Tiempos, destiempos, momentos

Cuando vi tu rostro, sentí la revolución de miles de seres en mi cabeza.

Cuando lloré desconsoladamente por la muerte de mi antepasado, sentí el peso en mis huesos de la soledad.

Cuando te volviste humo y luego masilla seca de hueso, te entregué a un árbol y pude abrirme a un nuevo significado de la palabra bajo el mismo cielo.

Cuando habité el espacio entre un segundo y otro intentando olvidarte, surgieron miles de deshielos sobre mi alma.

Cuando complementé el sueño que había perdido, me dí cuenta de que había matado a un tigre y me negaba a volverlo mera fábula: lo quería como manto protector, no como vil alarde de fuerza hercúlea.

Cuando ví lo que conformaba tus recuerdos, tuve que escupir de ciertas cavidades alargadas las comparaciones entre tu mapa y el mío.

Cuando ví lo que te faltaba cuando tenías mi recorrido biológico y me dí cuenta que casi encajaba a la perfección, intenté huir, pero solo pude sentarme de frente y ver al destino.

Cuando dejaron de ser los días iguales y cada uno se levantó con furia divina a rescatar de sí mismo un significado es que supe que ya te había soltado.

Han pasado algunos días. Se han juntado y vuelto meses.
Y en ese tiempo me he dado cuenta que las personas drogadas jamás son buen respaldo para los momentos de duelo, me he dado cuenta de que hay personitas demasiado pequeñas de alma y demasiado barriales para dimensionar la ausencia del otro que te prestó su experiencia.  Dedo a dedo y tecla a tecla pude elaborar una ruta de escape de mi pasado y empezar a correr veloz, por mis propias piernas, por mis propios medios, hacia allá.
Abracé también conceptos extraños como pertenencia, como fundamental, como algarabía, como nimiedad. Comprendí que la diferencia entre mis semejantes y yo se zanja de forma gigantesca: no se para de producir y de elaborar por el duelo, se sobreelabora y se sobreproduce dentro de las cuatro paredes donde uno habite para ahí sí medirse el alma en relación con el dolor de lo que ya no existe.

Tal vez en pocos meses llegue un velero nuevo, un encadenado más a este reino de políticos y fantoches, donde las personas viven mentiras para justificarse sus lujurias. Tendré que bendecirlo, pero al menos sé que no voy a ser arena donde encalle una invasión de menores pensamientos: es mi derecho de nacimiento elegirlo así.

Como no podemos capturar las alegrías ni las enseñanzas, buscamos burlarnos de ellas. Pero he acá el problema: nos hemos vuelto demasiado sarcásticos sin darnos cuenta, nos hemos intentado arrancar los nervios del alma por moda, porque nos dicen que es muchísimo más fácil el vivir sin sentir vitalidad que con ello. Ahora, no te voy a mentir, una parte mía preferiría la seguridad de la liviandad y asepsia dentro de una imagen incólume de mí mismo, pero si no aclaro mi bestia, seré como aquel que despido, seré mala entraña y peor recuerdo.  Y cosas firmes siento hoy. Y una de ellas, es que prefiero morir cabalgando al tigre, que huirle a todo momento.
Las lujurias son las puertas de entrada a la sencillez y plenitud de lo que se pide de nosotros, estemos haciendo, lo que estemos haciendo.
La mía cayó de frente. Me dominó. Me levanté. Me integró. Y con ella parto, con bridas y fuerzas que deberé forjar y que nunca pensé necesarias, cavando un nuevo espacio en mi identidad y mis pensamientos. Es la ventaja que da el sabor de la muerte propia a través de otro.
Y esa ventaja es el arma que blando hasta que Marte salga de Libra, hasta que la belleza verdadera retorne acompañada de una corona de rey, hasta que en poco vuelvan los líderes y reinas que muevan desde el corazón a los hombres, hasta que tenga en mí las alabanzas para ser nuevamente el devoto que la corona de cristal de ella, necesite.

[In Memoriam I.]

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