Paladeos de rock

Mis riñones son pequeñas alforjas en las cuales reposan el futuro. El pasado. Simples camas en simples habitaciones con memorias (espectaculares o no) de otras personas con sus libros.
Grafismos de facturas, bocetos de terminar jamás, bolsas de papel dobladas limpiamente salvando la comida anterior.
Mesas dobladas a la mitad por el peso emocional de un teléfono móvil. Las noches despiadadas de estar en una ciudad autista, andina, violenta.
Sentirse noir al hablar de la noche en un país que a duras penas se reconoce como existente lo que no sea el negro policíaco.

Algunos días una persona se levanta y siente que dentro de sus dientes y huesos tiene cristales nuevos. Ahora, todos sabemos que los minerales crecen de forma cristalina… ¿eso significa que las personas con los huesos más débiles tienen sus cristales quebrados por falta de amor? Tal vez. Tal vez las memorias genéticas son más que ser una caja de resonancia de la eyaculación de papá y el falso orgasmo de mamá, tal vez esas memorias son la trascendencia que se cuela a través de los nodos caóticos en estos días de duplicado sentir… es como si esas flores cortaran el aire alrededor tuyo y por tí, es como si lo importante fuera salir de la caverna y darle el contenido al mundo que necesitas darle.

Mis riñones son pequeñas alforjas, ya lo dije. Contienen el movimiento y el ir y venir y se contraen o expanden de acuerdo a lo que vaya a pasar hoy o haya pasado mañana, porque con ello están. Están resentidos de escalar montañas y de haber llegado ahora al espacio donde quedaron: un zigurat cubierto de hierba, una secuencia misteriosa de viento y frío que ha despertado una calidez humana que ansía retornar a mí, devolver el tamaño del aire terraformado a mi paladar y poder saborear lo que ha pasado. Ecosonares bordados desde el Tibet invadiendo el aire en esa búsqueda.

Mis riñones son pequeñas alforjas pero hoy  no sé qué animal las habita. ¿Un ciempiés? ¿Un león? ¿Un aborigen australiano en su rostro de ensueño con la Gran Serpiente, la Madre de todos los Arcoiris?

Que cantidad de memorias nos habita en la espalda. Posturas de juramentos vacuos. Espaldas de otros y propias dobladas frente a una computadora porque, hey, no hay nadie más con quién hablar en vivo. La vacuidad del querer un cambio y encontrar que la opción es Academia o Calle, pero no tener lo que se requiere para reírse de sí mismo y poder diferenciar las dos. Cantidad eterna de pajazos físicos para tener el cerebro desgastado y no tener los mentales, que buscan encontrar por dónde le entró el agua al coco y el misterio de uno mismo dejar de que se le pase el agua al arroz. ¿A cómo pagan hoy en día el hecho de pensar pero no ser una puta de laboratorio o un ratón de academia con tendencias profesionales hacia el estupro? ¿Se paga por escribir textos que giran en el espectro electromagnético penando solos por subestimar a las personas y su capacidad de conmoverse? ¿Somos tan inmóviles y cartesianos, en realidad estamos hechos de concreto líquido pasados doce años de vida de marketing o es solo nuestra versión moderna del baño de oro de los antiguos caciques?
No sé, tic tic toc y solo tiene sentido una canción de Joy Division mientras la muda de piel se ha descascarillado y tenemos que aprender a enfocar nuestros sentidos de nuevo mientras sabemos qué hacer con esas burbujas de eventos…

…porque ese mundo antiguo en el que temíamos reproducirnos o producirnos se ha levantado en flama.

Acá está mi secreto.
He ido hasta los rincones más profundos de mí mismo y te he encontrado sentada encima de mí, desnuda, rítmicamente riéndote -los centímetros de piel que ven el ojo de mi mente acá no son relevantes-. Y cada vez que me han salido nuevas flores de cuarzo y turquesa en el alma -no bismuto, cero toxemias- ha sido tu rostro el que me ha puesto elegante y me ha ajustado el traje de gala para salir a ver el mundo, con los ojos destajando con su brillo de sobria felicidad.
Soy peregrino y mi voz emerge de lo recóndito, se limpia la silla del rey y los signos nuevos habitan escalas diversas para los que la partitura musical se vuelve un campo toroidal de nombres. ¿Imaginas mi sorpresa al reconocer mi propio cuerpo como este enorme diván en una sala de conciertos donde se huele el sudor y esfuerzo de la canción anterior?

Mi secreto es que aún con el cambio de las mareas, quiero de nuevo sentir la pasión del universo que por tí siento en alguien más.
Sin proyectos de vida que compren un puñado de dólares en préstamo. Sin idiotas tomándose fotos para que virtualmente les reconozcan el valor de su existencia a sus decisiones. Y dado que mi suma me da saldo en rojo, digo sin, porque a veces sustraer da más.
Porque veo tu amor, alrededor de mí, en todas las bellas partes de esta totalidad habitable.

Instrucciones veladas para vencer el propio arrullo

Algo debería escribirse sobre la muerte de un pasado bilingue y diluido en colores y telas madera y terracota.

Algo como “that’s all, Folks”, o “Don’t Have a Cow Man”… algo como imitar las canciones que no entiendes de Gloria Stefan y la cultura de MTV que digieres. O como dejar que muera en tu cabeza lentamente Disney, las imitaciones baratas de los proms de los noventa y el arrullo incesante de la promesa del Sueño Americano como razón de vida.

Por ahora he encontrado un bello ejercicio que había dejado abandonado, en contra de mi voluntad.

Tomé un laberinto de memorias y armado de mi paciencia y un té de sabor a vainilla -fundamental su temperatura para no perder por gangrena emocional las extremidades-, empecé a deshojar uno a uno la nube forzada de otra persona: agité y cayeron cosas vacías, vacías, vacías. Recuperé el mapa de algunas situaciones, descendí con claridad sobre algunas texturas y entonces me dije “esto debe ser destruido, con mis manos debo destazar el cuerpo de este recuerdo para suavemente compenetrar su espacio/salvajemente moverme dentro de este a mis anchas/dejar vacío y limpieza de tono al finalizar la evocación. Sí. Así es.”

Así tomé ese rezago de humanidad y empecé a descontextualizarlo.
Agitando una idea, bits y dibujos, comprendí que es cierto: la patria de un hombre es la suma de sus actos.
La infancia da un trozo enorme de prácticas… pero realmente ser propio y no ser recuerdo, no ser proyección de infante, implica ser Cronos y devorar a los hijos de la melancolía que quieren habitar nuestro tiempo. Palpitar fuertemente cuando eres contenido en un abrazo implica, sobre todo, el que sepas que estás vivo y que la tarea empezada ha dado frutos sin algún ambago.

Para conocer las texturas que tenga este tiempo nuevo al inicio de la última catástrofe del capitalismo -y sí, suena políticamente pesado esto, esperen un poquito-, necesitamos con paciencia y disciplina recuperarnos del medio. Sacudirnos las memorias. Matar las aparentes inocencias, las aparentes felicidades, estar dispuestos a abandonar el simulacro en pos de una presencia mejor. Deshabitar la memoria es habitar letras que creemos perdidas, es romper con el embellecimiento y la épica que nos ponemos para poder decir que sí, que hallamos el rastro de cierto gusto en la cocina, y que lo dejamos hasta cierto nivel, para abandonar sus prácticas y continuar con el siguiente nivel de exploración.
Puede terminar siendo masoquismo y ninfomanía: no se trata de moral esto, se trata de campo de acción propio más allá del consumidor bellamente educado.

Quebrar láminas que capturan color, forma, textura y ojos, eliminar esos papeles impregnados de químicos suena un poco a aniquilar un momento alquímico. ¡Aterricemos! ¡Mediante minerales y líquidos venenosos -excepto el vinagre- estamos paralizando la curvatura de la luz que se da alrededor de nuestras emociones y cuerpos en un instante, seamos parte del paisaje o no!
Esas fracturas de peso liviano están. Y se pueden encoger.

Hay algo de justicia poética enorme en el poder decir que uno no edita sus memorias, sino que amplifica o disuelve en el olvido los dispositivos para mantener encadenada la misma.
Después de todo, amor-dolor-dinero-sexo-silencio son todos perceptuales… y por ello mismo, los huesos se afilan y descansan, mientras la madrugada se abanica sobre todas las personas, pero nosotros renunciamos a definirnos y empezamos a remar a paso lento por el río hacia el páramo. Para besar lo gris. Luego humedad. Luego frío. Ascenso. Potencia y jadeo. Y en la cumbre chata, rodeado de iridiscencias que marcan la hora de la siembra, la imponencia del color del hidrógeno y el helio que nos calienta la frente y ensancha la sonrisa.

El momento real en el que rescatamos la pupila, el intento y el asombro.

El final de un lustre

Hora de limpiar las máquinas y volver a
reciclar.

Es rara la nueva versión del happy ending.

¿Cómo se juntan dos mundos sin despedazarse las personas?. Me entra un mareo y no sé cómo salir a caminar cuando siento que no tengo a donde ir de ello.
Da algo de pánico escénico el salir al mundo y decirle “hay esto en la heladera, y quiero compartir esto que parece chocolate común pero es algo más refinado… y sin aditivos… y capaz no te gusta, capaz no lo aguantes”.
Da miedo, el llegar a esta porción de la vida en la que vas comprendiendo que todo tuvo su precio y que las decisiones afectaron a lo que hoy eres y las ventanas con las que cuentas para terminar o empezar.

Prefiero otra lengua -tal vez-, para eternizarme en ese sueño. Prefiero compañera; prefiero militante; prefiero acompañante, o meretriz, o tripulante de casa, o marinerita. Palabras como the oneHerLa ElegidaAmor de Mi Vida, me parecen insuficientes.

Y también con un beso en la punta de la nariz o en la mejilla mientras doy las gracias con alguien más por el hecho de haber comido ese día, en ese momento, ahí mismo nada más.
Así como sueño con un olor leve a leche de almendras con miel acompañando el desayuno y música de fondo de cualquier clase, pero con una fuerte base rockera. Sueño, sí, con tocar una cocina y encontrar mientras busco en el mesón un cuchillo y al mismo tiempo encontrar a quien me pase el pan para armarme un brioche.

No quiero una boda con un smoking ni un anillo ni con unos papeles. No quiero casamiento. No quiero hijos. ¿Es tan dificil?