Instrucciones veladas para vencer el propio arrullo

Algo debería escribirse sobre la muerte de un pasado bilingue y diluido en colores y telas madera y terracota.

Algo como “that’s all, Folks”, o “Don’t Have a Cow Man”… algo como imitar las canciones que no entiendes de Gloria Stefan y la cultura de MTV que digieres. O como dejar que muera en tu cabeza lentamente Disney, las imitaciones baratas de los proms de los noventa y el arrullo incesante de la promesa del Sueño Americano como razón de vida.

Por ahora he encontrado un bello ejercicio que había dejado abandonado, en contra de mi voluntad.

Tomé un laberinto de memorias y armado de mi paciencia y un té de sabor a vainilla -fundamental su temperatura para no perder por gangrena emocional las extremidades-, empecé a deshojar uno a uno la nube forzada de otra persona: agité y cayeron cosas vacías, vacías, vacías. Recuperé el mapa de algunas situaciones, descendí con claridad sobre algunas texturas y entonces me dije “esto debe ser destruido, con mis manos debo destazar el cuerpo de este recuerdo para suavemente compenetrar su espacio/salvajemente moverme dentro de este a mis anchas/dejar vacío y limpieza de tono al finalizar la evocación. Sí. Así es.”

Así tomé ese rezago de humanidad y empecé a descontextualizarlo.
Agitando una idea, bits y dibujos, comprendí que es cierto: la patria de un hombre es la suma de sus actos.
La infancia da un trozo enorme de prácticas… pero realmente ser propio y no ser recuerdo, no ser proyección de infante, implica ser Cronos y devorar a los hijos de la melancolía que quieren habitar nuestro tiempo. Palpitar fuertemente cuando eres contenido en un abrazo implica, sobre todo, el que sepas que estás vivo y que la tarea empezada ha dado frutos sin algún ambago.

Para conocer las texturas que tenga este tiempo nuevo al inicio de la última catástrofe del capitalismo -y sí, suena políticamente pesado esto, esperen un poquito-, necesitamos con paciencia y disciplina recuperarnos del medio. Sacudirnos las memorias. Matar las aparentes inocencias, las aparentes felicidades, estar dispuestos a abandonar el simulacro en pos de una presencia mejor. Deshabitar la memoria es habitar letras que creemos perdidas, es romper con el embellecimiento y la épica que nos ponemos para poder decir que sí, que hallamos el rastro de cierto gusto en la cocina, y que lo dejamos hasta cierto nivel, para abandonar sus prácticas y continuar con el siguiente nivel de exploración.
Puede terminar siendo masoquismo y ninfomanía: no se trata de moral esto, se trata de campo de acción propio más allá del consumidor bellamente educado.

Quebrar láminas que capturan color, forma, textura y ojos, eliminar esos papeles impregnados de químicos suena un poco a aniquilar un momento alquímico. ¡Aterricemos! ¡Mediante minerales y líquidos venenosos -excepto el vinagre- estamos paralizando la curvatura de la luz que se da alrededor de nuestras emociones y cuerpos en un instante, seamos parte del paisaje o no!
Esas fracturas de peso liviano están. Y se pueden encoger.

Hay algo de justicia poética enorme en el poder decir que uno no edita sus memorias, sino que amplifica o disuelve en el olvido los dispositivos para mantener encadenada la misma.
Después de todo, amor-dolor-dinero-sexo-silencio son todos perceptuales… y por ello mismo, los huesos se afilan y descansan, mientras la madrugada se abanica sobre todas las personas, pero nosotros renunciamos a definirnos y empezamos a remar a paso lento por el río hacia el páramo. Para besar lo gris. Luego humedad. Luego frío. Ascenso. Potencia y jadeo. Y en la cumbre chata, rodeado de iridiscencias que marcan la hora de la siembra, la imponencia del color del hidrógeno y el helio que nos calienta la frente y ensancha la sonrisa.

El momento real en el que rescatamos la pupila, el intento y el asombro.

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