia grita que las cometas sí vuelan, que no necesitan ir a favor del viento, que sí pueden comprender cómo desarrollarse mientras una escarapela y otra y otra más busca pegársele a la suela de los zapatos al que corre levantándola a ella.

Soy una periferia armada de un amor profundo, de la dulzura infinita que se rompe al borde a una pareja que recién retoña dentro de una hoja A4 cuadriculada. Desde las profundidades de tu abismo estomacal escalo, depurándome de fuegos de color almendra podrida y comprobando cómo es que se delata el olor a azufre y tapete viejo mientras una casa es un estadio intermedio entre la felicidad y el olvido cuando eres niño
y no puedes hacer nada contra 1,86 cms de malos –y fermentados- recuerdos
soportados dentro de una regla de cálculo con la cual se someten los ángulos (porque la existencia de la traslación para ti no es sino una mera operación… y para lo que se puede estructurar, es en sí vida pura). Escapan pues miles de vectores de ese estómago que intentó comerse al mundo y no pudo siquiera digerirse a sí mismo.
Estoy confiado en que la vara que se asemeja al destierro de las doce puertas está empotrada y enconada al final de mi garganta. Pero te juro por el arco roto de mis abuelos egipcios que hallaré una forma más sencilla de caminar entre ustedes.
Alfas.
Valientes.
Dos cojones y una travesía de evasión sin posibilidad de redención (a veces) que les cuelga al medio.

Soy el destacamento que gritó “paren” cuando la envidia de verte florecer no paró con la ropa. No paró con la marca, no paró con los cuidados, no paró con nada de lo que me vendiste. Y ví el destacamento de luces a través de la rejilla que conforman las expresiones de los semejantes y sus 77 demonios, comprendí que una cascada de letras me bailaba en la mano mientras acompañaba a las otras personas a descansar y desarrollar unas veces rotas y otras veces coloridas, de una forma u totra, los polígonos y las polimetrías del sabor filoso de la testosterona.

Acá estoy. Acá me levanto. No tengo himno porque los cañones solo reemplazan el tamaño del que carecen algunos.

Este es mi grito de guerra en un mundo desafiante y abusivo, un mundo de abrazos paternales y besos de concreto, un mundo en que los amores viriles se realizan sobre cuerpos duros y pesados como bloques de mármol pero de calidad ígnea… cuerpos que hacen hervir el agua, cuerpos que desatan memorias, como pequeñas trompas de elefantes en las huellas dactilares abrazando innumerables palmas en las espaldas de los amantes… cuerpos que desafían la tranquilidad y hacen sentir cada línea de afecto como una descarga intermitente de electricidad que une como las hebras del rabo de león, a una persona con el corazón y el ombligo y la médula del otro… este es mi cuerpo para desafiar las leyes de la gravedad y la tersura rota, este es mi alinear hileras de colágeno que miles pierden entre espasmos mal repartidos y muslos desbastados por la soledad avasalladora del comercial por juventud que se les escapa… este es mi giro entre las puertas de los ángeles de cuatro caras, entre las espadas apocalípticas que nunca me enseñaron a hilar en lenguas de diferentes placeres las herencias del arcado… este es mi momento de pivotes rotos y dos Torres de dinero Gemelas que se han caído con la memoria de una infancia al son de Walt Disney y Smallville y bytes con sabor a cocaína-alcohol-éxtasis… esto es el olor a whisky destilado del extracto de miles de neuronas y personas muertas que absorbo en cada viruta de desperdicio entre las paredes de mujeres que me creyeron la frase “un hombre de verdad es…”.
Esta, esta sí es la lanza concreta con la que embarco y no invoco a estúpidos dragones o inventados San Jorges sino a las hibridaciones fértiles de la savia y sushumna. Solo para hallar lo que estaba engrosando por no poder desplazarse hacia casa.

Tararearé sobre tu tumba, mientras la sangre se vierte dentro y al interior, un sol de otoño brilla como platino rojo. Bello sol. Como el que me recibió e intentaste apagar hace 12 años, el que quisiste congelar y paralizar con pruebas, estudios, miedos, sicometrías, sicólogos, el que tú dejaste arrollar por la política mientras leías un domingo evadiendo mirarte al espejo dentro de las letras inscritas en mi piel abierta en papel como los poros de las rocas de San Agustín. ¿Sabes como qué? ¡Como el de los momentos en los cuales, en todas las caricaturas, llora por un segundo la madre porque su hijo por fin comprende que robar *algo* es malo!
Danzo sobre tus huesos, porque con ellos me tallo el eje del arco, y con la lengua desenrollada por el poder de Kali Durga que con su verbo quema mis tripas hago una cuerda al mismo tiempo… con mis lágrimas afilo las puntas de obsidiana de mis anatomías, abandonando la cuenca de tus ojos para dejarte convencido de ver oro donde en realidad estás contando nueces ya podridas, almacenes cerrados por el tiempo y la disidencia de la vitalidad al paso del mal tiempo.

Hoy danzaré con mi demonio para palpitar entre nuevas flores. Esmaltar lo vivido. Ponerlo en un jarrón que estallará al caer de la lavadora donde secaba. Sé que él limpiará de una bicicleta rota por la infinita indiferencia a mi tentativa de largarme para siempre y al mismo tiempo, tener derecho a sobrevivir.

Beberemos con mi demonio zumos de frutas hasta que solo me concentre en el flujo de agua dentro de las mismas.

Y el agua, el agua… ¡el agua romperá la humillación que no debió engendrar la diferencia!