Por el amor al rugido

Escribo esto antes de prender de nuevo el fuego, alentar al agua y depurar las membranas, para darle vuelta al pliegue correspondiente de alma.
Criatura, tu hijo de plástico bordado por un falso demiurgo te invoca.
Con esos elementos simples, basta. La necesidad de abandonarme, sobrepasa.

Una cosa más.
Esto no es cuestión de individualidad, ahora lo sé.
No es cuestión, tampoco, de forzarse a ser diferente.
Se trata de que cuando estás entre tus dos manos, rezando, percibiendo, moviendo, eres capaz de regresar de lo más perdido de la sombra para esculpir el mundo con la luz. Eres capaz de sentir que el mundo debe ser intervenido con cincel, pasión y amor, tal como lo ha hecho Rodin para todos claro –ya nos dijo: ahí está un camino, síguelo-.
Se trata de que en realidad, quitadas las máscaras de lo aprendido por la infancia y por la familia y la religión y la propiedad privada
y las paraonias de tus padres y el acuerdo social reproductivo
lo que queda es brillo en hueso
y a eso te debes,
a algo que asusta y llamamos con una palabra para relacionarlo con lo colosal, lo temible, lo bizarro y lo fantástico o lo sicótico y lo tenebroso.

¿Y si el afecto no sobrevive? ¿Y si me pierdo tanto en esas fracturas de vida que un día me levanto en el espejo y veo una figura menos parecida a mí que a Clayman, pero besada por los dedos de las novelas gráficas que no leí… algo parecido a un desliz de impulsos puesto de forma visual?
¿Qué pasa entonces con el afecto que te promulga el mundo? ¿Cuántos sabrán leerte? Es una pregunta infantil y tonta, hay que asumir lo que se hizo y desde ahí elaborar y aún así surge, porque los retoños de las acciones reciben juicios y para alguien con plumón en lugar de escamas desarrolladas, ese cambio de temperatura duele.

Canalizar, destapar, romper los sellos tiene que ver poco con el contenerse… tiene mucho que ver con regularse. El poder que se despliega de ello y por ello es enorme, el poder que se recombina de ello y para ello dentro de ti arroja facetas varias: sitios y juegos de exploración temprana; saber que ninguna noción de identidad propia sobrevive el contacto de la piel del otro; levantar las rocas de lo dormido para rehabilitar cierto lenguaje mohoseado por alguna cepa de dolor fermentada; aprehender a tallar los huesos que, secretamente, han sostenido las vigas maestras del corazón propio desde hace mucho tiempo; abrazar al niño que se quedó congelado como maestro y señor de mis alfareros; convertirse en la versión de potencial que poco tiene que ver con hombre y mucho con queer sicodélico dibujado.
Canalizar es esto.

No solamente lo que es una recombinación de imágenes –si yo digo hipoelefantaleóntástico, por ejemplo, o rosarenísticoflamante, tal vez-, estoy hablando de esa esencia que se despide en el calor de lo humano que nos va enseñando lo que no es humano que habita dentro de nosotros.
Trazar con fidelidad y escala ese mapa, a 1:1, tiene la enorme implicación de alumbrar esas grietas o tiene que ver con el abandonar toda noción de seguridad, de ser isla, de ser contenido o continente, para verse como placa tectónica, como río que sabemos se volverá piso de agua para otras criaturas, o tal vez como ceiba enorme que contiene los secretos del alma encerrados en pequeñas fórmulas químicas.

Imagina la refracción lumínica generada a tu interior que te muestra las miles de facetas que no han vuelto.
Imagina tener un trozo al blanco vivo insertado en el pecho. Imagina el esfuerzo para contener, para andar, para circular con él.
Imagina que te quepa en la cabeza el hecho singular de la travesía humana de que nuestras burbujas perceptuales son cometas rotando por el Universo conocido.

Pero, ¿en realidad es esto tan fuera de lo común, algo malo? ¿Es algo decadente?
Usamos las palabras para tejerle así alrededor del mundo.
Cuando algo es deforme o anormal así lo relacionamos o nombramos.
Es más fácil decirse a sí mismo que es falso el otro, en lugar de preguntarse si ese es en realidad, su pelaje.

Monstruo.

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