Ojo de ágata

El club de los abrazos rotos tiene ojos fugaces
y memorias de lo que fue ayer
potencias mal adquiridas
y violaciones.

Tiene abrazos de cristal y gritos de desesperación, de buscar ayuda, de cortesías falsas,
de momentos arrancados al espacio.
Los ojos de una niña pequeña lo vadean. Vulnerabilidad en rama
y la conciencia cruda de que tu voz no cuenta para nada para ella
completan el paisaje.

Supongo que eso es mejor, que el contacto sea tenue,
que tú cantas con el grito de soledad insertado al medio
y que estás en esa parte en la cual, para recrearte, debes moler las aspas que impulsan
tu infancia
primero.

No había sentido una mezcla tan fuerte de soledad y química en años. No había visto los ojos curtirse y el amor destruirse. No había comprendido que sí se ha avanzado y que la delicadeza de la propia fuerza amplía la fragancia propia del marco en los huesos en que se sostiene el otro.

Hoy advierto que mi propia voz es el trenzado de miles de caracteres y golpes con los dedos a cuadraditos, acumulados durante años. Es, pues, ese tiempo de navegar y navegar las otras instancias. Y un acumulado de comprender cómo vivir el mundo consigo: porque el mundo es genial, pero en sí mismo nada es tan grandioso y brillante.
Siendo franco, la deseo a ella. Pero no como es, sino como veo que puede ser. Y ese espacio alrededor de ella, esa ruptura divina, es la que ansío complementar, lo que quisiera gritar en sí y por sí. Quisiera poder sentir esa fuerza, mover fuerte los brazos y que fueran alas.
Ella no comprende que somos vecinos: ambos caímos de la misma estrella.

Fantasmas helados de alma con una calidez de velita pequeña, una llama tan frágil que da miedo su propia existencia.
Y se va, girando y gritando en un sueño.

Tal vez cuando parpadee, veré su figura estallar en fuego encima de esta silla habitando esta memoria mientras la mesa manchada de pintura y grafito me pide que le haga hora.

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Por el amor al rugido

Escribo esto antes de prender de nuevo el fuego, alentar al agua y depurar las membranas, para darle vuelta al pliegue correspondiente de alma.
Criatura, tu hijo de plástico bordado por un falso demiurgo te invoca.
Con esos elementos simples, basta. La necesidad de abandonarme, sobrepasa.

Una cosa más.
Esto no es cuestión de individualidad, ahora lo sé.
No es cuestión, tampoco, de forzarse a ser diferente.
Se trata de que cuando estás entre tus dos manos, rezando, percibiendo, moviendo, eres capaz de regresar de lo más perdido de la sombra para esculpir el mundo con la luz. Eres capaz de sentir que el mundo debe ser intervenido con cincel, pasión y amor, tal como lo ha hecho Rodin para todos claro –ya nos dijo: ahí está un camino, síguelo-.
Se trata de que en realidad, quitadas las máscaras de lo aprendido por la infancia y por la familia y la religión y la propiedad privada
y las paraonias de tus padres y el acuerdo social reproductivo
lo que queda es brillo en hueso
y a eso te debes,
a algo que asusta y llamamos con una palabra para relacionarlo con lo colosal, lo temible, lo bizarro y lo fantástico o lo sicótico y lo tenebroso.

¿Y si el afecto no sobrevive? ¿Y si me pierdo tanto en esas fracturas de vida que un día me levanto en el espejo y veo una figura menos parecida a mí que a Clayman, pero besada por los dedos de las novelas gráficas que no leí… algo parecido a un desliz de impulsos puesto de forma visual?
¿Qué pasa entonces con el afecto que te promulga el mundo? ¿Cuántos sabrán leerte? Es una pregunta infantil y tonta, hay que asumir lo que se hizo y desde ahí elaborar y aún así surge, porque los retoños de las acciones reciben juicios y para alguien con plumón en lugar de escamas desarrolladas, ese cambio de temperatura duele.

Canalizar, destapar, romper los sellos tiene que ver poco con el contenerse… tiene mucho que ver con regularse. El poder que se despliega de ello y por ello es enorme, el poder que se recombina de ello y para ello dentro de ti arroja facetas varias: sitios y juegos de exploración temprana; saber que ninguna noción de identidad propia sobrevive el contacto de la piel del otro; levantar las rocas de lo dormido para rehabilitar cierto lenguaje mohoseado por alguna cepa de dolor fermentada; aprehender a tallar los huesos que, secretamente, han sostenido las vigas maestras del corazón propio desde hace mucho tiempo; abrazar al niño que se quedó congelado como maestro y señor de mis alfareros; convertirse en la versión de potencial que poco tiene que ver con hombre y mucho con queer sicodélico dibujado.
Canalizar es esto.

No solamente lo que es una recombinación de imágenes –si yo digo hipoelefantaleóntástico, por ejemplo, o rosarenísticoflamante, tal vez-, estoy hablando de esa esencia que se despide en el calor de lo humano que nos va enseñando lo que no es humano que habita dentro de nosotros.
Trazar con fidelidad y escala ese mapa, a 1:1, tiene la enorme implicación de alumbrar esas grietas o tiene que ver con el abandonar toda noción de seguridad, de ser isla, de ser contenido o continente, para verse como placa tectónica, como río que sabemos se volverá piso de agua para otras criaturas, o tal vez como ceiba enorme que contiene los secretos del alma encerrados en pequeñas fórmulas químicas.

Imagina la refracción lumínica generada a tu interior que te muestra las miles de facetas que no han vuelto.
Imagina tener un trozo al blanco vivo insertado en el pecho. Imagina el esfuerzo para contener, para andar, para circular con él.
Imagina que te quepa en la cabeza el hecho singular de la travesía humana de que nuestras burbujas perceptuales son cometas rotando por el Universo conocido.

Pero, ¿en realidad es esto tan fuera de lo común, algo malo? ¿Es algo decadente?
Usamos las palabras para tejerle así alrededor del mundo.
Cuando algo es deforme o anormal así lo relacionamos o nombramos.
Es más fácil decirse a sí mismo que es falso el otro, en lugar de preguntarse si ese es en realidad, su pelaje.

Monstruo.

El efusivo beat

Ella tenía en la mano los dos tiquetes.
Porque había una vez un concierto, y la otra había prometido llegar
a tiempo, y ambas sabían que si se le atravesaba algún chico con bufanda azul
eso no sería cierto.
 
Se acomodó el peso del cuerpo de un pie a otro, con sus zapatos
tatuados de unicornios y sus hebillas de velcro.

Tic tic tic hacía la Luna,
tic tic tic hacía la luz verde del último semáforo antes de cruzar la
avenida.
 
Adriana caminó las últimas calles antes de llegar al sitio y vio
corriendo hacia ella una gabardina roja. Sonriendo, dió dos pasos
hacia su amiga para entregarle los tiquetes.
 
Rápidamente
un flash
dos sonidos como de ollas chocándose
y un aleteo liviano, como si una caja llena de cuarzos se hubiera
estallado contra el suelo.
 
Tic tic tic hacía la Luna, tic tic toc hacía ahora el pavimento.
 
La Muerte, con su larga gabardina roja, tomó los tiquetes, se apretó la
bufanda verde al cuello y se revisó rápido el mechón.
Tomó de la mano el alma de Adriana
 
y ambas entraron al último concierto que recordarían en New York.

[Para Isabel A., que le gustan los cupcakes y las letras sicotrópicas]

Tiempos, destiempos, momentos

Cuando vi tu rostro, sentí la revolución de miles de seres en mi cabeza.

Cuando lloré desconsoladamente por la muerte de mi antepasado, sentí el peso en mis huesos de la soledad.

Cuando te volviste humo y luego masilla seca de hueso, te entregué a un árbol y pude abrirme a un nuevo significado de la palabra bajo el mismo cielo.

Cuando habité el espacio entre un segundo y otro intentando olvidarte, surgieron miles de deshielos sobre mi alma.

Cuando complementé el sueño que había perdido, me dí cuenta de que había matado a un tigre y me negaba a volverlo mera fábula: lo quería como manto protector, no como vil alarde de fuerza hercúlea.

Cuando ví lo que conformaba tus recuerdos, tuve que escupir de ciertas cavidades alargadas las comparaciones entre tu mapa y el mío.

Cuando ví lo que te faltaba cuando tenías mi recorrido biológico y me dí cuenta que casi encajaba a la perfección, intenté huir, pero solo pude sentarme de frente y ver al destino.

Cuando dejaron de ser los días iguales y cada uno se levantó con furia divina a rescatar de sí mismo un significado es que supe que ya te había soltado.

Han pasado algunos días. Se han juntado y vuelto meses.
Y en ese tiempo me he dado cuenta que las personas drogadas jamás son buen respaldo para los momentos de duelo, me he dado cuenta de que hay personitas demasiado pequeñas de alma y demasiado barriales para dimensionar la ausencia del otro que te prestó su experiencia.  Dedo a dedo y tecla a tecla pude elaborar una ruta de escape de mi pasado y empezar a correr veloz, por mis propias piernas, por mis propios medios, hacia allá.
Abracé también conceptos extraños como pertenencia, como fundamental, como algarabía, como nimiedad. Comprendí que la diferencia entre mis semejantes y yo se zanja de forma gigantesca: no se para de producir y de elaborar por el duelo, se sobreelabora y se sobreproduce dentro de las cuatro paredes donde uno habite para ahí sí medirse el alma en relación con el dolor de lo que ya no existe.

Tal vez en pocos meses llegue un velero nuevo, un encadenado más a este reino de políticos y fantoches, donde las personas viven mentiras para justificarse sus lujurias. Tendré que bendecirlo, pero al menos sé que no voy a ser arena donde encalle una invasión de menores pensamientos: es mi derecho de nacimiento elegirlo así.

Como no podemos capturar las alegrías ni las enseñanzas, buscamos burlarnos de ellas. Pero he acá el problema: nos hemos vuelto demasiado sarcásticos sin darnos cuenta, nos hemos intentado arrancar los nervios del alma por moda, porque nos dicen que es muchísimo más fácil el vivir sin sentir vitalidad que con ello. Ahora, no te voy a mentir, una parte mía preferiría la seguridad de la liviandad y asepsia dentro de una imagen incólume de mí mismo, pero si no aclaro mi bestia, seré como aquel que despido, seré mala entraña y peor recuerdo.  Y cosas firmes siento hoy. Y una de ellas, es que prefiero morir cabalgando al tigre, que huirle a todo momento.
Las lujurias son las puertas de entrada a la sencillez y plenitud de lo que se pide de nosotros, estemos haciendo, lo que estemos haciendo.
La mía cayó de frente. Me dominó. Me levanté. Me integró. Y con ella parto, con bridas y fuerzas que deberé forjar y que nunca pensé necesarias, cavando un nuevo espacio en mi identidad y mis pensamientos. Es la ventaja que da el sabor de la muerte propia a través de otro.
Y esa ventaja es el arma que blando hasta que Marte salga de Libra, hasta que la belleza verdadera retorne acompañada de una corona de rey, hasta que en poco vuelvan los líderes y reinas que muevan desde el corazón a los hombres, hasta que tenga en mí las alabanzas para ser nuevamente el devoto que la corona de cristal de ella, necesite.

[In Memoriam I.]

Bruñidos

Brilho

Mi pregunta enorme, mi pregunta grande, es qué es mi vida.

No mi vida sin,
sino mi vida.
No mi vida a pesar de,
sino mi propia vida.
Veo el color de las hojas en los corazones de los espejos multiplicándose, derritiéndose entre la polaridad de lo oscuro y la polaridad de lo brillante. Veo a mis amigas bailar y crecer y yo, amarrado a una fecha fatídica y a sus seis o siete reproducciones en el tiempo, desatando nudos, mientras me pasa por encima el espacio.

¿O no es así? ¿No es ese el ritmo de nuestros tiempos?

Acaricio con un dedo el mundo que me rodea y no veo nada más que cosas en reuso: plástico, tarjetas de crédito, estructuras vacuas. Me pregunto un poco -un poco mucho- hacia dónde irá a parar este inicio de año, este palpitar fuerte entre mis dedos.

Me siento como un monje haciendo de obrero que ha estado empujando durante demasiado tiempo un bulto y ahora, ¿qué hace?
Bueno, ahora se va a dedicar a barrer el piso para, consagrado el suelo, empezar a construir la pared y el techo.

Mañana será, por cuarta vez, que tendré que decir “debía ser yo, yo debía estar ahí al frente, ese era mi papel el que debía recibir”. Y luego decir “no es suficiente, debo ir más profundo”. Y luego ser cavidad y toque y la tela eterna que nos une a todos y luego silencio.

Me pregunto muchas veces, ¿cómo permití que pasara esto?, ¿dónde estaba, luchando por qué?
¿Es posible semejante grado de foraneidad con uno mismo, a pesar de habitar los mismos órganos y espacios?

Reprogramarse por las cosas es lo que más me ha costado deshacer, el aprender a decidir por mi propia voz ahora que estoy integrado es un poco como haber cosido con una aguja pieles internas, de adentro hacia afuera, y haber dejado las lonjas de piel a la intemperie para poder dejar que se sequen una encima de otra y en ese proceso de secado, ser testigo inerme, inocuo, de cómo van empatando las secciones del alma.

Es un hecho cruel que la reconstrucción probablemente me cueste mi propia vida. Es un hecho fortuito y extraño que sea arbitrario o un designio oscuro el que me guía paso a paso, el que me indica con toda la seguridad que debo dejar atrás ese sistema construido. Pero entonces, ¿con qué elaboro?, ¿a qué me enfrento?, ¿con qué herramientas afronto el nuevo sistema si el antiguo ha muerto dentro de mí?

Hay una parte del viaje que implica el elaborar uno mismo su mapa. Bill Watterson lo decía claramente, es la parte más difícil de vivir el elaborar uno mismo su significado en el mundo mas  hey, no está prohibido. ¿Qué puede ser un artista bisagra entre siglos, cuando todavía no han subido a las conciencias las motivaciones adecuadas, cuando estamos viviendo un intento (desesperado, lo sé, pero no por ello deja de asustarme) de dejarnos amarrados al fondo de la bodega en una Edad Media? Solo un TONTO creería que hemos vivido tiempos demasiado liberales: hemos vivido tiempos liberales para comprar, no liberales para amar.

Y acá vamos.
Saliendo de las partes más amarradas en nuestro interior. Huelo tanta fibra rota a mi alrededor que no sé donde empieza la madera ni el papel y donde mi propia persona levando anclas antiquísimas.

Y pidiéndole, de todo corazón al cielo,
que permita ver el andamiaje para poder soportar el ser uno mismo
sin morir en el intento
o ser exiliado
o violado
o abucheado y denigrado
sino en un estado pleno de recepción de nube en flor.